sábado 29 de noviembre de 2008

Recibimos: El Caraja-Ji: Lo joven, la tradición y los años noventa



Agradezco a Celia Dosio el envío de su libro: El Caraja-Ji (Primera Parte), Lo joven, la tradición y los años noventa, publicado por Libros del Rojas en su Serie Estudios sobre la Postdictadura.

De la introducción:

A lo largo de la presente investigación me propuse indagar en las características y complejidades de uno de los grupos de dramaturgos más interesantes surgido en Buenos Aires durante la década del noventa.
(…)
Mi punto de partida fue la observación de que todos los textos del Caraja-ji abrevaban en discursos distintos de la tradición teatral que los precedía. Es por eso que se podían establecer referencias intertextuales con el cine, la televisión y géneros como el policial, el bildungsroman, la novela de aventuras o el rock. De esta manera, me propuse leer las obras desde una perspectiva más amplia, dejando de lado las explicaciones teóricas y metodológicas más tradicionales de la crítica teatral en Buenos Aires.
Pueden leer algo más sobre el tema, acá.

viernes 28 de noviembre de 2008

El remis

(Gracias, Terra)

La cena con mis nuevos suegros fue tranquila. El padre no dijo nada. La madre me preguntó por la mía, mis estudios, cómo nos habíamos conocido con Vero, las películas que me gustaban. Después del postre, el padre me pidió un remis. Llegó un Renault 19 blanco, con los vidrios polarizados. Me despedí de Vero, que me había acompañado hasta la puerta, y me senté atrás. El chofer iba de camisa y corbata. Tenia tres anillos gruesos y dorados en los dedos de una mano. Le dije la dirección de mi casa.

-¿Vos sos el novio de la piba? –preguntó señalándola a través de la ventanilla del auto.

-Sí –dije.

Me miró por el espejo retrovisor.

-Te sacaste la grande –dijo.

Y me contó su vida, desde el secundario en adelante. De a ratos lo escuchaba, de a ratos no. El aroma del producto de limpieza que habían usado para lavar el auto me mareaba, pero no me atrevía a bajar las ventanillas por el aire acondicionado. Yo estaba acostumbrado a los autos destartalados de las remiserías de Ballester, que habían proliferado en los últimos años. Casi siempre me tocaba el mismo remisero, que se quejaba de su suerte hasta el final del viaje. Éste era todo lo contrario.

-Yo estoy contento de tener este laburo –dijo.

-Qué bien.

-El remis cumple una función social. Acá en capital hay taxis, pero en provincia si no tenés auto cómo hacés. Vas caminando, porque los colectivos te dejan en las avenidas nomás. Y si tenés que salir de noche, cagaste. Más con los afanos que hay. Ya no es como antes.

Cruzamos la General Paz. Las calles estaban oscuras y plagadas de baches.

-Derecho por la avenida –dije–. En diez minutos llegamos.

-Mejor me meto por ésta –dijo–. Parece mejor cuidada.

Giró a la derecha, a último momento, por una calle desolada. Las casas eran bajas, por todas partes se veían galpones y fábricas abandonadas. Yo había estado sólo una vez por esa zona, y de día. No tenía buena fama.

-Yo gano bien. Tengo para mantener a mi familia, y me sobra como para ahorrar unos mangos. Antes, cuando trabajaba en la oficina, andaba todo el día tensionado. Ahora hago lo que se me da la gana.

-¿No deberíamos volver a la avenida?

-La gente que se queja no entiende nada.

Se rió. Imposible saber si lo suyo era cinismo o felicidad. El auto rodaba sobre el asfalto. Cruzamos una calle de tierra. A lo lejos se oyó un petardo, o un disparo. Unos perros ladraron.

-Me parece que estamos yendo mal por este lado.

-Tengo un fierro, pibe –dijo–. No pasa nada.

Abrió la guantera, donde asomaba una culata, y me guiñó el ojo en el espejo retrovisor.

Yo cerré los ojos. Me acordé de Betina, la hija de una amiga de mi vieja, con la que toda mi familia me intentaba hacer gancho desde un año atrás. Era flaca, estirada y desagradable, Vero le ganaba en todos los aspectos, pero al menos esto no hubiera pasado. Cerré los ojos y esperé.

Al rato estábamos en la puerta de casa.

-¿Cuánto es? –pregunté.

El tipo se rió.

-Sos el yerno del trompa –dijo–. Vos no pagás.

jueves 27 de noviembre de 2008

Soda Stereo en la 9 de Julio 14-12-1991

Por Analía

Estaba a punto de cumplir quince, y no había ido a ningún recital:

-Dale, papá ¡Van todos!

Mi viejo salió por el barrio a comprobar el "van todos", que en realidad era un "lo dejo ir si un mayor los acompaña". Eramos veinte supongo, entre 13 y 16 años. Terminamos yendo con los papás de una de las chicas y con mi viejo. Tomamos el subte A en Primera Junta: los adultos depositaron su correspondiente cospel y los menores nos colamos todos, siguiendo a los más rebeldes de la barra.

Cuando llegamos, parecía que estábamos a 35 cuadras del escenario, o esa era mi sensación: pero nos consolaba saber, que allá a lo lejos donde se veían las luces, estaban Cerati y compañía.

Durante el recital nos turnamos para pararnos sobre una sillita plegable que habían llevado los viejos de mi amiga e intentar ver algo. Hubo desmayos leves y algunos besos. De vez cuando, por suerte, el buen volumen de los parlantes nos recordaba que estábamos en el Recital de Soda Stereo.

Cuando terminó, la desconcentración nos dividió en dos grupos: mi viejo quedó en uno, y yo en otro.

-No se preocupen-decía mi papá-vamos a la comisaría, porque Analía sabe que si se pierde tiene que ir a la más cercana.

Yo, un poco por distraída, otro por la antipatía creciente en mi por la fuerza pública, no se me ocurrió recurrir a ella, tomé las riendas del otro grupo, y busqué Tribunales:

-Vamos para Tribunales, ahi me tomo el colectivo a casa cuando venimos con mi viejo a recorrer las librerías de Corrientes.

Los otros me miraron raro, pero estaban más perdidos que yo, encandilados por las luces del centro, así que me siguieron nomás.Tuvimos que caminar mucho, y el viaje hasta Floresta fue largo. Cuando llegué, mi padre me esperaba en la puerta con alguno de mis amigos que me miraban como si estuviera caminando hacia la guillotina. Para resumir: me cagó a gritos un rato. Cuando se calmó, Marcelo dijo:

-Yo le dije que vos ni a palos ibas a ir a una comisaría.

Y Romina añadió:

-Qué boludos, se hubieran perdido con nosotros que nos encontramos con los pibes de La Banda del Golden Rocket.

(Nota: esta anécdota es una fija hoy en día en las sobremesas familiares. Mi viejo ya no me reta, pero aún pone caras. Yo la única vez que pisé una comisaría fue para ir a buscar a mi hermano cuando, siendo menor, se afanó el auto de mi vieja. Si desean detalles precisos sobre el recital, pueden recurrir a las crònica de la época)

Suegros

-Susana –dijo–, encantada.

La madre de Vero se acercó, me besó en la mejilla y después se quedó parada en frente mío, esperando que dijera algo.

-Él es Eric –dijo Vero.

-Me imaginaba.

Sonrió.

-Claro –dije.

Me sorprendió lo poco que se parecía a Vero. Era alta, escuálida y con el pelo rubio platinado, bronceada y con arrugas como surcos que le atravesaban la cara. Había, solamente, un remoto aire de familia en su mirada.

-¿La pasaron bien en el cine? –preguntó.

Vero dijo algo. Yo asentí, escuchando. La puerta de entrada se abrió otra vez.

-Llegó tu padre –dijo Susana–. Permiso.

Y desapareció en el pasillo.

El padre entró a saludarme un rato después. Estaba en camisa y con el nudo de la corbata desajustado. Me apretó la mano.

