
A su hijo no le gustaban las verduras. Todas las verduras: no importaba cuál. Hasta el año anterior, comía cualquier cosa que ella le daba. Pero desde que empezó la rebeldía, comer o no comer ensalada era el tema de discusión eterno a la hora de cenar. “La adolescencia los vuelve tarados”, le había dicho a una amiga unos días atrás.
Esa noche la señora G. estaba en guardia, esperando la réplica, pero Eric limpió el plato sin decir una palabra. Lejos de tranquilizarla, eso la inquietó. Por un momento, se reprochó a sí misma la falta de confianza en su hijo. Luego creyó entender el motivo de su repentina madurez.
-No salen caros –dijo él.
-¿Qué cosa?
-Los minicomponentes.
Que a Eric le gustaba la música, no era ninguna novedad. Había arrancado unos años atrás, con el tocadiscos Philips de su marido, donde los discos de los Beatles giraban sin parar. A ella le hacían acordar a un novio adolescente, con el que había perdido la virginidad. Más adelante, Eric tuvo un romance con la casettera, donde John y Paul se transformaron en los Pet Shop Boys y en la cantante de Roxette. A la señora G. esa música no le desagradaba, pero como carecía de evocaciones, la mayoría de las veces le resultaba indiferente. Y otras veces pensaba que dentro de unos años, esas canciones le traerían recuerdos de la primera adolescencia de Eric, pero también de su agotamiento y de su reciente viudez.
La señora G. se reclinó sobre el respaldo de la silla. Suspiró. Ya sabía lo que venía a continuación. Eric fue hasta su cuarto y volvió con el folleto de una casa de electrodomésticos. Le señaló la foto de un equipo de música.
-Viene con control remoto –dijo–. 400 watts de potencia, que es un montón. Doble casettera, radio, compact disc. Lo podés sacar hasta en 24 cuotas sin interés. Y además es una buena marca. A Rodrigo le compraron uno igual.
Ella lo miró en detalle unos segundos. El aparato le causó una impresión similar que su primer televisor a colores, que había comprado unos años atrás. Algo lujoso y sofisticado, cuyo funcionamiento ella nunca terminaba de entender. Pero no quería endeudadarse, así que la respuesta fue “no”. Eric dijo:
-Está bien.
Y se puso a mirar televisión.
En las semanas siguientes, el comportamiento de su hijo siguió modificándose. Ya no protestaba por las comidas, ni se quedaba hasta tan tarde mirando televisión. Las peleas con su hermana se habían vuelto menos frecuentes. Pasaba largas horas en el baño y la mayoría de las veces, la única manera de saber que estaba en casa era por la música que salía de su dormitorio, donde se encerraba con el radiograbador.
-Está más reflexivo –le había confirmado una profesora en la reunión de padres–, más tranquilo en general.
Un día le aumentaron el sueldo. En general no hablaba de esas cosas con Eric, porque tenía la sensación de que a los chicos había que mantenerlos alejados de las cuestiones de plata, pero esa vez se lo contó. Se estaba transformando en un adulto, y además ella estaba contenta y no le salía ocultárselo.
-Te felicito –dijo él y la abrazó.
Después de cenar, apareció con el folleto de la casa de electrodomésticos otra vez.
-Lo bajaron de precio –dijo–. Mirá.
Estaba dentro de sus posibilidades. Pero Eric la miraba fijo, con el mismo gesto de su marido, mordiéndose el labio inferior. La señora G. se estremeció. Se le había venido a la mente la imagen de un tiburón listo para atacar. No sabía si tenía en frente a su hijo, el mismo de siempre, o a un psicópata de recursos muy refinados que ahora ocupaba su lugar.
-Dejámelo pensar –respondió con cautela.
Ese fin de semana pasaron una tarde en lo de Cecilia, una amiga de la señora G. que tenía una casa con pileta y quincho donde sobrevivían los domingos de calor. Pablo, el hijo de Cecilia, era dos años más grande que Eric y algo así como un primo mayor. A ella le gustaba que tuvieran esa relación. Ese día se sorprendió de que, en lugar de meterse en la pileta como siempre, se encerraran en el dormitorio de Pablo toda la tarde.
-Es que le compramos un minicomponente –dijo Cecilia.
Al día siguiente, lo llevó a Eric a la casa de electrodomésticos. Él la agarró de la mano durante todo el trayecto. El Aiwa era el más barato, así que lo compró. Lo entregaron esa misma tarde. Eric se metió en su cuarto. La señora G. lo escuchaba mientras preparaba la cena. Su música se había vuelto más ruidosa, menos elemental. Más difícil de recordar, pensó ella con resignación.