La columna de Ava Gardner
(Viene de acá)
Los tres le pusimos un poco de onda y llegamos hasta la orilla, a la rastra. Parecíamos los soldados que en cuanto desembarcaron fueron acribillados.
Pero en cuanto me incorporé, y ví... pensé:
-Valió la pena...
Anguila era un paraíso.
Al rato, el francés con la cara blanca por el bronceador mal esparcido y la californiana (junto con otra gente que estaba allí, en la isla) prepararon un almuerzo para todos, metieron unos caballetes y tablas, y banquitos.
Comí como una cerda (a la gente - generalmente - no le gusta comer después de vomitar, pero a mi me da hambre, no sé porqué...). Había pollo con miel y un arroz con especias delicioso. Tomé Coca Cola para que me levante la presión. Al rato me sentía muchísimo mejor, perfecta diría. Madre y hermana no quisieron comer (por el contrario, ellas son las que se descomponen y no pueden ni oler algo).
Mi hermana se fue - ES UNA INCONCIENTE - a hacer snorkel. Yo decidí hacer lo mismo, pero no fuimos juntas. Ella estaba molesta.
Una vez en el mar, me acerqué a un coral no muy alejado de la playa, pero era un trecho. Mi cuerpo todavía estaba débil... el problema es que me dí cuenta una vez en el coral. Encima no había un puto pez.
Me quité la luneta de los ojos, y me la dejé como vincha... y me pesaban las patas de rana. El snorkel en la mano. Lo quería tirar a la mierda.
Por suerte, el mar por esos lares parece una pileta, no hay olas que te puedan voltear, pero sí hay corriente. Estaba demasiado cerca del coral, quería alejarme pero la corriente me tiraba más y más. De repente, mi rodilla golpeó contra el mismo. Sentí el típico ardor que siente cualquiera cuando se raspa, y empecé a nadar con más fuerza para alejarme. Me empecé a preocupar porque me estaba cansando otra vez. Y seguía medio atrapada en el coral. Me puse el snorkel en la boca de nuevo.
De repente, percibí un movimiento cerca mío que chapoteaba fuerte... me pegue tremendo cagazo, pero enseguida noté que me extendían una mano. Un brazo. Dos brazos que me tomaron por los hombros, con pudor, luego la cintura con más precisión. Y me empezaron a acompañar hasta la orilla. Era el francés al que le había echado el ojo en el barco. Me arranqué el snorkel de la boca.
Se me había dibujado la sonrisa en la última parte del trayecto. Él nadaba y cargaba conmigo... y yo sonreía (maquinando que podría hacerme la desmayada para que me hiciera respiración boca a boca, pero al final no lo hice) e intentaba arreglarme, me saqué la luneta de la cabeza y malabareaba con esta y el snorkel. Pensaba que "menos mal que me puse la bikini salmón, que con el bronceado me queda divina".
Con el agua por la cintura, comenzamos a caminar. A los dos nos costaba porque teníamos las patas de rana, él se reía, asumo que por nuestro caminar pingüinesco. En ese momento, me pareció que era unos años mayor que yo - con mis dulces 16. Me susurró algo en francés. Estaba por lanzar un "¿¿eehh??" bien argento, pero la dama en apuros que hay en mí pudo más y pregunté:
- ¿What? -con voz bajita y mirándolo con los ojitos achinados por el sol.
-Oh, not fgench... Ag iu okeii??
-Yes, thank you -y ese "thank you" fue acompañado por una mano mía sobre su hombro. Ahí si salió, la argentina toquetona.
Ya estábamos en la orilla, yo lo seguía mirando como una tarada.
Él también, hasta que bajó la vista... y abrió grandes los ojos. Me miró nuevamente y señaló hacia mi rodilla.
Bajé la mirada y ...
-¡LA PUTA MADRE! - la dama se fue al carajo, claramente.
Tenía la pierna ensangrentada desde la rodilla hasta el pie. Y me acordé del golpe contra el coral.
El francés - nunca supe su nombre - me acompañó hasta donde estaba el otro francés de cara blanca. Hablaron en su idioma, el pibe le comentó lo que había pasado -quiero suponer.
Me sentaron y me curaron la herida con varias cosas. La californiana me comentó que - como había pasado un huracán 15 días antes de que llegásemos - había muchos gérmenes dando vuelta y que a cada ratito me tenía que desinfectar.
Esta vez, volví en el gomón hasta el barco, con madre y hermana, que se sentían como el culo. Padre, nadaba.
Me subió al barco el francés cara blanca a cocochio, a caballito... para que no me mojara la venda. Todos aplaudieron, un papelón.
Me quedé en la proa del barco, sola, con la gamba estirada. No quise ir donde mi familia ni los argentinos... madre y hermana estaban vomitando, por supuesto, los otros argentinos también, menos mi padre (que entre mi pierna machucada y los otros vomitando, estuvo cagado de risa el resto del viaje).
Había una pareja de franceses con un pedo tal, que creí que se iban a caer sobre la barandilla, y al agua...
De repente, apareció el francesito. Me señaló la pierna y asentía con la cabeza... le costaba comunicarse. Era muy lindo, pero parecía un tarambana.
Apareció la californiana con el botiquín, rompiendo el encanto. Me tenía que desinfectar de nuevo. El francesito se retiró, silbando bajito. Y se me clavó durante todo el viaje su compatriota cara blanca por el bronceador mal esparcido, hablándome MIERDA durante todo el trayecto de MIERDA, porque yo no le entendía una MIERDA por su acento de MIERDA.
Ah, pero la Isla Anguila era preciosa...
Cuando digo que soy propensa a los accidentes, es porque lo soy.




7 comentarios:
Qué vacaciones te mandaste eh?
Buenísima la historia... venía con todo y de repente... ay!! Ese coral!
JAJAJ!!, la mina se estaba re muriendo y piensa "menos mal que me puse la bikini salmón, que con el bronceado me queda divina"!!!
Ava, no paro de reírme, jajaja!!!
que malchance a mademoiselle!!!
Un beso enorme!
LA PUTA MADRE! jajajajaja, me siento identificada, a mi tambien me cuesta mantener la lady mucho tiempo :)
no no, no te puedo explicar cómo me reí!!!
parece que siempre damos espectáculos los argentos en barco.
muy bueno, casi casi.. eh?
propensa a los accidentes
conozco a varios así
tremendo, encima me quedó una marquita en la rodilla, tipo quemadura, por varios años.
Recién hace uno o dos que me desapareció,
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