-¿Cómo es tu nombre?

-Eric –dije.

-¿De qué origen sos?

Me miró.

-Es alemán, papá –dijo Vero.

-¿De qué parte?

-Villa Ballester –dije.

Sonó una bocina.

-¿Te quedás a cenar con nosotros?

-Eric está apurado –intervino Vero.

El padre se mordió el labio inferior. No me soltaba con la mirada.

-Me quedo –dije.

Él asintió.

-Pasen al living, por favor.

Me senté con Vero en el sofá. El padre en frente nuestro, con un vaso de whisky en la mano.

-¿No tenés que avisar en tu casa? –preguntó.

En casa ni sabían de la existencia de Vero, así que me arriesgué. Dije que no.

Después contó de su trabajo. Era abogado. Me preguntó por mi familia. Le expliqué lo que pude, sin tartamudear. Cuando nos sentamos a la mesa, Vero me apretó la mano. El padre no la vio. La madre nos sonrió. Tengo suegros, pensé. Una novia. Una familia política. Estaba contento. Y me agarró acidez.

miércoles 26 de noviembre de 2008

El loser

Antes de que el término empezara utilizarse con frecuencia, en algún momento de los noventa, el fracaso era una miseria íntima, poco propensa a ser compartida con los demás. El loser anda por la vida dudando de todo, aunque sabe que está condenado de antemano, cualquiera sea su elección. Su identidad está fundada en el fracaso. Las cosas le salen mal por un único motivo: él. Si eventualmente le va bien en algo, se lo atribuirá a la casualidad o, en la mayoría de los casos, a un error en el funcionamiento del cosmos, que regresará pronto a su estado habitual.

-¿En qué estás pensando? –me preguntó Vero.

-En nada –dije.

Salíamos del cine. No recuerdo qué habíamos ido a ver, porque la película no le interesó a ninguno de los dos. Nuestras últimas dos salidas habían consistido en eso: matarnos en un cine y después en alguna plaza o Mc Donald´s, hasta que empezaba a hacerse de noche y yo la acompañaba hasta la puerta de su casa otra vez.

Mientras caminábamos, yo me preguntaba por cuánto tiempo más podría sostener la situación. Vero me daba la mano, me besaba en las esquinas, me contaba de su vida y sus amigas como si a mí me importara. Y me importaba, sólo que me parecía raro que ella lo hubiera adivinado.

-¿Voy a conocer tu casa uno de estos días? –preguntó.

Le dije que sí. La verdad era que no lo tenía decidido. Hasta el momento, el único que sabía de su existencia era Hernán. Era el menos loser en mi grupo de amistades. Si Vero me dejaba a la tercera salida, me iba a resultar difícil explicárselo a los demás. Especialmente a mi familia, que hasta el momento no sabía nada. Hernán, en cambio, sólo me preguntó si Vero tenía amigas para presentarle. Y eso era lo único que yo podía responder.

-Mamá se va a enamorar de vos –dijo ella en la plaza.

Sonreí.

-Claro –dije.

-Y papá no es muy simpático pero es buen tipo, le vas a caer bien.

-Gracias –dije.

-¿De qué?

La besé. Después la acompañé hasta su casa.

-¿No querés pasar un rato? –dijo.

Le dije que estaba apurado.

-Mis viejos no están.

El departamento era grande, con largas cortinas blancas y alfombras peludas en el suelo. El dormitorio de Vero parecía el lugar más desordenado, pero el descuido era intencional: los pósters colgaban torcidos y se veían compacts por todas partes. Attaque 77, Nirvana y Pearl Jam. Había un oso de peluche sobre la cama. Al lado del teléfono inalámbrico, un papel con mi número anotado. Y no había nadie más que nosotros dos.

Entonces se abrió la puerta de entrada. Me quedé sin tiempo para reaccionar.

-¿Vero? -dijo una voz desde el pasillo.

-Eric -dijo ella-, te presento a mamá.

martes 25 de noviembre de 2008

Un final

Primero le tocó a Freddie Mercury. Después a Cobain, cuyo suicidio veíamos venir, a menos que todo fuera un invento de la Mtv. Hasta la muerte del abuelo de Kevin, de alguna manera, me marcó. Eran historias cerradas, con un comienzo y un final. Pero la de Rodrigo fue, de lejos, la peor.

-No puede ser –le dije a Hernán cuando me contó por teléfono.

Empecé a creerle la tercera vez que me lo repitió. Fue en un accidente de tránsito, cerca de la estación de tren. Él venía en el asiento del acompañante. El padre manejaba. Un colectivo los agarró de costado, en una bocacalle. El padre había quedado internado. Rodrigo no llegó al hospital.

Esa tarde nos juntamos en mi casa. Diego jugaba en la computadora. Hernán puso un disco de Pearl Jam.

-¿Qué hacemos? –dijo– ¿Vamos?

Nadie respondió.

- La madre nos conoce –insistió.

-Yo no voy –dijo Diego–. Los velorios me hacen mal.

-Es por Rodrigo –dije.

Él se encogió de hombros. Yo me acordé de cuando ellos dos se habían agarrado a trompadas, el año anterior. La pelea se inició por una discusión acerca de un capítulo de los Simpsons. No sé cómo se les fue a las manos, pero los tuvimos que separar entre tres. Después se arreglaron aunque cada vez que uno podía, hablaba mal del otro. Era una cuestión de piel, supongo. Ninguno de los dos hubiera sabido explicarlo mejor. La última vez que se juntaron, fuera del colegio, fue en la salida a Cemento. Se llevaron bien.

-Sos un hijo de puta –dijo Hernán.

Diego agachó la cabeza.

-Puede ser.

Fuimos Hernán y yo. Saludamos a los familiares que conocíamos, y a los que no.

-Ahí están los amigos –murmuró alguien atrás.

Después nos sentamos en el cordón de la vereda.

-Se hacía cinco pajas diarias –dijo Hernán.

-A mí me mostró la primera revista porno.

Desde adentro se escuchaban los murmullos de la gente. Rodrigo era algo que nos había pasado, y de ahí en más iba a ir apagándose. Una foto mal sacada, un papel. Primero pensé que cada uno hablaba de un personaje distinto, y sólo nosotros conocíamos al real. Después pensé que ya no había nada real.

Diego me llamó por teléfono a la noche. Le conté cómo había sido todo.

-No sé qué me pasa –dijo.

Después me llamó Vero. Me gustó escuchar su voz. Parecía lejos de todo, y tan cerca a la vez.

-No sé qué me pasa –dije.

-Estás triste.

Le dije que sí. Pero lo que pasaba, en realidad, era algo mucho más difícil de explicar. Tenía que ver con Rodrigo pero también con nosotros, y algo que –sin darnos cuenta– estábamos dejando atrás.

lunes 24 de noviembre de 2008

Objeto de la semana: el forro

Una tarde de verano y Rock & Pop, después de hablar con Vero y con Hernán por teléfono y que ninguno tuviera ganas de hacer nada, ni siquiera de moverse un centímetro debajo de sus respectivos ventiladores de techo, encontré una pila de revistas que habían sido de mi viejo en un placard de la casa. Eran ejemplares de “Primera Plana”, con titulares sobre Onganía y Lanusse en la tapa. A quién podían interesarle esas revistas, más de veinte años después. Cuando las volví a guardar, algo se deslizó al suelo. Era un paquete color verde oscuro, sin abrir, de una marca que yo nunca había escuchado mencionar. Tenía un forro adentro.

No sé cómo habrá llegado a ese lugar. Después de darle vueltas un rato a la idea de que si yo existía, era porque mi viejo no lo había encontrado, me fijé en la fecha de vencimiento: 10 de junio de 1983. En esa época yo tenía cuatro y miraba al Coyote y al Correcaminos por televisión. Habían pasado más de diez años. Ahora miraba los mismos dibujos animados, pero todo el resto había cambiado. Iba al secundario, escuchaba a Nirvana y salía con Vero, o al menos tenía la sensación de que estábamos saliendo. Durante todo ese tiempo, el forro había permanecido en el mismo lugar.

Más allá de la fecha de vencimiento, el paquete parecía recién comprado. Y yo que pensaba que los preservativos eran un invento reciente. Hasta poco tiempo atrás sólo se conseguían en farmacias. Ahora habían empezado a venderlos también en los quioscos. Se hacían campañas publicitarias donde lo señalaban como la manera más efectiva de prevenir el contagio del Hiv. Y en el tributo a Freddie Mercury se lo veía por todas partes. Era como si dijeran: “¿Ves? Si hubiera usado forro no estaría muerto”. La publicidad en el rock siempre me llegaba. Era el canal a través del cual se comunicaban conmigo las empresas y los organismos estatales. Y eso sí era algo bastante reciente, pero funcionaba.

Pensé en tirarlo. Al final me lo guardé. Durante un tiempo lo llevé en la billetera a todas partes, como un talismán. Un día, después de invitarla a Vero a comer algo en un McDonald´s, se me deslizó al suelo.

Ella se agachó para levantarlo.

-Damelo –dije con dos pasteles de manzana en las manos.

-Está un poco vencido –dijo antes de dármelo.

-Ya sé.

Nos sentamos a una de las mesas que quedaban libres. Pensé en decirle algo, cambiar de tema, contarle la verdad.

-Comprate unos nuevos –dijo ella–. Dejate de joder.

viernes 21 de noviembre de 2008

Caballos Salvajes

Escribí sobre la película para Revista Siamesa. Pueden leerlo haciendo click acá.

Bon Jovi

"La cuestión Bon Jovi- Jon bon Jovi en mi vida es muy similar a la de Dios-Jesús."
Un elocuente testimonio, acá.

Corky, la fuerza del cariño

El inalámbrico nunca me vino tan bien como en esos primeros tiempos de la relación. Después de la cena, mientras mi familia miraba la serie, yo me encerraba en mi dormitorio para hablar con Vero:

-¿Qué comiste? –preguntaba.

-Tarta de calabaza. Y antes unas Pringles. ¿Vos?

Al rato se agotaba la conversación. Entonces pasábamos al entorno familiar.

-¿Qué hacen tus viejos?

-Están mirando a Corky –dijo ella una vez.

-Acá también –dije.

La música de la tele –Ob La Di Ob La Da, de los Beatles– llegaba desde el comedor. El capítulo había empezado media hora antes, cuando me encerré a hablar. El título original de la serie, Life goes on, se ajustaba más al argumento que su versión en español. Era la historia de una familia muy políticamente correcta en los albores de la era Clinton. En algún capítulo, la hija empieza a salir un tipo con Hiv. Corky, el hijo mayor, tiene síndrome de Down. Se pone de novio, va a la escuela y aprende a manejar. No bombardean Irak.

-Mi vieja no se pierde ni un capítulo –dije–. No sé por qué le gusta tanto.

-Por ahí se identifica con la madre –dijo Vero.

Me quedé pensando. Se rió.

-Es un chiste –dijo.

Y se volvió a reír.

A mí no me gustaba la serie, pero la semana anterior, después de encontrarme con Vero, había visto un par de escenas de la primera cita de Corky. Primero me emocioné, después cambié de canal.

-¿Qué quisiste decir con eso?

-Es que la semana pasada me hizo acordar a... –se interrumpió sobre la marcha– Bueno, nada.

-¿Y eso qué tiene de malo?

-¿Quién dijo que tiene algo de malo?

-No sé, me pareció –dije.

-Era un chiste –dijo–. Cortala.

Después le pregunté si nos veíamos el fin de semana.

-Te dije que sí –me respondió–. Que duermas bien.

-Vos también.

-¿Colgás vos? –pregunté.

-No, vos –dijo.

-Vos.

Y me colgó.

jueves 20 de noviembre de 2008

Curioso

Según el contador de visitas, alguien realizó la siguiente búsqueda:

www.google.com.ar/search?q=paja colectiva&btnG=Buscar&hl=es&sa=2

Y se encontró con un blog sobre los ´90 a un click de distancia.

Lamentablemente, no contamos con un manual de instrucciones. Sí es que está leyendo, me gustaría que nos cuente -aunque sea mediante un comentario anónimo-, qué tan grande fue su decepción.

Primera cita (2/2)

Le pregunté si había tenido novio. Me dijo que sí, después que no, después que sí otra vez. Cuando me preguntó a mí le respondí con algo críptico. La Coca Cola se estaba terminando. Los viejos de al lado se habían aburrido de su propia conversación. Se hacía de noche, en cualquier momento me iba a decir que ya era tarde y seguíamos igual que al principio, o peor.

-Tengo que volver a casa –dijo mirando el reloj.

Quedaba a unas cuadras, me ofrecí a acompañarla. En el camino me preguntó si me había enamorado alguna vez. Yo me acordé de una compañera de primer año que me había gustado. Después ella me contó una historia sobre un amigo con el que había pasado algo, que terminó porque él se había mudado –no entendí si a otro país o a otro barrio. Pasamos enfrente de una rotisería, donde un pollo lento giraba al spiedo en la vidriera. Ella dobló en la esquina y se me adelantó unos pasos. Pensé que estaba apurada por llegar a su casa, llamar a una amiga, encender el televisor.

No se lo reproché: a mí me pasaba igual. Era lógico. Aparte de la remera de Pearl Jam, no teníamos nada en común. A Vero no le gustaban Stephen King, el fútbol, ni la ciencia ficción. Tampoco era una modelo o una actriz de televisión, aunque tuviera esa mirada. Lo peor de todo era que no la conocía. Más allá de lo que habíamos conversado, yo no sabía que el dulce de frutillas le gustaba más que el dulce de leche, que dormía con la boca apenas entreabierta o que estaba indecisa entre Psicología y Letras, dos carreras que al final nunca siguió. En algunos casos, ella misma lo ignoraba.

-¿Vos qué opinás? –me preguntó.

Me agarró de sorpresa, otra vez.

-Creo que tenés razón –dije.

Ella asintió.

-Llegamos –dijo en la entrada del edificio.

Me quedé mirándola. Ahora, pensé.

-Te llamo –dije.

-Dale.

Calculé la distancia.

-Podemos salir la semana que viene, si querés.

-Me parece bien.

Pasó una ambulancia.

-Bueno –dijo–. Tengo que subir.

Se acercó para despedirse.

-Ahora –dije en voz alta sin querer.

-¿Qué dijiste? –preguntó.

La besé. Nos separamos uno, dos minutos después.

-¿Te llamo entonces?

-Sí –dijo.

Me fui caminando hasta la estación de tren.

miércoles 19 de noviembre de 2008

Primera cita (1/2)

Fuimos a ver El mundo según Wayne. Durante la película, yo la espiaba de reojo. Ella se reía en algunas partes, en otras se quedaba seria, como tensa, y yo tenía la sospecha de que había adivinado que la estaba mirando. Va a pensar que soy un psycho, pensé. Entonces me daba vuelta y volvía a concentrarme en la pantalla, con la sensación de que ahora era ella la que me miraba. Un par de veces me di vuelta de repente, como para sorprenderla, pero entonces me daba cuenta de que me había equivocado. Cerca del final me dijo algo al oído. Adiviné que era sobre una escena, pero no la escuché. Como ella se reía, me reí también.

-Es verdad –dije.

Después salimos a la calle. Todavía era de día y caminamos por la vereda del sol un rato, sin saber adonde ir. Vero me gustaba y eso me hacía doler la boca del estómago, como si me obligara a algo que no sabía cómo hacer. Estábamos de jeans y zapatillas, los dos. Yo me había llevado la remera de Pearl Jam. A ella se la veía más arreglada que en el recital. Sospeché que eso era una buena señal. Si no para qué vino, pensé después. Eso me dio una ligera sensación de irrealidad. Hernán me lo había dicho el día anterior:

-Si aceptó, es porque te tiene ganas.

Sonaba lógico, pero no se veía tan claro en ese momento, mientras caminábamos por la vereda de Cabildo esquivando a la gente que se cruzaba con nosotros, de acá para allá.

-¿Vamos a la feria artesanal? –dijo ella.

Me pareció bien. Cualquier otra cosa me hubiera parecido igual de bien.

Esa tarde me di cuenta de que Vero no era tan fanática de Pearl Jam como había pensado al principio, lo cual en el fondo me pareció mejor, porque yo en aquel entonces tampoco lo era, y con el poco conocimiento que tenía hasta el momento me bastaba para impresionarla. Iba a un colegio de monjas en Belgrano, cerca del cine donde habíamos visto la película. Dijo que tenía muchos amigos hombres. Después me habló de su mejor amiga.

-¿Y amigos varones, tenés? –pregunté.

-Sí –dijo–. Te acabo de decir.

Tiene carácter, pensé.

Se hacía de noche y las cosas no iban bien, aunque no sabía por qué. Me imaginé volviendo a casa, con la cabeza baja, sin ninguna novedad. Le dije de ir a tomar algo en un bar. Ella aceptó. Pedimos dos gaseosas. En la mesa de al lado, había una pareja de viejos conversando. La mujer lo agarraba al hombre de la mano. Hablaban del pasado. Nos quedamos escuchando, en medio de los murmullos del bar. Al principio pensamos que eran un matrimonio. Después que eran dos viejos novios. Ella enviudó, él también, y ahora se estaban reencontrando.

Vero se sirvió Coca. Yo le rocé la mano. Sonrió.

Bueno, pensé. Empecemos otra vez.

martes 18 de noviembre de 2008

Genealogías

A comienzos de los noventa, hubo un breve pero intenso furor por la heráldica y la genealogía, especialmente por parte de los nuevos ricos, quizás para justificar de alguna manera que sus apellidos provenían de un linaje –cuyo nivel de vida acababan de recuperar–, y no de las alcantarillas como todos los demás. Los que viajaban a Miami volvían con el escudo de la familia impreso en láminas de cartulina, una atracción que luego algunos transportarían al país. En la exposición de América 92, realizada en Puerto Madero antes de su remodelación, el interesado podía consultar en una computadora los datos del barco en que habían llegado sus antepasados inmigrantes. Me acuerdo de las filas de gente, horas y horas esperando. Se confeccionaban árboles genealógicos que llegaban hasta la Edad Media, y no faltaron las ediciones de autor en las que algún ilustre desconocido, como un Buendía sin encanto, relataba su historia familiar.

En mi familia también había un escudo, pero descansaba desde hacía años en el fondo de un baúl. No era muy distinto de los escudos familiares que había visto hasta el momento, y mucho menos vistoso que el que había colgado el padre de Hernán en la pared del quincho, al lado de las herramientas para manejar el carbón. Un hombre con armadura, dos banderines y el escudo con la imagen de una ciudad medieval.

Vero mencionó el tema cuando la llamé por primera vez, en el curso de una charla que había arrancado tímida tres cuartos de hora atrás.

-Mi apellido es griego –dijo–. Éramos tejedores en Creta. Papá lo averiguó hace poco, cuando estuvimos allá.

-Nosotros éramos pastores –dije.

Nos reímos.

-En serio –dijo–. A mi viejo le encanta esa pelotudez.

Pensé en lo estúpidos que me habían parecido hasta entonces los árboles genealógicos que llegaban hasta la antigüedad. Pero ahora me venían bien, así que le hice un resumen de mi pasado familiar. Después le pregunté por el suyo, hasta que junté coraje para invitarla a salir. Quedamos en vernos el fin de semana. Durante la cena la interrogué a mi vieja por nuestros antepasados pastores.

-¿De dónde sacaste eso? –preguntó.

Y yo no pude responder.

lunes 17 de noviembre de 2008

Objeto de la semana: remeras de rock

Existían desde mucho antes, pero explotaron a comienzos de los noventa, cuando los recitales se multiplicaron por todas partes. Lo bueno era que, a diferencia de los pantalones chupines y las camisas a cuadros, las remeras le gritaban al mundo tu preferencia por una banda o estilo de música, sin que hiciera falta ninguna decodificación. Mi vieja las odiaba porque se estiraban, encogían o se les borraba el estampado en el primer lavado. Yo lo aceptaba como parte del asunto. Si destiñe, es rock. Si encoge, es rock.

La primera remera de una banda que yo tuve fue una de Iron Maiden, comprada en Villa Gesell, con mi nombre estampado debajo. Yo tenía once, doce años, y nunca había escuchado a Maiden, pero me gustaba Eddie porque parecía escapado de alguna película de terror. En poco tiempo la remera encogió casi hasta dejarme el ombligo al aire, así que la dejé de usar. Después me volví más riguroso. Entendí que la remera me definía ante los ojos de los demás, así que tardé un tiempo en elegir la segunda, que resultó ser de Pearl Jam. La compré en un local de Munro donde los vendedores tenían un par de años más que yo y escuchaban la Rock & Pop, mientras mi vieja esperaba en la puerta. Cuando vio el estampado –una foto de Eddie Vedder en blanco y negro– y tocó la tela dijo:

-Es una calidad de mierda.

Y yo dejé de hablarle por un par de cuadras.

Si la noche de Cemento no la llevaba puesta, era porque los planes habían sido otros. Tenía una de Ufo Jeans. Va a pensar que soy un pelotudo, pensé. La chica con la que me había escapado del pogo llevaba una remera de Pearl Jam.

-Está buena –dije señalándosela.

El estampado era de buena calidad. Los colores se veían firmes y no parecía haber encogido nada. Incluso el diseño era mejor. En la mía, fabricada en algún taller de Once, se veía una foto mal recortada de alguna revista. Acá estaban el logo de Pearl Jam en el pecho, y la lista de temas de Ten en la espalda.

-¿Es importada? –pregunté.

Ella dudó antes de responder.

-Creo que sí –dijo al final.

La multitud nos arrastró hasta la salida. Nos quedamos conversando mientras esperábamos a nuestros amigos, apoyados contra el capot de un auto estacionado. Me dijo que se llamaba Vero. Tenía el pelo castaño atado. Ojos grandes. Estaba en cuarto, igual que yo. Hablaba poco, sonreía de vez en cuando. Era la primera vez que veía a los Brujos. Vivía en capital. Después de un rato aparecieron sus amigas. Antes de que se fuera, le pregunté dónde había comprado la remera. Ella me anotó su número de teléfono en un boleto de tren.

-Llamame –dijo– y te paso la dirección del lugar.

Mucho después me confesó que su remera era prestada. Una amiga se la dio porque ella no tenía ninguna, y estaban yendo al recital. Pero entonces ya no me importaba.

viernes 14 de noviembre de 2008

Cemento


(Gracias a Seba F., que me ayudó con este post)


Habíamos escuchado muchas leyendas sobre Cemento, que era el lugar donde tocaban algunas bandas que empezaban a gustarnos, pero hasta entonces nunca nos habíamos animado a ir. En realidad, ni siquiera se nos había cruzado por la cabeza esa posibilidad, hasta que Hernán la mencionó.

-Somos pendejos –dijo Diego.

-Mi primo es amigo del hijo de un conocido de Chabán –dijo Hernán–. Pero igual no pasa nada.

El viaje desde Villa Ballester era la primera odisea. Fuimos a la casa de Juan, el primo de Hernán, que vivía en Almagro y tenía dos o tres años más que nosotros, y nos quedamos esperando a que se haga la hora. Escuchamos un disco de Sumo y tomamos un poco de cerveza. Yo dejé el vaso por la mitad, porque no me gustaba.

-¿Se arma quilombo en la puerta? –preguntó Diego.

-De vez en cuando –dijo el primo de Hernán.

Llegamos en un taxi, asustados. En la puerta se había juntado una pequeña multitud de gente. Remeras negras, algún punkie de vez en cuando. Aunque éramos los menores, habían un par más de nuestra edad. Eso nos alivió bastante. La policía pasaba a cada rato, nos miraba, pero no hacía nada. Entramos a los empujones, media hora después. Adentro hubo una corrida. Alguien se había agarrado a trompadas. Un hombre se subió al escenario.

-Pajeritos –dijo al micrófono–. Qué hacen, pajeritos, acá.

-¿Quién es el boludo ese? –preguntó Rodrigo.

-Es Chabán, el dueño –dijo el primo de Hernán.

Era como si nos hablara a nosotros. Lo escuchamos un rato sin entender lo que decía, mientras la gente iba llegando. Después pensé que nos hablaba a todos, a los que le prestábamos atención y a los que no, a los pajeros y a los que no. Parecía enojado. A mí me quedó la sensación de que dijo que teníamos una vida de mierda, lo cual era bastante cierto, pero no entendí del todo. En algún momento empezaron a volar los escupitajos. En lugar de esquivarlos, él seguía ahí parado, hablándonos. Como si le gustara.

-Es un artista –dijo Hernán.

Pensé que eso explicaba las cosas. Miré a mi alrededor. Cemento era una mezcla de boliche y galpón. Chabán había empezado en los ochenta, con muy poca plata, y esto era la continuación de ese reviente, sólo que ya no habían veinte gatos locos sino mil, dos mil, quién sabe cuántos. Pero el lugar seguía igual.

Después de un rato, Chabán se fue a las puteadas. El recital venía retrasado. La gente seguía llegando. Hacía calor. Nos quedamos los cinco apretados, cerca del escenario. Los plomos iban y venían. Un grupo de chicas se apretaba cerca nuestro. Tenían nuestra misma edad, y los ojos delineados. Una con remera de Soundgarden, otra de Pearl Jam. Entonces se apagó la luz. Salieron los Brujos al escenario.

Fin de semana salvaje

destapando botellas.

Fin de semana salvaje

con el cerebro pisado.

El pogo nos empujó de un lado a otro. Sentí que alguien me agarraba de la mano. Miré de costado. Era la chica de la remera de Pearl Jam, medio petisa, flaca, ahogada entre la multitud. Nos miramos.

-¿Estás bien? –le pregunté.

Ella dijo que no. La ayudé a salir a un costado. Vimos el recital hasta el final. Después se encendió la luz.

-Me separé de mis amigas –dijo.

A mí me había pasado lo mismo, pero a ninguno de los dos le importó.

jueves 13 de noviembre de 2008

La paja

En la Biblia, Dios mató a Onán porque eyaculaba sobre la tierra. Lejos de compartir sus preocupaciones, los varones de mi curso nos encargábamos de seguir su tradición. La costumbre se inició a los doce, trece años. A comienzos del secundario, ya era un tópico en cualquier conversación masculina, especialmente en las que tenían lugar en el vestuario, después de gimnasia o natación.

-A Marcos no le salta –me informó Rodrigo una vez.

-¿Cómo sabés? –le pregunté.

-Es obvio –dijo–. Mirá.

Marcos era flaco y pálido, se enfermaba cada dos por tres. Lo observé vistiéndose, con las vértebras marcadas en la espalda. Tosió un par de veces sin parar. Al final se golpeó el pecho con el puño cerrado, para recuperar el aliento. Después se cepilló los dientes –era el único que lo hacía en el vestuario– y guardó todas sus cosas excepto un tupper con dos sándwiches adentro.

-Che, ¿querés venir a ver una porno con nosotros? –dijo Rodrigo.

Marcos se dio vuelta, nos miró unos segundos y salió silbando un tema de Roxette.

-Tenés razón –asentí.

Además de las revistas porno, Rodrigo y yo usábamos desodorante Axe, hablábamos de minas y conocíamos las diferentes técnicas en profundidad: la mano muerta, la acuática, la arenosa y la de lujo, que incluía la utilización de un preservativo, un elemento que sospechábamos importante para nuestro futuro sexual.

Pero el nuevo hábito también trajo otros cambios. En la hora del almuerzo, mientras Marcos y los otros chicos se quedaban en el patio o en el comedor, Rodrigo, Hernán, Diego y yo salíamos a comer a una pizzería que quedaba a unas cuadras. La mayor ventaja de comer ahí era que se podía hablar con tranquilidad, sin temor a que algún profesor o compañera escucharan la conversación.

-Siete veces –decía Rodrigo.

-¿En un solo día?

-Andá a cagar.

El grupo de la pizzería permaneció unido, pero dos o tres años después nuestras costumbres –que seguían siendo las mismas– ya no eran tan fáciles de confesar. Rodrigo era el soldado más fiel a la causa.

-Che –dijo una vez–, mis viejos me dejan solo el fin de semana. ¿Alquilamos una porno?

Entendimos de inmediato lo que eso significaba.

-Paja colectiva –dijo Hernán.

Y suspiró.

Llegué a lo de Rodrigo a las cuatro, como habíamos quedado. La idea era pasar la tarde y la noche ahí. Diego y él ya habían alquilado dos o tres películas en el videoclub.

-No le dice a mis viejos, el tipo es copado.

Pusimos los Simpsons mientras esperábamos a Hernán. Llegó un rato más tarde, con una remera de Nirvana que le veíamos por primera vez.

-Estoy harto de la paja –dijo.

Nos miramos.

-Esta noche vamos a Cemento –agregó.

miércoles 12 de noviembre de 2008

La cumbia

Por Lord Khyron

Martín cursó conmigo casi toda la secundaria y fuimos casi amigos, hasta que en quinto año fue expulsado del colegio por un asunto que nunca quedó del todo claro (por lo menos para mí). Decía que le gustaban muchos los Rolling Stones, tanto que se hizo pintar una campera de jean con la lengua roja en la espalda ya que era difícil conseguir de esas en los cada vez más numerosos locales de ropa rockera. Pero en esa época no existían todavía los rollingas, así que cuando le preguntaban­­:

-¿Vos qué onda sos?

Él decía:

-Soy stone.

Cursando un año más que nosotros había un flaco que le decíamos Kity, nunca supe por qué ni se lo pregunté pero como todo sobrenombre, con el tiempo decirle así se convierte en lo más normal del mundo, tanto que me olvidé de su nombre real. Era un pibe sumamente gracioso y carismático, de esos que suelen ser líderes de los grupos, con lo cual todo el mundo quería ser su amigo y él nunca negaba ese pedido.

Un día veo a Kity y a Martín cambiando casettes, y mi curiosidad musical hizo que me acerque a ver que era lo que estaban escuchando.

-Si, éste de Malagata está rebueno.

-El de Adrián y los Dados Negros trae tal tema.

-Escuchate el de Pocho La Pantera primero.

Yo sabía que esos nombres no sonaban a bandas de rock, ni siquiera de pop, por lo que mi pregunta inmediata fue:

-¿Qué música hacen esos grupos?

-¿Cómo, no escuchá cumbia? –respondió Martín.

-Música para viejos –dije–. ¿Vos no eras stone?

-Los rollin ya fueron –dijo, tajante–. Además, con la cumbia la gente se divierte.

Y volvió a la charla con Kity, nombrando decenas de grupos ignotos para mí.

Un día hablando con Maria Elisa, una chica no demasiado linda que cursaba conmigo pero que me resultaba atractiva, le conté que Martín y otros que ya se empezaban a sumar estaban escuchando “esa música para viejos”.

-Es una grasada total -dijo ella-, yo no sé cómo escuchan eso.

Un par de semanas después fui a un cumpleaños de quince en el que estaban la mayoría de mis compañeros. En un momento escucho una canción rara cuya letra decía algo así como:

Mira cómo se menea
cómo le gusta vacilar
suavecito como la marea
su mirada te puede matar.
Pero mira cómo va gozando,
cómo suena su cascabel.
Su pasito te va envenenando
y se pierde al amanecer.

Allí mismo me doy cuenta que yo había pasado a ser el único que no sabía la letra de “Violeta”, hit inoxidable del bizarrísimo y más inoxidable cantante Alcides. Ya que yo era muy cerrado y quería demostrar que no era “uno más” de los que caía en la trampa de la cumbia decidí irme de la pista. En ese mismo momento la veo a Maria Elisa, vestida de manera sumamente elegante para la ocasión, no sólo bailando cumbia sino que además se sabía las letras. Junto a ella estaban todas las chicas de mi curso bailando con otros chicos.

Luego de unos minutos me acerqué a ella.

-¿No era que vos no ibas a escuchar nunca esta grasada? –dije.

-No, ahora me re gusta esto para joder, esta buenísimo -respondió.

Hice un esfuerzo por tratar de entenderla pero no pude. Apenas un año antes yo había estado en fiestas y en boliches en los cuales la gente silbaba cuando el DJ pasaba cumbia, teniendo que cambiar forzadamente la música. Pero por alguna extraña razón pasé a ser yo el único que se amargaba cuando sonaba la bailanta. Pasé a ser el que siempre se quedaba solo, sentado en un costado. Patético.

Mayor sería mi frustración cuando unos meses después con un par de amigos decidimos pasar música en fiestas. Ya habíamos comenzado a comprar CDs, por lo que cuando nos juntábamos teníamos una respetable colección de 80-90 discos, ninguno de ellos ni cercano a la cumbia. Habíamos llevado nuestros equipos al cumpleaños de una chica muy linda, en una casa hermosa con pileta y parque al fondo. La chica que cumplía años se acerca preocupada viendo que nadie bailaba. Miró uno a uno nuestros discos y nos dice:

-Ay chicos, esta música es re aburrida, ¿no tienen cumbia?

Nos miramos sin saber qué decir. Minutos después la chica nos trae 4 discos de grupos de cumbia.

-Che Facu, yo no sé qué tema poner de acá -dije.

-Yo tampoco -respondió Facu.

Esa noche creo que pusimos 5 o 6 veces el mismo tema, intercalándolo con cualquier canción al azar que poníamos de otro disco. Nadie se quejó, y la gente siguió bailando toda la noche. “Por suerte esta moda va a durar poco”, pensé mientras tomaba un vaso de cerveza.

martes 11 de noviembre de 2008

Antes de amanecer

Viajé a Europa en diciembre de 1999, sin una fecha determinada de regreso. El itinerario arrancaba en Barcelona y pasaba por Amsterdam, Berlín, Praga, Budapest, Viena. Viajaba solo, con el Eurail Pass, algo así como un pase libre por los trenes de Europa. Eso me permitía improvisar, armar combinaciones, cambiar de idea a último momento. Dormía en albergues estudiantiles o en hoteles muy baratos, que encontraba por ahí. Conocí gente en el camino. Argentinos y de otras nacionalidades. Estaban los que hacían turismo, otros conseguían trabajo y se quedaban viviendo en alguna parte, hasta que se aburrían y volvían al tren. Nadie buscaba nada, o al menos yo no buscaba nada. Algunos se quedaban allá, pero a la mayoría en algún momento el viaje nos devolvía a casa otra vez.

Algo parecido pasa con Ethan Hawke y Julie Delpy, Jesse y Celine en la ficción, en la película de Richard Linklater de 1995. Él es norteamericano y viaja sin rumbo por Europa. Ella es francesa y viene de visitar a una abuela en Budapest. Se conocen en un tren, hablando sobre una pareja de alemanes que discute a los gritos en el asiento de al lado. Jesse se baja en Viena, donde tiene un vuelo al día siguiente. Ella baja con él, y la película transcurre en esas pocas horas que les quedan en común.

Como en casi toda la filmografía de Linklater, los diálogos ocupan una parte central de la trama. La cámara los acompaña como un testigo eventual, sin revelar otra cosa que no sea la conversación entre ellos dos. En una crítica leí que Jesse y Celine hablaban de grandes temas como “la muerte, el futuro, el amor”. Pero esas palabras deben aparecer muy poco a lo largo de la película, lo cual denota una característica todavía más importante del cine de Linklater: nadie reflexiona en abstracto, o si lo hace está condenado a la banalidad. La muerte es una abuela que enterramos en la infancia, el futuro es el final de una carrera universitaria, o un posible empleo en alguna parte, y el amor es ese diálogo que en algún momento puede terminar en la discusión de la pareja en el asiento de al lado.

Al final de esa noche, Jesse y Celine se separan con la promesa de reencontrarse un año más tarde, en la estación de tren. Nadie tiene muchas certezas de que eso vaya a pasar. Y en la secuela –Before Sunset (2005)– nos enteramos de que nunca sucedió. La última escena los muestra a cada uno por separado, volviendo a su casa. Igual que yo.


lunes 10 de noviembre de 2008

Objeto de la semana: las Adidas Torsion


-¿Vieron las Adidas Torsion? –dijo alguien una mañana, antes de clases, en el patio del colegio– Salieron ayer en el Clarín Revista.

Ezequiel levantó un pie.

-¿Cuáles? –dijo– ¿Éstas?

Eran las mismas de la foto. Cuerina gris y suela de goma, con la barra que protegía el arco planar como decían en la publicidad. Debían haber costado una fortuna.

-Lo que pasa es que las necesito –dijo Ezequiel–. Para entrenar.

Era el atleta del curso. Ese día, en la clase de gimnasia, las probó por primera vez. Trotó media hora alrededor del campo de entrenamiento, abajo del sol. Más tarde, en el vestuario, nos contó cómo había sido la experiencia:

-En general termino con el pie dolorido. Pero ahora no. Era como flotar.

Tuvo la oportunidad de volver a probar las Torsion esa misma tarde, después de clases, cuando dos pibes de La Rana lo persiguieron con una sevillana durante dos o tres cuadras, hasta acorrarlarlo en el tunel de la estación de tren.

-Las zapatillas –dijo uno de ellos–. Y el reloj.

Después lo dejaron ir. Se repartieron el botín un rato más tarde, en casa de Damián. Él se quedó con las zapatillas, y le entregó a Pablo el reloj. No le importaba que se pudiera vender a mejor precio. Había visto las Torsion en el diario, el día anterior, y no podía creer que le hubieran tocado en suerte con tanta facilidad.

Al día siguiente las llevó al colegio. El gordo López las fichó de entrada:

-¿Qué tenés ahí? –le preguntó.

Damián estuvo escapándole toda la mañana, pero al final lo interceptó a la salida, junto con otros dos.

-Las zapatillas –dijo–. Dámelas.

Él acarició la sevillana que guardaba en el bolsillo. Miró a los dos que estaban con él. Uno era el negro García, un flaco sin muchas luces y bastante maricón. Al otro petiso no lo reconocíó, pero no parecía muy peligroso tampoco.

Amagó con sacarse las zapatillas y se le tiró encima, con la sevillana en la mano. Forcejearon un rato. Mientras lo hacían, Damián sintió que alguien le quitaba una zapatilla. Pateó dos o tres veces hacia atrás, pero no pudo evitar que le quitasen la otra también. Cuando levantó la vista, vio al petiso que no había reconocido escapándose por la calle de tierra, con las zapatillas en la mano. Después sintió el golpe en la cabeza y por un buen rato, fue lo último que vio.

El petiso era nuevo en el barrio. Se llamaba José y lo había conocido al gordo el día anterior. Le había prometido a la virgen que si la madre se curaba de una enfermedad, no volvería a robar. La vieja se había curado y ahí estaba él, después de una corrida larga, con las zapatillas robadas en la mano. Pensó en devolvérselas al dueño, pero descartó en seguida la posibilidad. Conocía poco al gordo, pero lo suficiente como para saber que si se enteraba, lo iba a matar. Tampoco podía dárselas a él, porque eso no lo volvería menos ladrón. Entonces se le ocurrió que si las vendía y le daba la plata al cura, la virgen lo iba a perdonar.

Me encaró en una calle arbolada. No había nadie alrededor. Esa tarde yo iba a la disquería, con veinte pesos en el bolsillo, pensando en el compact disc que me estaba por comprar.

-Te las vendo –dijo mostrándome el par de zapatillas.

-No tengo plata –dije.

-Lo que tengas, la puta que te parió.

Le di los veinte pesos. El tiró las zapatillas y se fue. En casa me las probé. Eran cómodas y me quedaban bien. Al día siguiente las llevé al colegio.

-Son como las de Ezequiel –dijo Hernán–. ¿Serán las mismas?
.
Me encogí de hombros.

-Yo qué mierda sé.

viernes 7 de noviembre de 2008

El juego de la copa

Hacía tiempo que le tenían ganas al juego de la copa, pero no encontraban la oportunidad o la dejaban pasar. Una noche los acompañé hasta el dormitorio de Hernán. Llevaban las letras y los números recortados y una copa de cristal. Las ordenaron en círculo, con la copa al revés en el centro. Después pusimos la mano encima de la base, apenas rozándola. Diego dijo:

-¿Hay alguien acá?

La copa no se movió. Hernán repitió la pregunta un rato después.

-¿Hay alguien acá?

Yo los miré a los tres. Tenían la cara oscurecida por el sol. Habían pasado la tarde en la pileta y viendo películas de terror, como casi todos los días del verano que se terminaba otra vez.

-¿Son ustedes? –dijo Eric–. La puta que los parió.

La copa se deslizó por la alfombra y se detuvo en frente del “Sí”.

-¿Quién sos? –preguntó Hernán.

La copa se volvió a mover. Esta vez dijo: “Yo”.

Por un rato, nadie habló.

-Preguntemos algo del futuro –dijo Diego.

-Preguntale si Caro te va a dar bola –dijo Eric.

-Andá a la mierda.

Eric se rió. Diego siguió puteándolo.

-Preguntale vos, si sos tan vivo –dijo.

-Lo que quieras.

Una sirena de ambulancia se acercó desde la calle, duró unos segundos y se alejó otra vez. Eric tragó saliva. Hernán levantó la vista. Su mirada me pasó de largo, apuntaba a los otros dos. Diego lo pensó un rato y al final, cuando ninguno lo esperaba, habló:

-Preguntale cuándo nos vamos a morir.

Extendimos los brazos. Hernán formuló la pregunta en voz alta. Después de uno, dos minutos, la copa empezó a moverse en dirección a los números que estaban a su alrededor.

Eric se levantó de un salto y encendió la luz. Yo me quedé un buen rato ahí, mirándolos. Después me fui.

jueves 6 de noviembre de 2008

Queen - Greatest Hits II


Las recopilaciones de grandes éxitos servían para iniciarse en una banda o un cantante, quedarse en la careteada de escuchar sólo los temas más conocidos, o despedirse de ellos para siempre. Yo me compré Greatest Hits II de Queen en 1992, poco tiempo después de la muerte de Freddie Mercury, y fue el comienzo de un breve pero intenso período de amor por la banda.

-Vos los escuchás ahora porque el tipo se murió –decía Diego.

De alguna manera, tenía razón. El año anterior Queen había editado Innuendo, su último disco de estudio. Las imágenes de un Freddie Mercury demacrado, pretencioso en algunos temas, y exageradamente introspectivo en otros, no me habían llamado la atención. Yo no sabía que Queen, más allá de sus altibajos, era una leyenda del rock. Me enteré después, con el Homenaje a Freddie Mercury que se organizó en Wembley ese mismo año, donde tocaron todas las figuras del momento: James Hetfield, los Guns N´Roses, Elton John. Hablaron en contra del SIDA, y al final inauguraron una fundación.

-Usá forro –me había dicho mi vieja cuando lo miramos por televisión.

-Dejame de joder –dije.

Mis temas preferidos en Greatest Hits II eran “Who wants to live forever”, “I want to break free” y “The show must go on”. Pero todos me gustaban, cada uno a su manera. Me molestaba que la gente les atribuyera un significado distinto, que no tenía nada que ver con la música en sí.

-Queen es de putos –me dijo Hernán un día en mi habitación. Era lo que faltaba. Nos quedamos tirados sobre la alfombra, escuchando el disco hasta el final:
.
It´s a hard life
To be true lovers together
To love and live forever in each others hearts
It´s a long hard fight
To learn to care for each other
To trust in one another right from the start
When you´re in love.

miércoles 5 de noviembre de 2008

El desocupado

Un día mi vieja me contó que al padre de Diego lo agarró la desocupación. Pobre Víctor, pensé. La última vez que lo había visto, una noche en que me quedé a dormir en su casa, había llegado de saco y corbata. Era empleado en alguna empresa multinacional. Se vestía todos los días igual, excepto los fines de semana, cuando se ponía bermudas o un pantalón de jogging, pero uno lo reconocía desde lejos porque usaba el mismo perfume de siempre. Yo lo imaginé destruido, pero la vez siguiente lo encontré riéndose mientras cortaba el pasto en el jardín.

-¿Cómo anda tu viejo? –le pregunté a Diego.

Él se encogió de hombros.

-Qué sé yo.

-¿Quieren helado? –dijo Víctor después de comer.

Diego se miró los pies. Al final pidió un kilo para los tres, porque la madre no comió. Después alguien llamó por teléfono:

-Sí –dijo él–, te agradezco… Estoy viendo un par de negocios, algo va a salir… No te preocupes, está todo bajo control.

Las vacaciones empezaron dos meses después. Las tardes eran largas y no había nada que hacer. Diego y yo nos encontrábamos para ir al cine o ver un video en casa de alguno de los dos. Vimos los Goonies, Batman Vuelve y otras más. Cuando íbamos a su casa, Víctor se quedaba viendo películas con nosotros. Cuenta Conmigo le gustó.

-Yo me acuerdo de cuando vi un cadáver por primera vez.

Se quedó pensando. Diego preguntó:

-¿Cómo fue?

-No importa –respondió él.

Después teníamos que devolver la película al videoclub.

-Los acompaño –dijo Víctor.

-No hace falta –dijo Diego sacudiendo la cabeza.

Pero vino igual.

A la noche hizo pizzas a la parrilla. Cenamos afuera. Había hecho calor durante el día, pero ahora soplaba un viento fresco que levantaba el perfume de los tilos y los pinos del jardín. También el de Victor, una mezcla de hierbas y de bosque que me inundaba la nariz.

En algún momento se habló de política. Marta, la mamá de Diego, se quejó. Él opinó que las transformaciones del gobierno estaban bien.

-El problema es la desocupación –dijo mientras removía las cenizas de la parrilla– . Hay mucha gente que no tiene qué comer.

Después se quedó mirando la luna. Nosotros nos fuimos a dormir. Diego estaba más callado que nunca.

-Tu viejo es un capo –dije.

Él suspiró.

martes 4 de noviembre de 2008

El BBS

En 1994 mi computadora era algo muerto. Sí, había algo de vida en el Maniac Mansion. Pero era el producto de una serie de algoritmos matemáticos, como un Frankenstein demasiado ligado a su vida artificial.

Los BBS (Bulletin Board System) fueron la prehistoria de Internet. Básicamente, una pc con un software a la cual uno se conectaba por vía telefónica. Una vez ahí, uno podía descargarse programas shareware, desgrabaciones de los programas de Dolina, cuentos digitalizados, e intercambiar mensajería en redes como Fidonet, Southnet, Econet y algunas más.

Me enteré de su existencia a través de una nota en la revista de Clarín. Uno de los entrevistados era Federico Pilo Firpo, dueño –o SysOp, que venía a ser lo mismo– de Macondo, un BBS dedicado la divulgación literaria. Pero también habían otros, con distinta orientación: Antares, Carreteras del Viento, Los Pinos II, New Age, el de la Biblioteca Nacional y el del suplemento Lo Nuevo de Clarín, que incluía además un rudimentario chat con el resto de los usuarios online.

Algunos BBS cobraban por el acceso. Estaban las 24 horas disponibles y tenían una gran cantidad de información. Pero la gran mayoría era amateur. Esto implicaba que funcionaban solamente durante algunas horas a la noche, cuando estaba despejada la línea telefónica en la casa del operador. Los datos de los números a los cuales llamar circulaban en una lista que se distribuía en las redes de mensajería y en los propios BBS. Ese año, había más de cien en Buenos Aires y Capital Federal.

El mío fue uno más. Se llamaba La Revista BBS, básicamente porque no se me ocurría un nombre mejor. Tardé unas semanas en aprender a configurar los programas. En la sección de archivos, colgué algunos textos bajados de otros BBS –especialmente deMacondo–, y algunos que yo mismo me ocupaba de transcribir en .txt. Cuentos de Galeano, poemas de Juan Gelman y de Mario Benedetti, que no me gustaban pero siempre había alguien dispuesto a descargar. También había colgado una nota, copiada de Página/12, sobre la represión policial.

Funcionaba desde las once hasta las siete de la mañana. Durante ese lapso, yo desconectaba el teléfono para que no sonara en medio de la madrugada. A veces recibía cuatro o cinco visitas por noche. Otras veces, nada. Era cómico –y un poco inquietante– ver cómo las letras se escribían solas en el monitor de mi pc. Una vez me dejaron un mensaje, en relación a la nota que yo había copiado sobre la represión policial: “La mano viene dura, tené cuidado”.

Después de un par de semanas me cansé. Pensé en la posibilidad de dar de baja el BBS. Tenía muy pocos usuarios y casi todos eran amigos, así que nadie lo hubiera lamentado. Hasta que una noche recibí un mensaje que decía: “Me encanta Mario Benedetti. Voy a pasar más seguido por acá”. Lo firmaba una tal Laura, de dieciséis. Le respondí que muchas gracias y que la vez siguiente, si tenía ganas, eligiera la opción “Chatear con el SysOp”.

Volvió a la semana siguiente. Chateamos un buen rato. Me dejó su teléfono. Después de unos días, la llamé.

-Podríamos vernos -dije.

Ella dijo que sí.

Vivía en San Justo. Nos encontramos en Lavalle y Florida un sábado al mediodía, dos semanas después. Yo había inventado una coartada para evitar las preguntas de mi vieja. Supongo que ella había hecho algo similar. Fuimos al McDonald´s y después a ver una película con Juliette Binoche. Hablamos poco, por vergüenza o incomodidad. Nos despedimos a las seis.

-La pasé bien –le dije a Hernán después.

Laura se siguió conectando al BBS por unas semanas más. A veces chateábamos, otras veces nos dejábamos mensajes. Algunas noches no me escribía nada. Yo miraba los nombres de los archivos que se descargaba. “No te salves.txt” y “Corazón coraza.txt”. Después dejó de aparecer.

lunes 3 de noviembre de 2008

Objeto de la semana: el minicomponente Aiwa


A su hijo no le gustaban las verduras. Todas las verduras: no importaba cuál. Hasta el año anterior, comía cualquier cosa que ella le daba. Pero desde que empezó la rebeldía, comer o no comer ensalada era el tema de discusión eterno a la hora de cenar. “La adolescencia los vuelve tarados”, le había dicho a una amiga unos días atrás.

Esa noche la señora G. estaba en guardia, esperando la réplica, pero Eric limpió el plato sin decir una palabra. Lejos de tranquilizarla, eso la inquietó. Por un momento, se reprochó a sí misma la falta de confianza en su hijo. Luego creyó entender el motivo de su repentina madurez.

-No salen caros –dijo él.

-¿Qué cosa?

-Los minicomponentes.

Que a Eric le gustaba la música, no era ninguna novedad. Había arrancado unos años atrás, con el tocadiscos Philips de su marido, donde los discos de los Beatles giraban sin parar. A ella le hacían acordar a un novio adolescente, con el que había perdido la virginidad. Más adelante, Eric tuvo un romance con la casettera, donde John y Paul se transformaron en los Pet Shop Boys y en la cantante de Roxette. A la señora G. esa música no le desagradaba, pero como carecía de evocaciones, la mayoría de las veces le resultaba indiferente. Y otras veces pensaba que dentro de unos años, esas canciones le traerían recuerdos de la primera adolescencia de Eric, pero también de su agotamiento y de su reciente viudez.

La señora G. se reclinó sobre el respaldo de la silla. Suspiró. Ya sabía lo que venía a continuación. Eric fue hasta su cuarto y volvió con el folleto de una casa de electrodomésticos. Le señaló la foto de un equipo de música.

-Viene con control remoto –dijo–. 400 watts de potencia, que es un montón. Doble casettera, radio, compact disc. Lo podés sacar hasta en 24 cuotas sin interés. Y además es una buena marca. A Rodrigo le compraron uno igual.

Ella lo miró en detalle unos segundos. El aparato le causó una impresión similar que su primer televisor a colores, que había comprado unos años atrás. Algo lujoso y sofisticado, cuyo funcionamiento ella nunca terminaba de entender. Pero no quería endeudadarse, así que la respuesta fue “no”. Eric dijo:

-Está bien.

Y se puso a mirar televisión.

En las semanas siguientes, el comportamiento de su hijo siguió modificándose. Ya no protestaba por las comidas, ni se quedaba hasta tan tarde mirando televisión. Las peleas con su hermana se habían vuelto menos frecuentes. Pasaba largas horas en el baño y la mayoría de las veces, la única manera de saber que estaba en casa era por la música que salía de su dormitorio, donde se encerraba con el radiograbador.

-Está más reflexivo –le había confirmado una profesora en la reunión de padres–, más tranquilo en general.

Un día le aumentaron el sueldo. En general no hablaba de esas cosas con Eric, porque tenía la sensación de que a los chicos había que mantenerlos alejados de las cuestiones de plata, pero esa vez se lo contó. Se estaba transformando en un adulto, y además ella estaba contenta y no le salía ocultárselo.

-Te felicito –dijo él y la abrazó.

Después de cenar, apareció con el folleto de la casa de electrodomésticos otra vez.

-Lo bajaron de precio –dijo–. Mirá.

Estaba dentro de sus posibilidades. Pero Eric la miraba fijo, con el mismo gesto de su marido, mordiéndose el labio inferior. La señora G. se estremeció. Se le había venido a la mente la imagen de un tiburón listo para atacar. No sabía si tenía en frente a su hijo, el mismo de siempre, o a un psicópata de recursos muy refinados que ahora ocupaba su lugar.

-Dejámelo pensar –respondió con cautela.

Ese fin de semana pasaron una tarde en lo de Cecilia, una amiga de la señora G. que tenía una casa con pileta y quincho donde sobrevivían los domingos de calor. Pablo, el hijo de Cecilia, era dos años más grande que Eric y algo así como un primo mayor. A ella le gustaba que tuvieran esa relación. Ese día se sorprendió de que, en lugar de meterse en la pileta como siempre, se encerraran en el dormitorio de Pablo toda la tarde.

-Es que le compramos un minicomponente –dijo Cecilia.

Al día siguiente, lo llevó a Eric a la casa de electrodomésticos. Él la agarró de la mano durante todo el trayecto. El Aiwa era el más barato, así que lo compró. Lo entregaron esa misma tarde. Eric se metió en su cuarto. La señora G. lo escuchaba mientras preparaba la cena. Su música se había vuelto más ruidosa, menos elemental. Más difícil de recordar, pensó ella con resignación.

domingo 2 de noviembre de 2008

Recordatorio

Supongo que soy el único colgado que fue el miércoles pasado pensando que era ese día, pero de no ser así, acá va una vez más: