sábado 31 de enero de 2009

Paranoia en el Cinemark

La columna de Tefi

La tele de repente se había vuelto mediática, aparecían ciertas mujeres jóvenes echándose culpas, insultándose en el renombrado "Caso Cóppola". ¿Y Guillote? Bien, gracias. Era mejor ir al cine...

Unos meses después de esta explosión en los medios y del tema "Samantha" de Machito Ponce, abrieron las salas del 
Cinemark de Puerto Madero.

Durante ese año, esos eran "los cines de cabecera" a los que íbamos con mis amigos.
Fui con un par de ellos a ver la película "Scream, Vigila Quien Llama". Si mal no recuerdo, era apta para mayores de 16, y no teníamos 16. Pero entramos igual.
 
Estas salas eran impecables e ideales para este tipo de películas "pochocleras". Justamente porque vendían los pochoclos salados que a mi me gustaban y la coca en un vaso enorme, así, igual que en las películas yankis (porque después de esos pochoclos salados necesitabas hidratarte bastante).

Realmente, era un degenerado shopping de cines.

Cuando comenzó la película apareció Drew Barrymore (o debería decir "reapareció" tras una prolongada lejanía del mundo Hollywoodense) y se murió enseguida...

Recordé aquellas películas que veía cuando era chiquita: Martes 13, Pesadilla y toooodas las secuelas que tuvieron.

Esto era igual de berreta, pero ni siquiera causaba miedo.

Después aparece Neve Campbell que era conocida por la serie "Cuenta Conmigo", la de los 5 hermanos, creo que eran 5... eran un montón... (si, claro que eran 5, en inglés la serie se llamaba "Party of Five) y me acuerdo que a mí me gustaba Scott.

Al breve rato de comenzada la película me estaba haciendo pis... sí, después de 3 litros de coca en semejante vaso.

Y contra todo tipo de voluntad, levanté mi osamenta de la butaca y fui al baño. Mientras salía de la sala, refunfuñaba porque si hay algo que no me gusta es ir al cine y perderme una parte de la película... 

En ese momento por mi cabeza rondaba la idea de que "justo en la parte que no iba a ver" se develaría cierta incógnita "solo para aquellos entendidos" para descifrar al asesino... y yo era una entendida! Estaba en la etapa esa en la que mirás películas para buscarle errores, y cuando te preguntaban "de qué se trata" te quedabas en alfa. Quería ser directora de cine.

El baño estaba vacío, tenía todos los baños individuales. Ingresé en uno de las puntas (siempre prefiero los que están en una punta u otra, no sé porque).

Me sentía una especie de "espía" cuando entraba a los baños públicos, y todavía me sigue pasando. Como que estoy a la espectativa de que algo extraño va a acontecer, y Jon Voight puede aparecer proyectado en la puerta y darme una misión imposible.

De repente sentí un ruido, como una tapa de inodoro golpeando fuertemente. Era extraño, se suponía que no había nadie más allí. Provenía de otro de los baños individuales. En cuanto salgo, no se escuchaba absolutamente nada. Miró hacia abajo, buscando piecitos... y nada.

Me lavo las manos, un tanto perseguida y salgo prácticamente corriendo. Esa sensación que ADORO... quién sabe, podía ser Tom Cruise el que apareciera.

Una vez en la butaca, pasaron algunos minutos y Neve Campbell ingresa a los baños de la escuela, y escucha ruidos!!!  y mira por debajo de las puertas!! 

y mi cara se iba transformando... 

y casi de reflejo, miré hacia atras... 

Y en la pantalla, aparecen unos pies con zapatos negros que - evidentemente - estaban arriba del inodoro... cuya tapa - obviamente - estaría cerrada (si, por mi mente juro que pasó esa deducción).

...miré hacia atrás nuevamente.

...los pies eran los del asesino que sale del baño con su traje y el cuchillo a cuestas... Neve 

Campbell grita, obvio, ¿qué iba a hacer?

Salimos todos de la sala, riendo un poco. Todos se dirigían a los respectivos baños. Después nos íbamos a comer. 

Yo me estaba haciendo pis de nuevo, pero no quise entrar al baño... así que le dije a una amiga: "Estos van a estar llenos de gente... cuando vayamos a comer voy...". 

Y pensaba... "La próxima me quedo en casa viendo como Samantha y Natalia se agarran de las 
mechas".

Malditos cines imperialistas....

viernes 30 de enero de 2009

Lo bizarro

-Mirá ese perro –dijo Diego en la terminal.

Era un labrador viejo, casi pelado. Le habían puesto una remera de Superman, sucia y rota, como vestimenta. Yo me reí un poco. Él se moría a carcajadas.

-No es para tanto –dije.

Pero sus ojos estaban en otra parte. Entonces me di cuenta. Le hablaba a Vero, no a mí.

Yo conocía esa risa. Entre principios y mediados de los noventa, ya desde mis primeras escapadas de Ballester, noté que la gente se reía en voz alta en el cine. Eso no tenía nada de raro. Lo que me llamaba la atención era que lo hicieran en escenas que habitualmente yo no consideraba graciosas. En las películas de ciencia ficción, por ejemplo, cuando el héroe ejecutaba una pirueta inverosímil pero vital para la trama. Yo me indignaba o me dejaba llevar, pero no le encontraba la gracia. A Diego le pasaba todo lo contrario. Una de las razones por las que nos habíamos hechos amigos en primer año era nuestra raíz cinematográfica común: los sábados de super acción, de canal 11, donde habíamos visto películas como Reptilicus, El día de los trífidos y La mancha voraz. Películas que a mí, en su momento, me habían asustado y ahora me producían nostalgia. A Diego le causaban gracia. Era un terreno de nuestra amistad donde yo no participaba del todo, esas cosas que nos hacían diferentes y se profundizaban a medida que pasaba el tiempo.

Nos subimos al primer micro que salía. El destino era Carhué. Un pueblito al sur de la provincia de Buenos Aires, que se había inundado un tiempo atrás. Diego lo conocía por la película El Viaje, que había visto por cable unos meses antes de viajar a Pinamar.

-Es una mierda –dijo.

Hernán nos despidió en la terminal, con la promesa de alcanzarnos dos días más tarde. Yo me senté al lado de Vero. Diego, un asiento más adelante, se quedó dormido unos minutos después. Los médanos se iban deshaciendo al otro lado de la ventanilla.

-¿Estás bien? –le pregunté a Vero.

Ella asintió.

-No hablamos nada.

-No quiero hablar.

Se acomodó en el asiento, de espaldas a mí.

Diego roncaba adelante. Algunas personas se daban vuelta para mirarlo. Me acordé de cuando Hernán y yo le decíamos que, durmiendo, parecía el monstruo de un episodio de la película Creepshow. Aunque no era nada benevolente, a él le encantó la comparación. Tenía cosas que yo no podía entender.

-Quiero decirte algo –le dije a Vero.

-¿Qué?

-Perdoname por lo que pasó.

No dijo nada.

-¿Cómo lo adivinaste? –pregunté.

El micro ronroneaba en la ruta. Diego había dejado de roncar. Me lo imaginé despierto, en el otro asiento, escuchando. Vero me miró por primera vez desde que empezamos a hablar.

-¿Querés que te diga? –dijo.

Con cuidado, asentí.

Ella señaló el asiento de adelante.

-Él me contó.

jueves 29 de enero de 2009

Tarjetas de crédito


Fuimos a comprar los pasajes al día siguiente. Como lo había previsto, Diego vino con nosotros. Hernán quería estar una noche más con Silvia, así que quedó en alcanzarnos dos días más tarde, en la terminal de Miramar. Pensamos en ese destino porque era el más cercano y aunque a él no le importaba, nos parecía un abuso estar viviendo de sus tarjetas de crédito. Tenía extensiones de Visa, American Express y Mastercard. La American era platino, la Visa dorada. Hernán las guardaba en una billetera negra, sucia y deshilachada, y las sacaba siempre que hacían falta.

-Miramar es un bajón –dijo al llegar a la boletería–. Estoy cansado de la playa. Vamos a otro lado.

-¿Y adónde?

Recorrimos las boleterías una por una. Los destinos eran de los más variados, al norte y al sur del país.

-El problema es la plata –dijo Vero.

-Mi viejo ni controla los resúmenes –insistió Hernán.

Algo de efectivo había, pero no era suficiente.

-Si pagamos todo con tarjeta nos van a encontrar –suspiró Vero.

Diego, Hernán y yo nos miramos. A ninguno se le había ocurrido. La plata en billete era algo anónimo. Con tarjeta, cualquier compra quedaría registrada a nombre del padre de Hernán.

-¿Y qué importa? –pregunté.

-A mí sí me importa.

Enfrente de la terminal de Mar del Plata había un restaurant con cortinas y manteles blancos hasta el suelo. Hernán nos invitó a comer antes de tomar alguna decisión. El mozo nos miró con distancia, mientras le decía algo al cajero detrás de la barra. Estábamos sucios, desaliñados y teníamos mal olor. Se acercó a nosotros con determinación. Hernán lo atajó antes de que empezara a hablar.

-¿American platino, aceptás?

El mozo asintió, escéptico. Recién cuando Hernán sacó su tarjeta, sus labios esbozaron un renuente “sí, señor”.

Pedimos milanesas con papas fritas para todo el mundo. Mientras tanto, Vero explicó sus razones en contra del pago con tarjeta. Si alguien nos buscaba, la primera estrategia para hacerlo era a través de los gastos que hubiéramos realizado.

-Y ahí salta todo en seguida –dijo.

Diego insistió:

-¿Qué tiene de malo?

A mí no me hizo falta la explicación. De a poco, iba entendiendo adónde apuntaba. En los barcos, se llama línea de flotación al nivel que divide la parte que se encuentra arriba y abajo del agua. Para Vero, mientras hubiera manera de ubicarnos, estábamos por encima de la línea de flotación. A la vista, de alguna manera. Como durante toda nuestra vida de adolescentes. Siempre, o casi siempre, había un adulto que sabía dónde estábamos o dónde nos podía buscar. Incluso en las peores circunstancias, alguien sabía que otro sabía dónde encontrarnos.

Debajo de la línea de flotación, es otra cosa. Ahí abajo, no se sabe. Y la tarjeta de crédito era nuestro último ancla.

Hernán suspiró.

-Puedo sacar plata de un cajero –dijo al final.

-Genial –dijo Vero.

-¿Y adónde vamos? –dijo Diego.
.
Me pateó debajo de la mesa. Estaba temblando.

miércoles 28 de enero de 2009

Luis Miguel



Por Directora de Orquesta

En los 80’ Luis Miguel era un niño prodigio que vestía unos pantalones de cuero rojo y cantaba en el programa de Mateyko. Y mi mamá no me dejaba escucharlo porque lo consideraba un atentado al buen gusto.

Pero sorprendentemente, en los noventa, y gracias a una inmensa campaña de marketing y a un disco de boleros, Luis Miguel pasó a ser socialmente aceptable.

Es más, si vivías en 1991 y eras una chica con hormonas desordenadas, tenías que tener “Romance” en tu colección de cds. Yo no fui una excepción.

Me compraba la “Tu” y despegaba los posters con cuidado del centro de la revista, para después otorgarles un lugar de privilegio detrás de la puerta de mi habitación.

Antes de acostarme le dedicaba mis oraciones y me dormía bajo la atenta mirada de Luismi, que me cuidaba vestido de aviador y con un peinado lleno de spray.

En octubre del 91’ vino a Buenos Aires a dar un recital y se hospedó en el Sheraton.

Guille, el mejor amigo de mi papá es músico. Y en los noventa, era bajista de una banda que tocaba todas las noches en la boite del Sheraton. Así que le pedí que me lleve a conocerlo o como mínimo, que me consiguiera un autógrafo especial para mí.

A la mañana siguiente, Guille apareció con una servilleta del salóm Ombú del Sheraton. Borroneado, pero absolutamente legible, y en hermosos y prolijos trazos, podía leerse

“Para la Directora, con todo mi amor.
Luis Miguel”


Llegué al colegio en éxtasis. Pegué el autógrafo en la agenda, y por unos días fui la Reina de Cuarto Año. Mi índice de popularidad alcanzó niveles altísimos.

-Claro, y me contó Guille que él le preguntó por mí. Y le dijo que era su fan número uno. ¿Viste? Lo escribió con mi nombre. ¿Y viste que ahí dice “Sheraton”?

-Qué guacha, me muero de envidia

- Y bueno, capaz me lleva a conocerlo. Tengo que preguntar en casa si me dejan ir.

Hasta que tres días después, mi papá y Guille, muertos de risa, me confesaron que el autógrafo era trucho. Lo habían hecho los dos en una servilleta manchada de gin tonic, con una birome BIC mordida en la punta.

No me causó ni un poco de gracia. Rompí la servilleta en millones de pedacitos y me atraganté con la bronca.

-Dire, me prestás el autógrafo de Luismi, que se lo quiero mostrar a mi hermana?

-¿El autógrafo de quién?

-De Luismi.

- Ah, no… Lo tiré. Luismi ya fue, boluda. Ahora me compré un CD de Nirvana.

Runaway train

-No pienso volver a casa –dijo Vero.

Estaba sentada sobre un tronco, a un costado de nuestra carpa. Hernán se había ido con Silvia y Diego miraba las estrellas desde el borde de un acantilado. Yo estaba arrodillado en el suelo. Tenía la sensación de que si me sentaba al lado de Vero, ella se iba a correr. Me sentía un extraño o mejor dicho, ella era una extraña. Y no sólo por el cambio en su aspecto físico. Había algo más. Estaba distante desde esa tarde, cuando nos escapamos del campamento de los artesanos. Diferente. Como si una sola idea la obsesionara.

-¿Es por mí? –pregunté.

Negó con la cabeza.

-¿Es por tus viejos?

Volvió a negarlo, aunque con menos convicción.

-¿Qué te pasa entonces?

Me miró. Tenía los ojos vidriosos, a punto de llorar.

-No sé –dijo.

Antes, a la gente que desaparecía la mostraban en esos avisos de televisión que empezaban diciendo “un llamado a la solidaridad”. Otra palabra clave era “paradero”. Ni siquiera buscaban al que había desaparecido. “Se buscan personas que puedan informar acerca del paradero de...”. Entonces salía en pantalla una foto inverosímil, tomada del DNI, y un locutor anunciaba que tal persona había desaparecido tal día en determinado lugar. Más adelante, después de las privatizaciones, los retratos empezaron a aparecer en las boletas de luz y de gas. Una o dos fotos chicas, en general en blanco y negro, que mostraban un rostro triste o que sonreía, pero en general triste, porque uno sólo podía verlo de esa manera aunque estuviera sonriendo. Algunos eran ancianos, aunque últimamente se veían cada vez más chicos y adolescentes. En la mayoría de los casos hacía meses, incluso años, que faltaban de la casa. A veces el diario o la tele informaban acerca de alguna aparición. Chicos que se escapaban y eran encontrados en alguna provincia del interior, sometidos en prostíbulos o viviendo en la calle, sin ganas de volver.

Me resultaba difícil, casi imposible, unir sus imágenes con la de Vero. Y sin embargo, se estaban pareciendo.

-¿Y qué pensás hacer?

-Irme –dijo–. Qué sé yo.

En un flash, se me cruzó la imagen de Vero impresa en la boleta de luz. Una foto del DNI, bastante reciente, pero diferente a su aspecto actual. Nunca la iban a encontrar.

Diego volvía desde el acantilado. Silbaba bajito. Tenía las manos en los bolsillos del pantalón. Pensé que él también vendría, al menos por un rato. Hernán era más difícil de convencer.

Vero se acostó sobre el tronco.

-Voy con vos –dije.

Y ella sonrió.



Soul Asylum - Runaway Train
Cargado por Tinie

martes 27 de enero de 2009

El duelo (2/2)

Era el momento de decirle algo. “Vero, no te olvides de lo nuestro”. O mejor: “Yo te amo”. Pero sólo se me cruzaban estupideces por la cabeza.

Al final no dije nada.

Me quedé ahí, parado entre los dos.

-Pero eso sí –dijo Tupac–. Se terminaron las artesanías. La promesa de los viajes. Todo, se terminó.

Le hablaba como un padre enojado. Yo nunca le hablaba así. Más bien me resignaba a que ella me retase, como si ese fuera mi lugar natural de la relación. Nunca lo hacía en presencia de otra gente, eso sí. Fue algo que se dio de a poco, cuando empezamos a salir. Al principio eran quejas solamente, dichas en voz baja, cuando salíamos de un lugar. “Por qué dijiste tal cosa”. Después, el tema del pelo. A Vero no le gustaba que yo me tocase el pelo todo el tiempo. Un amigo me había dicho: “Parecés un maricón”. Ella, con un poco más de tacto pero con igual firmeza, me hacía gestos desde el otro lado de la mesa, cuando estábamos en alguna reunión. A veces yo le hacía caso, a veces no. Cuando no lo hacía, sabía que venía una discusión después.

Ma sí, pensé. Que se quede con Tupac.

Si total había más mujeres en el mundo.

No estaban muertas por mí, pero si Laura y la propia Vero me habían dado bola, eso quería decir que podía intentarlo con alguna más.

Unos chicos gritaron detrás mío. Eran los únicos que se movían en el campamento. Seguían persiguiéndolo a Reinaldo, que se escapaba como de la policía, con bombas de agua y barro húmedo en las manos.

Vero ni se movió. Me estaba mirando. El sol le caía sobre la cara. Entrecerraba los ojos, molesta por la luz. Siempre lo hacía. Decía que no le gustaba el sol, como a los vampiros. Igual que yo.

Entonces me acordé de la vez que salimos de un boliche. Habíamos ido con un grupo de amigos. Durante la conversación, yo había dicho algo acerca de una chica que bailaba sobre un parlante. Vero se mantuvo callada. Más tarde, cuando estábamos solos, me preguntó por qué había dicho eso. Sus celos me gustaban. Casi tanto como cuando me retaba porque me tocaba el pelo. Me hacía gestos desde el otro lado de la mesa, cuando estábamos en una reunión. A mí me gustaba no hacerle caso, sólo para ver cómo reaccionaba.

Tupac abrió los brazos. Era el momento de tirarme encima de él. Di un paso en su dirección, uno solo, y entonces pasó.

Reinaldo me empujó a un costado. Venía corriendo, mirando hacia atrás, y se llevó puesto a Tupac, que cayó al suelo bajo su peso.

-Rajemos –dije.

La agarré a Vero de la mano. Ella me la apretó.

Tupac intentaba liberarse de Reinaldo. Le pateé las costillas a alguno de los dos. Salimos corriendo entre los árboles. Los artesanos se le venían encima, gritando. Después me enteré de que esa tarde no la pasó bien. Pero para entonces, ya no estábamos ahí.

El duelo (1/2)

Detrás de Tupac venían Silvia y Hernán, pero yo los vi recién después, cuando todo había terminado. No me acuerdo, tampoco, de qué pasaba mientras tanto con los artesanos, que se agrupaban a mi alrededor. Escuché unos vagos silbidos, vi algunos movimientos, pero nada más. El mundo, por unos minutos, se redujo a Vero, Tupac y yo.

Para Tupac, al menos en lo que se refería a su campo de visión, ni siquiera yo entraba. Pasó al lado mío sin mirarme, y se dirigió a Vero que apretaba los puños y miraba al suelo, incómoda por la situación.

-Vayámonos de acá –dijo él.

Aparentemente se habían separado unos días atrás, cuando el grupo de artesanos se independizó de Tupac.

-No quiero –dijo Vero.

Tupac se rió.

-¿Preferís irte con él?

Me señaló.

Yo me encogí de hombros.

-¿Qué tiene de malo? –pregunté.

Tupac se volvió hacia mí.

-¿Qué decís?

Me quedé callado.

Calculé la distancia. Habían tres o cuatro metros entre los dos. Podía saltar encima de él, con suerte tirarlo abajo. Pero después... no había después. Tupac era más alto, más grande y más fuerte que yo. Una sola vez me había agarrado a piñas, en el patio del colegio, y fue con el gordito Schuster, que tenía mi misma edad y una contextura un poco más grande que la mía. Terminamos empatados y nos amigamos al día siguiente. No cabía ni siquiera la comparación.

-Anahí –dijo Tupac–, yo te puedo dar la vida que vos querés.

Vero levantó la vista.

-¿O preferís volver a tu casa? ¿A tu familia, que no soportás? Hacelo. Andate con él. Se cornean un par de veces más, después se separan y listo. O peor, se casan. Estudiás una carrera. Trabajás con papá. Eso sí que estaría bueno.

Ella se mordió los labios. Avanzó un paso hacia él.

(A las 15, más o menos, la continuación)

lunes 26 de enero de 2009

Lo público (2/2)

Mientras yo discutía con Vero, Diego se encargó de contarle la historia a todo el mundo. Papá Pitufo insistió con que nos fuéramos del campamento.

-Éste es un lugar de paz –dijo.

-Ah, bueno –dijo otro, con el martillo en la mano–. Si él también le metió los cuernos, que se joda.

-¿Cómo me encontraste? –preguntó Vero.

Le conté.

Mientras lo hacía, me dieron ganas de volver a casa. Alguna vez lo nuestro había sido distinto. No había necesidad de dar explicaciones. Pero lo que más me molestaba era el público.

-¿Diego está con vos? –preguntó ella.

-Sí… ¿por?

Busqué a Diego con la mirada. Estaba unos metros detrás mío, entre la gente. Una mujer le hablaba, pero él no la estaba escuchando. Se había quedado pálido, con los ojos fijos en la carpa.

-Nada –dijo Vero.

Y se quedó callada por un rato.

-Voy a salir. Y después te vas. ¿Dale?

El rumor se apagó de repente en el campamento. Todos estaban a la expectativa. De alguna manera, pensé después, esa audiencia me beneficiaba. Esperaban el beso del final, la reconciliación. Todos sabíamos que así era.

Vero salió de la carpa. Al principio, no la reconocí. Tenía el pelo teñido de rubio y con rastas. Un piercing rojo brillaba a la luz del sol.

-Hola –dijo.

Se miraba los pies.

Me acerqué hasta ella. Era imposible saber qué quería Vero que pasara. Probablemente no lo tuviera claro. Podía echarme o quedarse esperándome. En ese momento en sus ojos no había nada. Yo tampoco estaba convencido de que mi actitud era la correcta. Lo más lógico hubiera sido irnos aparte, a conversar. Pero la fuerza del público me iba llevando.

La agarré de la mano.

-Perdoname –dije.

Ella asintió.

Como en una telenovela, me miró a la cara. Separó los labios. El silencio alrededor era abismal.

Un grito sacudió los árboles:

-Si la tocás, te mato.

No hizo falta darme vuelta.

Era Tupac.

Lo público (1/2)

En la comunidad de los artesanos –al menos esa era la idea, según nos había explicado Papá Pitufo un rato antes– cada uno era libre de comportarse en su vida privada como quisiera, siempre y cuando no molestase a los demás. Las cuestiones públicas –como el acopio de materiales, o la búsqueda de nuevos puntos de venta– serían resueltas en una reunión semanal, que todavía no se había llevado a cabo. En la cabeza de Papá Pitufo, todo funcionaba a la perfección. La cooperativa era su moderada utopía realizable.

Las cosas empezaron a estropearse cuando me la encontré a Vero adentro de una carpa. Pero no fue mi intención.

-Vine a buscarte –grité.

La tela de la carpa tembló unos segundos.

-Te acordaste tarde –dijo ella desde adentro.

El repiqueteo de los martillos alrededor nuestro se volvió más espaciado. Por primera vez, los artesanos levantaron la vista con algo de curiosidad. Los chicos, más abiertamente, se congregaron en torno a la carpa de Vero.

-¿No se llamaba Anahí? –le preguntó uno a otro en voz baja, mientras yo pensaba qué decir.

-Dejame entrar y hablamos –dije–. Por favor.

-Andate, no te quiero ver.

Papá Pitufo me agarró del brazo.

-Por favor –dijo–, no queremos escándalos acá.

A la luz de lo público, algunas cuestiones personales pierden su tragedia intrínseca. Se transforman en una noticia más, como las muertes del hijo de Menem y de Monzón. Uno quería saber cuándo, dónde, por qué. Aunque no le interesara el personaje, siempre existía al menos la sospecha de que había una historia detrás. Otros optaban por mostrar sus casas en revistas, declarar su amor, contar su divorcio, y eso de alguna manera también los volvía personajes de un folletín. Para los artesanos del campamento, nosotros nos transformamos en el principal objeto de interés.

-¿Qué pasó? –preguntaban unos a otros.

-¿Le metió los cuernos con Tupac?

El murmullo se extendía como una peste por todas partes. La gente venía de las carpas a vernos, y de repente empecé a preguntarme qué estaba haciendo ahí.

(La continuación, a eso de las 15 hs)

viernes 23 de enero de 2009

Los artesanos (IV)

(Viene de acá)

Le decían Papá Pitufo. De eso nos enteramos después. Se llamaba Jorge, y así se presentó cuando nos llevó de recorrida por el campamento.

-Arrancamos hace poco –dijo–. Acá nadie jode a nadie.

Reinaldo pasó corriendo en frente de nosotros. Un par de chicos los perseguían con bombitas de agua en la mano.

Yo me empecé a poner ansioso. Papá Pitufo se regodeaba contando acerca de la armonía del campamento. Parecía bastante lejos de responder mi pregunta. Cada vez que pasaba al lado de alguien, lo saludaba o le dedicaba al menos una sonrisa benevolente. Me recordaba a un predicador que pasaban por televisión.

-Nosotros éramos empleados de Tupac –dijo como al pasar.

Entonces nos contó del taller. Habían estado trabajando para él hasta pocos días atrás. El sueldo era miserable, pero la gota que rebalsó el vaso fue el viaje a Mar del Plata, donde les había prometido alojamiento y comida, y sólo cumplió con unos paquetes de fideos y un par de carpas en mal estado.

-Yo soy viejo y me las sé todas. Cuando estaba en el Erp...

Diego lo interrumpió.

-¿Y Verónica? Una chica petisa, pelo castaño. Andaba con Tupac.

El viejo lo miró con extrañeza.

-¿Quién?

Le repetí la pregunta.

-La que andaba con él últimamente es Anahí -dijo.

-¿Dónde está? –pregunté.

-Allá.

Señaló una carpa tipo iglú en uno de los bordes del campamento. Me olvidé de él.

-¿Vero?

-¡No entres! –dijo desde adentro de la carpa– ¿Qué hacés acá?

Los artesanos (III)

(Viene de acá)

Según contaba Hernán, Tupac encendió un cigarrillo y les ofreció. Silvia dijo que no. Él sacó uno del paquete con timidez. Tupac se lo encendió.

-Sos chico para fumar –dijo.

Hernán amagó con responderle, pero se arrepintió antes de hablar.

-¿Estás en pareja? –preguntó Silvia.

Tupac sonrió levemente.

-Es difícil, con la vida que tengo. Siempre viajando de acá para allá.

-Vamos –insistió ella–, te conozco.

-Alguna borrega, de vez en cuando.

-Cierto que te gustaban más chicas.

Tupac se rió.

-No soy el único –dijo–. ¿O sí?

Hernán se movió incómodo en la silla. Había perdido su soltura anterior. A Silvia no le importó.

-Estamos hablando de vos –dijo.

Se hizo un silencio entre los tres. Tupac tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con el pie. “Estaba descalzo”, dijo Hernán después.

-La verdad es que sí estoy en algo –dijo al final–. Pero no tiene importancia. Además, está por terminar.

-Viste. Yo sabía. ¿Una artesana?

-Algo así. ¿Por qué tantas preguntas?

Silvia se encogió de hombros.

-Curiosidad. No sé.

-Es una pendeja que...

Hernán -al menos eso dijo- no se aguantó más.

-¿Se llama Verónica, por casualidad?

Tupac lo miró.

Los artesanos (II)

(Viene de acá)

Mientras tanto, Reinaldo nos condujo a un campamento más alejado que el nuestro, detrás de los acantilados. Durante el camino no habló mucho y con el tiempo descubrimos que, más allá de la insolación, era bastante limitado. Sus respuestas más frecuentes eran “ajá” o “seh”, y ante una pregunta más compleja terminaba siempre remitiéndonos al amigo suyo que estábamos a punto de conocer, como si él no quisiera o no supiera hablar más. Cuando llegamos al campamento nos dijo:

-Acá.

Y se alejó dando saltitos cortos sobre el pasto.

Nos quedamos parados, esperando. Por todas partes se veían carpas canadienses y de estilo iglú. Pero lo más llamativo eran las mesas: largos tablones sobre caballetes, con gente trabajando. Mujeres, hombres, chicos. Algunos con martillos, otros tallando madera o con pinzas doblando alambres. Los hombres con barba, pelo enrulado, las mujeres con el pelo largo liso y vestimenta hindú. Casi ninguno levantó la vista para mirarnos, pero tampoco nos dio la sensación de que nos rechazaran, ni siquiera de que les resultara indiferente nuestra presencia ahí. Cada uno estaba en la suya y eso no nos excluía, aunque tampoco formáramos parte. El repiqueteo de los martillos se fundía con el rumor, más o menos lejano, del mar.

-Bienvenidos –nos dijo una voz detrás nuestro–. ¿Cómo les va?

-Buenas –dijo Diego antes que yo.

El hombre que se dirigía a nosotros tenía unos cincuenta o sesenta años. Era más bien petiso, de barba blanca y pelo canoso y largo, atado por sobre la nuca. Sonreía al hablar.

-Esto es una cooperativa –dijo–. ¿Qué andan buscando?

Le expliqué que buscábamos a una persona.

-Un artesano –dijo Diego.

-Se llama Tupac.

La cara se le oscureció de repente.

-Ese hijo de puta no entra acá.

Los artesanos (I)

Después de saludarlos, Tupac se sentó a la mesa entre Silvia y Hernán. Ninguno de los dos hizo mención a la charla que venían manteniendo hasta recién. Hernán escuchaba con atención.

-¿Cómo estás, loca? Tanto tiempo –dijo Tupac.

El diálogo se perdió, durante unos minutos, en viejos recuerdos de la facultad. Tupac olía a cigarrillos negros, incienso y transpiración. Pero tenía la barba y el cabello prolijamente recortados, aunque esto sólo pudiera distinguirse desde cerca. Así se diferenciaba del resto de los artesanos que Hernán había visto hasta el momento. Como si todo en él estuviera calculado, hasta la manera de hablar.

-¿Hace mucho que te dedicás a las artesanías? –preguntó Silvia.

-Unos años –dijo él–. Tuve una iluminación, ¿sabés? Necesitaba volver a las cosas, a lo natural. Tanto saco y corbata, tantos litigios, tribunales y oficinas, me iban a terminar matando alguna vez. Y dije: ¿por qué no? Si total soy joven. ¿Qué me retiene acá? Me fui para el sur, después viajé un poco por Centroamérica. Leí a Hesse, a Castaneda, a Saint Exupery. Cuando volví me dediqué definitivamente a esta nueva vida.

-Empezaste a hacer artesanías.

Tupac negó con la cabeza.

- Soy malo para las manualidades –dijo–. Contraté gente y abrí un taller.

jueves 22 de enero de 2009

Orientación vocacional

-Así que abogacía –dijo Silvia–. Vamos a ser colegas.

-Mi viejo es abogado –dijo Hernán–. Y mi abuelo también.

-Es una linda carrera.

-¿Me enseñás?

Silvia se rió.

-Sos terrible.

Entonces le contó su historia.

Había entrado a la facultad en el ´83, un poco antes de Alfonsín. Estaba entre derecho y odontología, como la mayor parte de su familia. Al final se decidió por derecho. Dijo que quería representar presos políticos.

-¿Sabés lo que es eso?

-¿Los corruptos?

Ella le explicó.

-Sos zurdita –dijo él–. Me parece bien.

Silvia suspiró.

-Igual no me dedico a eso. Trabajo para los bancos. Se gana mejor.

Por un rato, ninguno habló.

-Seguro –dijo Hernán.

Lejos, entre los árboles, vieron la figura de un artesano.

-Esos la pasan mejor –dijo ella.

-Ni en pedo.

Hernán se rió.

-¿Novia no tenés?

Él negó con la cabeza.

-Es para quilombos –dijo.

Y le contó la historia de Vero y mía.

-Yo conozco a un Tupac –dijo–. Pero no debe ser el mismo. Estudiaba conmigo, en la facultad.

-¿Presos políticos, también?

Ella asintió.

El artesano se acercó con a plancha de bijouterie en las manos.

-¿Silvia? –dijo– ¿Sos vos?

El agujero de ozono

Hernán se quedó conversando con Silvia en el comedor del camping. Marta, en otra mesa, resolvía crucigramas. Diego y yo bajamos a la playa. El sol golpeaba fuerte, apenas había pasado el mediodía y la mayoría de la gente se había refugiado debajo de sus sombrillas o en las carpas. Por insistencia de Diego, cada diez o quince minutos nos mojábamos la cabeza en el mar.

-Es por el agujero de ozono –dijo–. Lo que pasa es que el gas freón...

A lo lejos vi un artesano. Venía caminando en cueros, con los pies metidos en el agua. Se tambaleaba como un zombie o un borracho. Llevaba una plancha con collares en la mano. No tenía barba candado. Toda su cara, más bien, era una mezcla confusa de melena y barba.

-Disculpá –grité cuando pasó cerca nuestro.

No me escuchó. Corrí detrás de él y le toqué la espalda. Estaba tan caliente y roja, casi violeta, que me sobresaltó. Se dio vuelta y me miró con unos ojos vidriosos, desorbitados, que no enfocaban nada en particular.

-¿Conocés a Tupac? –pregunté.

El tipo murmuró algo.

-Está insolado –dijo Diego–. Dejá.

-¿Lo conocés o no? –insistí.

Se señaló la boca con la mano. La voz salía de su garganta como un murmullo seco, esforzado.

-...agua... –dijo.

Miré a mi alrededor. Eran las dos de la tarde. La playa estaba vacía como el desierto del Sahara. Estábamos entre dos balnearios, en las afueras de Mar del Plata. El más cercano quedaba a unos doscientos metros de distancia. Tenía una barra y unas mesas con sombrillas, pero no se veía a nadie.

-Mi vieja siempre lo dice –dijo Diego–. No hay que tomar sol a esta hora, porque la capa de ozono...

El tipo se cayó de rodillas al agua, que a esa altura no tenía más que unos centímetros de profundidad. La plancha con los collares salió flotando hasta la arena. Lo miré a Diego.

-¿Qué hacemos?

-Mojale la cabeza.

Lo agarré de los pelos en la parte de atrás, sobre la nuca, y le hundí la cabeza en el agua. La primera vez durante no más de unos segundos, por temor a ahogarlo. No hubo reacción.

-De vuelta –dijo Diego.

Parecía entusiasmado.

Volví a hundírsela. Esta vez abrió la boca. Tragó un poco y tosió para escupir. A la tercera o cuarta vez, reaccionó.

-¿Loco, qué pasa? –dijo.

Después de explicarle cómo lo habíamos encontrado, le pregunté por Tupac.

-No tengo idea de quién es –dijo–, pero tengo unos amigos que se conocen a todos los artesanos de la playa. Vengan conmigo.

Se llamaba Reinaldo. Fuimos con él.

(A eso de las 15, si no me echan del laburo, la continuación)

miércoles 21 de enero de 2009

Free lance

La rubia se llamaba Silvia. Marta, la amiga, tenía la nariz blanca de bronceador. Nos dio un par de indicaciones. Hernán se dedicó a Silvia mientras Diego y yo desarmábamos la carpa.

-¿Vos no ayudás a tus amigos?

-Yo soy el dueño de la carpa –dijo Hernán.

Ella se rió.

-¿A qué te dedicás?

-Soy abogada –dijo.

-Yo quiero estudiar abogacía.

-Sos chico. Todavía te falta.

-¿Cuántos años me das?

Silvia lo miró de arriba abajo.

-Catorce –dijo–. Quince. No más.

-Diecisiete. Para dieciocho. ¿Qué tal?

-Ah, sos grande.

-¿Trabajás en un estudio o sos free lance?

La carpa ya estaba casi terminada. Marta nos ayudaba con una paciencia maternal.

-Free lance –dijo Silvia–. Estuve en un estudio hasta el año pasado, pero no trabajo para otros nunca más.

Se sentaron sobre unas piedras. La conversación se había distendido de repente. No sé en qué momento pasó.

-¿Te pagaban poco? –dijo Hernán.

-No –dijo Silvia–. Pero tenía un jefe complicado.

-Claro. Es una cagada trabajar así.

Ella se rió otra vez.

-¿Y vos cómo podés saber?

-Yo sé todo –dijo Hernán.

Y la miró.

Ella se mordió los labios. Parecía una sonrisa, pero no.

La carpa había quedado terminada. Seguía siendo chica, pero ahora tenía un aspecto mucho más presentable que antes.

-¿Vamos? –dijo Marta.

Silvia dudó unos segundos. Abrió la boca y la volvió a cerrar.

-Vamos –dijo Hernán.

La carpa iglú

Al día siguiente partimos a Mar del Plata.

El plan era perfecto: a los viejos de Hernán y Diego les dijimos que íbamos a visitar a unos tíos míos que veraneaban allá. A mi vieja le conté que iba a visitar unos tíos de Hernán. En tres o cuatro días estamos de vuelta, dijimos entonces. En aquel momento nos parecía mucho tiempo. En mi imaginación, la encontrábamos a Vero el primer o segundo día y pasábamos el resto del tiempo en la playa, reconciliándolos. La realidad demostró ser bastante distinta, como suele pasar.

La noche anterior no dormí ni una hora. Traté de hacer una siesta en el micro. Me despertó la voz de Hernán, que se había encarado a dos viejas de treinta que iban sentadas cerca nuestro.

-¿Ustedes también van a Mardel, chicas?

Las dos se miraron. La rubia me resultó linda, a su manera. La otra no.

-Sí –dijo alguna de las dos.

-¿Dónde van a parar?

-En un camping –dijo la rubia.

-¿Hay lugar para nosotros en la carpa?

Se rieron.

-No.

Al final les sacó el nombre del camping. Me pareció que a la rubia no le había costado tanto dárselo. Pero debía ser que en el fondo no le importaba tanto.

Eso nos resolvió el tema del alojamiento, al menos en parte. Hasta ese momento, no teníamos idea de dónde dormir. A la salida de la terminal nos metimos en una casa de camping. Elegimos tres colchonetas, un quemador, un cuchillo, una brújula y una carpa tipo iglú para tres, a pagar con la extensión de la tarjeta del viejo de Hernán. A último momento nos pareció muy caro todo, así que cambiamos la carpa por una de dos.

-Total yo duermo con la rubia –dijo Hernán.

El camping quedaba lejos del centro, cerca de los acantilados, camino a Miramar. La última carpa que habíamos armado, una canadiense, fue en un campamento del colegio. Nos habían dicho que la iglú era más fácil, pero no estaba resultando. Al menos era liviana. Cuando terminamos parecía un ovni estrellado. Para dormir los tres, teníamos que entrar en posición fetal. A mí no me importaba. Mi idea era bajar a la playa al mediodía y recorrerla de punta a punta, preguntar entre los artesanos, en algún momento tenían que aparecer Vero o Tupac. Entonces escuchamos una voz detrás nuestro:

-La están armando mal.
.
Hernán fue el primero en darse vuelta. Su día estaba a punto de cambiar.
.
(A eso de las 15, la continuación)

martes 20 de enero de 2009

Las olas y el viento

(Gracias, Lupe)

-¿Cómo sabías? –pregunté.

Me hizo pasar a la casa. Tenían encendido el televisor. Hernán estaba sentado en el sofá del living.

-Qué hacés, chabón –dijo.

Parecía más serio que de costumbre. Me apoyó la mano sobre el hombro. En la tele estaban pasando un flash informativo donde se veían tres autos estrellados en la ruta. Por un instante, temí lo peor.

-¿Vero? –dije.

-La vimos recién –dijo Hernán.

Se quedaron callados. Diego suspiró.

-En el programa de Mateyko –dijo al final.



El flash informativo terminó y la voz de Donald se escuchó por toda la casa.

Las olas y el viento
Y el frío del mar…


En verano, Mateyko era una fija aunque a nadie le gustaba. Habían encendido el televisor un rato antes, después de la playa, y se quedaron mirando un rato. Alguno de los dos creyó verla primero, en un paneo sobre la playa.

-Che, ¿esa no es Vero? –habrá dicho.

-No puede ser.

Al rato la enfocaron otra vez. Andaba descalza sobre la arena, en malla. Llevaba unas planchas con collares y cadenas de colores.

Hernán y Diego se quedaron mudos en medio del relato.

-¿Y qué pasó? –pregunté aunque ya sabía la respuesta.

-Estaba con un tipo.

-Pelo largo y barba candado –dije–. Se llama Tupac.

Les conté la historia.

-Es una hija de puta –dijo Hernán.

Diego se quedó callado unos segundos.

-Andá a buscarla –dijo al final.

El ruido del televisor no me dejaba pensar. Las imágenes de Mar del Plata pasaban como en un videoclip. Playa, Mateyko, Donald, lobos marinos, mujeres tomando sol.

-No tengo plata –dije.

Hernán tiró su billetera sobre la mesa.

-Vayamos –dijo–. Acá ya estoy cansado de garchar.

Creep

A través de la madre de Vero, me enteré de que había desaparecido de la casa tres días atrás, con la excusa de que se iba a dormir a lo de Romina, una compañera del colegio. Acostumbrados a sus largas ausencias veraniegas, los padres habían notado su desaparición recién el día anterior, cuando llamaron a lo de Romina para hablar con ella. Nunca había estado ahí. En media hora llamaron a la agenda completa, sin encontrarla en ninguna parte. Algunos –los que habían estado en la fiesta de la que me habló Esteban– mencionaron a Tupac, el misterioso personaje de pelo largo y barba candado. Dos o tres recordaron que yo estaba en Pinamar. Pero nadie creía que Vero hubiese venido a visitarme.

-Mi hija no se deja engatusar por cualquiera –dijo la madre.

Dos horas antes, siguió contando, después de salir a buscarla con su marido por las plazas que solía frecuentar, encontraron un mensaje suyo en el contestador:

“No se precupen, estoy bien. Me vine a la costa con un amigo. Vuelvo en un par de días. Besos, chau”.

-Mi marido, imaginate, está como loco. Recién salió para allá con tres coches de la agencia. Esto es un desastre.

Me quedé callado unos segundos.

-¿Puedo ayudar en algo? –pregunté.

-No te metás, haceme el favor.

Me cortó sin darme tiempo de nada.

La chica del locutorio tenía una extraña habilidad para acompañar los momentos difíciles. Antes había sido con Apocalipsis Now en el televisor. Esta vez, cuando salí de la cabina, estaba escuchando Creep.

wish i was special
you're so fuckin' special
but i'm a creep,
i'm a weirdo.
what the hell am i doing here?
i don't belong here.

Me quedé un rato parado al lado de la puerta, escuchando la canción hasta el final. No era la primera vez que Radiohead le daba sonido a mi angustia con esa canción. Antes había sido Nirvana, pero de una manera distinta. En el Cobain de principios de los noventa había rebeldía. Acá, sólo impotencia.

Y era lógico que me gustara. Si yo era un idiota. Ahora Vero estaba en alguna parte con un tipo y todo lo que pasaba, en el fondo, era por mi culpa. La normalidad, evidentemente, no era lo mío. Otros tenían su novia, su familia, iban al colegio, practicaban algún deporte y en todo les iba más o menos bien. Yo estaba condenado al fracaso. A la apatía. A la marginalidad permanente. Las leyes del universo, de alguna manera, así lo dictaban.

Llegué a la casa sin ganas de hablar con nadie. Diego me atajó en la puerta.

-Che, ¿vos sabías que Vero está en Mar del Plata? –dijo–. No contaste nada.

(A eso de las 15, la continuación)

lunes 19 de enero de 2009

El barba candado (2)

-La fiesta fue cualquiera. Mucha birra y fernet por todas partes. A Vero la vi poco. Le pregunté por vos y me dijo que estabas en Pinamar, pero que no le importaba. Por las dudas, no quise preguntar más.

-¿Cuándo fue esto?

-El sábado –dijo.

Hice el cálculo. Había sido el mismo día de nuestra última conversación telefónica, cuando me cortó.

Esteban siguió hablando:

-Cayó gente de todas partes, una cosa infernal. Amigos de Juana, amigos de amigos, y al final ya ni se sabía quién era el que entraba. En una de ésas veo a un tipo muy alto, flaco, mayor que nosotros. Tenía el pelo largo y usaba barba candado.

-¿Como aquel de allá? –dije señalando al tipo que se iba con su chica en el auto.

Estaba seguro de que él también lo había visto. Últimamente, todo el mundo usaba barba candado. Si yo no la tenía, era porque no me crecía. A medida que avanzaba en su relato, se me iban despejando las dudas. Todo era mentira. En toda la costa atlántica, justo vengo a encontrarme con el tipo que se transó a mi novia. A veces la mala suerte es la única explicación.

-Igual que aquel, sí –asintió Esteban–. Después me enteré de que se llamaba Tupac.

-Andá a cagar –dije.

-¿Te cuento o no te cuento?

-No me mientas –insistí–. Andá a cagar.

Amagó con irse. Lo agarré de atrás.

-¿Qué me tenés que contar?

Cerró los puños, pero aflojó cuando vio que era eso o nos agarrábamos.

-Se la transó. Qué querés que te diga. Eso pasó.

Nos quedamos en silencio.

-Después se fueron juntos –agregó–. Al día siguiente la vi a Juana y me contó que Vero estaba loca. Se quería ir con el tipo a alguna parte. No sé adónde. Nadie sabe ni quién es.

Era como si me estuviera contando una película. No parecía real.

-Llamá –se encogió de hombros–. A ver si la encontrás.

Me fui sin despedirme de él. Ya ni me importaba el hecho de haber estado a punto de ahogarme casi una hora antes. En mi cabeza rebotaban las palabras de Esteban y una figura: el de la barba candado.

Pasé por el locutorio. Seguí de largo unos metros, al final me di vuelta y me metí en una cabina.

Marqué el número de Vero. Me atendió la madre. Ella misma no había querido pasarme con Vero el día anterior.

-Hola… -dije.

-¿Está con vos? –preguntó antes de que yo terminase de hablar.

El barba candado (1)

La gente volvía de la playa. Esteban y yo nos quedamos a un costado, esquivando a las familias que salían en rebaño de las carpas del balneario. Después de haberlo escuchado hablar, en mi cabeza se dibujaban unas cuantas posibilidades. Todas terminaban con Vero abandonándome. Y en algunas –en la mayoría– él tenía la culpa.

Quise preguntarle algo, pero lo vio en mi cara antes de que me saliera hablar.

-No, no fui yo –dijo.

Se lo veía incómodo, mirando hacia todos lados, buscando una excusa para escaparse de la conversación. Al lado nuestro, un tipo de barba candado esperaba a una mujer apoyado contra el capot de un auto. Ella venía de la playa, con un pareo atado a la cintura. Parecía sacada de una revista Caras. El barba candado le sonreía mientras la veía llegar. Estaba con la mano en un bolsillo, con la otra se peinaba hacia atrás. Se besaron un largo rato como dos modelos publicitarios, a la luz del atardecer.

-Contame qué pasó –dije.

Dudó un par de veces antes de arrancar.

-Hace tiempo que la veía mal a Vero –dijo–. No por tu culpa, ¿eh? No somos muy amigos, pero la conozco bastante. Vos lo sabés. Salimos muchas veces, tenemos amigos en común. Antes de empezar a salir con vos, no sé si te lo habrá contado, hubo un par de fiestas donde terminó muy mal, muy borracha, y tuvimos que llevarla entre varios a la casa. Después se calmó, al menos por un rato.

Yo asentía mientras hablaba. Por un lado, me molestaba el tono de “yo sé más que vos acerca de tu novia” con que se dirigía a mí. Por otro lado, no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Vero muy borracha? ¿Esteban y sus amigos llevándola a la casa? Nunca imaginé algo similar. En los meses que salimos, no la había visto más que un poco entonada. También me chocaba la idea de que Vero “estuviera mal”: yo no había percibido absolutamente nada.

-El problema son los viejos –continuó Esteban–. La persiguen mucho, vos viste como son. El colegio, las clases particulares, el curso de inglés. Bah, eso es lo que me dijo Carito al menos, que la conoce mejor.

Me vino una imagen a la mente: Vero y yo caminando por la calle, ella quejándose del curso de inglés, yo alentándola a que siguiera adelante.

Me arrepentí de no haber hecho exactamente lo contrario.

-La semana pasada hubo una fiesta en lo de Juana. Esas fiestas que hacen los de quinto, adonde va todo el mundo y nunca se sabe cómo pueden terminar. Yo fui con dos compañeros del colegio. Vero cayó después. Y ahí fue donde todo pasó.

Hizo una pausa, como si le gustara mantener el suspenso.

-Seguí –dije.

No sabía si creerle o no.

(Después del mediodía, la continuación)

sábado 17 de enero de 2009

Tiempo compartido


La columna de TEFI

Un curro más que nos han heredado...

Allá por el 96 fuimos de vacaciones con mi familia a México. Todo precioso... mi mamá lucía esas remeras con palmeras y una cartera de leopardo (que yo odiaba profundamente).

Llegamos a Cancún, el hotel, una maravilla con forma piramidal... 

Nos dicen que esperemos, que nuestra habitación no estaba lista aún. Primeras caras largas... 

Aparece un mexicano simpatiquísimo que trabajaba en el hotel, nos invita a desayunar. O sea, viene a desayunar con nosotros.

Sandías, melones, cereales, café, jugo de naranja exprimido, tostadas, panceta, huevos revueltos y la mar en coche... de todo comimos. Invita el hotel.

El tipo nos hablaba del lugar, de viajes y de cosas agradables... mi viejo le seguía la charla (es un tipo macanudo) mi vieja tenía esa mirada de "lo rociaría con kerosene y le tiraría un fósforo, quiero ir a la playa" bajo las enormes gafas oscuras. Mi hermana y yo nos reíamos de los chistes que hacía el hombre, era muy gracioso. Nos regaló unas mantas artesanales y una botella de tequila blanco.

En un momento me preguntó si yo era la clase de chica "papaio", yo le pregunté qué era eso, y él me respondió: 

-Las que dicen:"Papá io quiero esto, papá io quiero lo otro". 

Mi mamá soltó la única carcajada esa mañana. Fue ocurrente.

Y no, no soy una chica "papaio".

De repente nos fue llevando a unas oficinas... ahí nos dejó hablando con una mujer mucho menos simpática, mucho más vendedora... y afuera, unas playas paradisíacas...

La mujer nos dijo que por habernos hecho esperar nos iban a dar una suite presidencial (habitación mucho más cara que la que habíamos pagado). Perfecto! Pero no se quedó callada, y empezó a hablarnos sobre el "tiempo compartido".

Todo lo que supe sobre eso, lo supe después. 

En ese mismo momento, yo tenía 13 años, era la primera vez que salía del país sin contar Uruguay, me quería poner la bikini azul con rayitas de SAIL, y no me alcanzaba el corazón para enamorarme de todos los chicos fornidos que pasaban por ahí, hablando en idiomas extraños, especialmente aquel grandote que se parecía a Howard de "Take That".

Si, lamentablemente nos querían vender el "engaña pichanga" de los noventa. Con el Tiempo Compartido, vos viajás adonde querés y tenés el hospedaje pago y otro tipo de descuentos. Pero por el precio que cuesta mantenerlo, la gracia está en hacer viajes zarpados como mínimo 2 veces al año. Como mínimo. Claro, era la locura de los que se hacían la escapada a Miami...

De más está decir que no lo compramos. Mi viejo quería ser amable y no le hechó fly de una. Lo cual hizo pensar a la dama que éramos posibles víctimas.La mujer dijo: 

-No sería maravilloso poder tomar sol en las playas más bellas... (mirada cómplice hacia mi madre)

Mi mamá fue simple y concisa en su respuesta...: 

-Yo quiero tomar sol ahora... y desde que llegamos no puse ni un pie en la arena...

FREEEZZZEEEERRRR!!!!

Al final, lo pasamos bárbaro... la suite presidencial la tuvimos igual... jacuzzi y todo eso... 

Las mantas todavía están... el tequila, por supuesto que dejó de existir hace tiempo. Los tiempos compartidos siguen existiendo, pero en menor medida...y han estafado a mucha gente con eso.

viernes 16 de enero de 2009

La tabla de body (3)

Los pensamientos más estúpidos tienen lugar en los momentos menos convenientes. Mientras tragaba agua, me vinieron a la mente las palabras de mi vieja:

-Basta de ponerle sal a la comida. Cuando seas grande vas a tener problemas de presión.

No sé en qué momento llegaron los bañeros para rescatarme. Eran dos, creo, y me agarraron cada uno de un brazo. Me pusieron un flotador y me arrastraron a la playa, como una ballena varada.

Lo primero que vi fue la silueta de Esteban, que me miraba. Tenía otras personas al lado.

-Perdón –dije.

Y escupí un poco de agua.

Costaba respirar hondo. Uno de los bañeros se inclinó al lado mío y me dio respiración boca a boca. Escupí más agua. Cuando abrí los ojos, miré las caras que se habían juntado alrededor.

-¿Vero? –dije.

Y después no sé qué más pasó.

***

-Lástima la tabla.

-¿Y los padres?

-Vino con amigos. Yo me lo crucé de casualidad.

Abrí los ojos. El enfermero asentía con la cabeza. Esteban se había sentado sobre una camilla vacía, al lado de la mía.

-Te compro otra –dije.

El lugar no era muy grande. Después me enteré de que era la sala de primeros auxilios del balneario donde me habían rescatado. El enfermero me auscultó dos veces. Después me tomó el pulso y la presión. Le dije a Esteban que se fuera, pero me esperó. Salimos juntos del lugar.

-En serio, te compro otra.

-No importa -dijo.

-Che, ¿a Vero la viste últimamente? –pregunté.

Se quedó paralizado unos segundos.

-El otro día.

-¿Cómo estaba?

Tragó saliva.

-Bien.

-¿Me acompañás al locutorio? La quiero llamar.

Él se paró en seco. La cara se le puso blanca.

-¿Qué... ustedes todavía están saliendo? –preguntó.

La tabla de body (2)

Conocí el mar a los ocho o nueve años, en San Bernardo. Mi viejo me llevó a la playa, señaló el horizonte y dijo:

-Eso es el mar.

-¿Es como el río? –pregunté.

-No. Es el mar.

Con el tiempo aprendí las diferencias. Del otro lado, en lugar de Uruguay estaba África y había tiburones, berberechos y aguavivas en lugar de mojarritas y bagres. Pero lo más importante eran las olas, que te podían arrastrar hasta la playa o llevarte adonde no te vieran nunca más.

A los doce o trece años me regalaron mi primera –y única– tabla barrenadora. Era de telgopor y reproducía la forma de una tabla de surf. La usé durante un tiempo en Villa Gesell, donde ligaba un cachetazo del agua atrás del otro. Tragaba arena y sal, arena y sal, hasta que me cansé y la olvidé en el fondo de un placard.

En todo eso pensaba cuando me acerqué al agua con la tabla de Esteban, que se quedó sentado en un médano, a metros del agua. Me saludó con la mano. Me dieron ganas de ahogarme en el mar.

El secreto, escuché en alguna parte, era agarrar la ola en el momento justo, cuando estaba a punto de romper. Ni un segundo antes ni después. Dejé pasar las primeras. La marea me llevaba cada vez más adentro, pero no me importó. En algún momento dejé de hacer pie. La tabla estaba atada a mi muñeca con un velcro. Dentro de todo, era una seguridad.

Miré en dirección a la playa. Esteban era un punto en la arena. Pensé que tal vez me viera si le hacía señas con la mano. ¿Y entonces qué? Lo imaginé corriendo en busca de un bañero o peor, tirándose en el agua para rescatarme. Lo primero que pensé fue que la anécdota iba a llegar de inmediato a los oídos de Vero. El boludo que metió los cuernos y casi se ahoga en el mar.

Me subí a la tabla y me empujé con los brazos, como había visto que hacían los demás. La tabla obedeció al principio, una ola me ayudó durante unos metros, pero después la marea me volvió a arrastrar hacia atrás.

Ahora estaba más lejos que antes. El velcro se me soltó de la muñeca. Duró un segundo. Cuando levanté la vista, la tabla se había perdido en el mar.

(En un rato, la continuación)

La tabla de body (1)


Al día siguiente no vi a Laura, y al otro tampoco. Me pareció prudente esquivarla por un rato. Aunque la verdad es que ella tampoco me buscó. Llamé un par de veces a Buenos Aires para hablar con Vero, pero no la encontré. En el último llamado me atendió la madre.

-No está –me dijo.

-¿Cuándo vuelve?

-Tarde. No sé.

Tuve la sensación de haberla escuchado murmurando por detrás.

Diego hablaba de volver a Buenos Aires antes de la fecha. Me buscaba como aliado. Se había puesto insoportable. Iba al locutorio cuatro o cinco veces por día, y cada vez volvía peor. Yo me quedaba despierto hasta tarde, dando vueltas en la cama. El único que la pasaba bien, en esos días, era Hernán, que desaparecía temprano y no volvía hasta la madrugada. El grupo se estaba disgregando. Y mantenerlo unido, por el momento, no le interesaba a nadie.

Mi situación, además, era bastante incierta. El plan original, que era pasar dos semanas con mis amigos y una con Vero, parecía ahora irrealizable. Ni siquiera estaba seguro de que ella se mantuviera firme en su propósito de viajar a Pinamar. En todo caso, como mínimo, hacía falta una charla antes.

Y la charla nunca llegaba.

A la tarde salía a caminar solo por la playa, tratando de evitar los balnearios más populares. Sin darme cuenta, me iba siempre en dirección a los médanos, donde había estado con Laura. Me gustaba, especialmente, el movimiento del fin de la tarde, cuando la gente empieza a levantar sus cosas para volver a casa. En la arena se empezaban a ver algunos cuatrimotores y 4x4. Uno de esos días, me quedé mirando a un tipo que barrenaba las olas con una tabla de body. Las olas lo dieron vuelta unas cuantas veces, pero no parecía estar pasándola mal. Visto de lejos, me hacía acordar a un amigo de Vero, que había conocido un tiempo atrás. Se llamaba Santiago o Esteban, nos habíamos visto en un par de cumpleaños. Escuchaba Kiss y los primeros discos de Bon Jovi.
Me caía bien.

Visto de cerca, cuando salió del agua, me di cuenta de que era él.

Nos saludamos con un abrazo. Se llamaba Esteban. Me contó que había llegado el día anterior a Pinamar. Había venido con los padres. Se estaba aburriendo bastante.

-¿Todo bien? –pregunté.

Él asintió.

-¿Vos?

-También.

Vivía cerca de Vero. Tenían amigos en común. Me imaginé que sabía algo, pero no me animaba a preguntar. Las variantes se cruzaban una a una por mi cabeza: “¿Qué onda Vero? ¿En qué anda?”.

Nos sentamos en la arena. Me miraba con reservas, como si adivinara algo.

-Lindo día –dije.

-Ajá.

Yo junté coraje.
.
-¿Me prestás la tabla? –dije al final.
.
(Después del mediodía, la continuación)

jueves 15 de enero de 2009

El sexo

Adentro de la casa no se veía a nadie. Los almohadones del sofá estaban desparramados por el suelo, con una botella vacía de cerveza al lado. Diego roncaba con la puerta abierta en uno de los dormitorios. Era tan estridente y poco acompasado que nos quedamos un rato en silencio, escuchándolo. De vez en cuando decía algo en inglés. Nos reímos. Eso nos quitó un poco la tensión, ahora que estábamos sentados en el sofá, con todas las luces encendidas, y se nos había disipado el efecto del alcohol.

El único dormitorio libre era el de los padres de Hernán, el lugar más limpio y ordenado de la casa. Tenía una cama grande, con sábanas blancas y cortinas haciendo juego. Si lo iba a profanar, tenía que hacerlo con cuidado. La madre de Hernán era muy puntillosa y posiblemente se diera cuenta de todo. Por el padre, en cambio, no me preocupé. En caso de que lo notara, no iba a decir nada o directamente se pondría en mi lugar. Primero, porque no le importaba. Y segundo, porque era capaz de hacer o decir cualquier cosa con tal de llevarle la contra a su mujer. Habían estado separados hasta un mes antes de viajar a Pinamar. Hernán no hablaba mucho del tema, pero Diego y yo sospechábamos que tenía o había tenido una amante. Nos la imaginábamos como alguien más joven, agradable y que le daba siempre la razón. Todo lo contrario de su mujer.

-Ellos se entienden –dijo Hernán una vez.

De alguna manera, tenía razón. Algo había en común, de otra forma no se entendía que siguieran juntos. A veces fantaseábamos con cuentas bancarias compartidas, o razones que se vinculaban con el patrimonio de los dos. Otras veces suponíamos que el secreto se escondía en el dormitorio. Diego decía que los había escuchado una noche, pero es posible que lo soñara o estuviera inventándolo.

Con Laura no teníamos mucho en común. A mí me gustaba leer, a ella no. Ella escuchaba la FM Hit, yo la Rock & Pop. Decía que éramos compatibles en el zodíaco y a mí eso no me interesaba. No salíamos a los mismos lugares. Había pocos temas de conversación. Difícilmente nos hubiéramos prestado atención si no nos hubiéramos conocido en el verano. Pero besaba bien. Y en algún momento dejé de pensar.

-Vamos al dormitorio –dije.

Bajé la persiana y encendí el velador, que estaba sobre la mesita de luz, al lado de un portarretratos con los viejos de Hernán. Lo moví sin querer, y lo volví a poner en su lugar. Nos sentamos en la cama, mirándonos lo pies.

Con Vero era distinto. Todo fluía con naturalidad, como si fuera la continuación de lo que nos pasaba.

-¿En qué estás pensando? –preguntó Laura.

-En nada –dije.

Sonreímos los dos.

Y nos besamos, y nos sacamos la ropa, y de alguna manera nos olvidamos –al menos por un rato– de todas las diferencias que había entre los dos.

miércoles 14 de enero de 2009

El quincho

-Vayamos al quincho –dijo Hernán.

Diego dijo que estaba cansado. Los demás fuimos con él.

Uno de los primeros quinchos que conocí fue el que hicieron mis abuelos en el jardín del fondo, a mediados de los ochenta. Era bastante precario, con techo de chapa, pero alcanzaba para resguardar a la parrilla y a los comensales de un asado durante una posible tormenta, como de hecho sucedió unas cuantas veces. En Ballester, años después, a medida que los jardines se iban emprolijando, florecían las piletas y los quinchos. Por eso tampoco me llamó la atención que hubiera uno en la casa de Pinamar. Pasábamos una gran parte del día ahí, escuchando música o tomando algo.

Esa noche, Hernán había saqueado la heladera de los viejos. Sobre la mesa había birra, Coca Cola y Fernet. Las botellas vacías se acumulaban en el fondo. Hernán me miraba de reojo porque yo no hablaba. Laura estaba sentada al lado mío. Mi silencio la volvía distante. De a poco, la bebida y el viento fresco del quincho me empezaron a reanimar. Después de un rato, Hernán y su chica se fueron a conversar adentro, la otra amiga se fue y Laura y yo nos quedamos en el quincho, cada uno con su vaso de cerveza en la mano.

-En realidad yo estoy saliendo con un chico en Buenos Aires –dijo.

Me agarró de sorpresa.

-¿En serio? –dije.

-No somos novios –aclaró–. Salimos un par de veces, nomás. Ni siquiera hablamos desde que llegué a Pinamar. Bueno, sí, una vez.

-¿Y hace mucho que salen? –pregunté.

-Dos o tres meses. Pero es amigo de mi hermano. Lo conozco hace rato.

Me quedé mudo. ¿Por qué me lo estaba contando? Si yo no le había preguntado nada. Hasta un rato antes, ni siquiera tenía ganas de verla esa noche. Pensé que lo decía para detenerme. Adentro, a través de las cortinas, Hernán y su amiga se estaban matando en el sofá. Ella no quería eso. Mejor así, pensé.

-Yo también estoy saliendo con alguien.

-No sabía nada –dijo.

-Sí.

Y ahí nos quedamos, en el quincho, mitad afuera, mitad adentro, en el viento fresco de la madrugada. Había dos alternativas. Podíamos entrar en la casa, los dos. También podía acompañarla a la suya, definitivamente.

-Tengo frío –dijo.

Corrí la lona, pero no alcanzaba. Temblábamos los dos. La abracé.

-¿Vamos adentro? –dije.

Ella asintió.

martes 13 de enero de 2009

El amor (primera parte)

La chica del locutorio, que cobró nuestras llamadas, nos dio vuelto de más. Tenía encendido un televisor en el que estaban pasando las últimas escenas de Apocalipsis Now, donde se intercalan las imágenes de la matanza ritual de un toro y las del asesinato del coronel Kurtz. Pero la chica tampoco miraba el televisor. Estaba evadida, abismada en algo. Las cosas, evidentemente, no le iban bien.

El amor es una matanza, pensé.

En la calle, Diego me contó que Natalia lo había dejado. Al mediodía él la llamó para decirle que la extrañaba. Ella no le respondió. Hablaron un rato de otras cosas hasta que él le preguntó si le pasaba algo. Natalia dijo que no. Como Diego era intuitivo, se dio cuenta de que algo andaba mal. Pasó varias horas dando vueltas por la playa. Una desesperación con vista al mar. Volvió al locutorio decidido a aclarar las cosas de una buena vez. Si el problema era que él se había ido de vacaciones, entonces estaba dispuesto a volver a Buenos Aires para demostrarle su amor. Natalia recibió la idea con incomodidad. No hace falta, dijo. Eso lo descolocó. Venía preparado para sacar el pasaje, y ella le dijo que tenía que trabajar. Decime otra cosa, pidió él. No me dejes así.

-Sos un buen chico –repitió Diego más tarde, en la calle, a punto de llorar de vuelta–. Pero esto no va.

Y cortó.

Caminamos un buen rato juntos, sin mirarnos.

-El amor es una parte –dijo–. Ella es más grande. Faltó lo demás.

La idea sonaba en mi cabeza sin encontrar su lugar, como en una ruleta donde cualquier cosa podía resultar ganadora: la tristeza, el alivio, la desesperación. Pero no salía nada, aunque yo experimentaba un poco de todas esas sensaciones.

Era la hora en que la gente salía de sus casas otra vez, después de la playa, para ir a cenar. Mucho aroma a perfume importado, champú y desodorante en todas partes. Un rugbier iba de la mano con su novia. Como en un aviso publicitario, me pareció que sonreían los dos. Un rubio flaco, en musculosa, besaba a una chica en un banco de la plaza. Otra pareja elegía mesa en un restaurante. Lo hacían como un juego: acá no, acá tampoco, aunque era obvio que les daba lo mismo. Buscaban el acuerdo: dónde estaba. Al final se sentaron a una mesa en la vereda, al lado de una sombrilla plegada.

La diferencia entre el Eric del presente y el de unos meses atrás, era que el de ahora conocía lo que añoraba. No tenía fantasías incomprobables, como cuando asimilaba el sexo a la pornografía, y el amor a la ciencia ficción. La realidad era algo más desprolijo, donde las cosas sucedían cuando uno no las notaba. Vero y yo no éramos Leia y Han Solo, pero no estaba mal tampoco. Lástima que –por mi culpa– ya era tarde.

El amor era una sensación de abandono.

Llegamos a una callecita de grava, cerca de la casa de los padres de Hernán. Soplaba el viento de la playa. Los faroles alumbraban a los bichos que volaban en el aire. Diego los espantaba con la mano.

-Me tienen podrido –les gritó.

-Tenías razón –dije.

-¿En qué?

-Con lo de Laura.

-Ah.

Parecía más viejo, encorvado. El amor envejecía todo. Pensar que un rato atrás yo había desconfiado de él. Ahora estábamos los dos en el mismo lugar. ¿O no? No: a mí todavía me quedaba alguna posibilidad de enderezar las cosas. Después de todo, a Vero no le había confesado nada. Una alternativa era negarlo todo, hacerme el ofendido, esperar a que volviera sola. La otra era intentar reconquistarla. Al fin y al cabo, un par de besos con Laura no eran para tanto. El amor pasaba por otro lado.

La casa estaba iluminada. Hernán nos abrió la puerta con una cerveza en la mano. Estaba eufórico. Los viejos se habían ido a pasar la noche a Cariló.

-Hoy cogemos –dijo.

Miré hacia atrás. Las tres chicas estaban sentadas a la mesa del fondo. Laura me saludó con la mano.

lunes 12 de enero de 2009

El locutorio

Los locutorios empezaron a proliferar después de las privatizaciones, cuando conseguir una línea telefónica ya no era el trámite infinito que había sido hasta entonces. Al principio en la costa, luego en todas partes. Nunca me acostumbré a la intimidad precaria de las cabinas, donde cada movimiento podía ser registrado por algún otro, y la voz siempre se escuchaba al menos un poco. Hablar por teléfono, hasta entonces, era un acto privado, excepto por los teléfonos públicos anaranjados de Entel, que casi nunca funcionaban. Con los locutorios y sus cabinas de vidrio, se transformó en una especie de reality show.

Cuando terminé de hablar con Vero, me quedé sentado con el auricular en la mano. No quería volver a llamarla. Pero necesitaba aclarar la situación. Me asombraba la rapidez con la que me había sacado la verdad. Primero pensé que la culpa era mía. Prácticamente le había confesado mi infidelidad. ¿O no? ¿Tan evidente había sido todo? Pensándolo bien, lo de Vero parecía magia. Como si supiera todo de antemano.

Un tipo entró en la cabina de al lado. Se sentó de espaldas a mí, contra el vidrio, como para tener un poco más de intimidad. Estaba muy bronceado. Lo vi de perfil, en el espejo que tenía en frente. Usaba barba candado. Tenía un rolex en la muñeca izquierda, con la que sostenía el auricular.

Diego entró en el locutorio y pidió una cabina. Lo vi desde la mía, mientras dudaba en volver a llamar. Le asignaron la primera, bien adelante. Su mirada estuvo a punto de cruzarse con la mía, pero no me vio. Parecía nervioso. La última vez que lo vi ese día había sido unas horas antes, cuando se fue de la casa para venir al locutorio. Quería hablar con Natalia. Pero eso fue a la mañana. Me llamó la atención que viniera otra vez.

Levantó el tubo y marcó. Empezó a hablar al mismo tiempo que mi vecino de cabina establecía su comunicación.

-Hola linda –dijo.

Su voz, apenas amortiguada por el vidrio, se sobreimprimía a los labios de Diego, como el doblaje de una serie en televisión.

-¿Cómo? ¿Y ahora qué hacemos?

Me recliné sobre mi asiento. Mis ojos no se apartaban de Diego, que hablaba y gesticulaba.

-Me va a matar.

Una idea se me cruzó por la cabeza. No, no podía ser.

Marqué el número de Vero.

Daba ocupado.

-Te dije que fuéramos despacio. Es un pelotudo, pero tampoco quiero ponerme en contra de él.

No puede ser, pensé otra vez. Era una alucinación óptica. Una alucinación auditiva. El locutorio me traía ideas siniestras. Me hacía mal a la salud. Mejor salir de ahí. Cualquier cosa antes de seguir pensando lo peor.

-Es mi amigo. Pero yo te quiero a vos.

Salí de la cabina. Me sentía mareado. Solo. En la cabina de adelante, Diego cortó la comunicación. Se agarraba la cabeza. Todavía no me había visto. No sé en cuántas cosas pensé durante el tiempo que me llevó caminar hasta su cabina y abrirle la puerta.

-¿Con quién hablabas? –pregunté.

Él pegó un salto en la silla. Me miró.

-Qué hacés acá.

Nos quedamos en silencio.

-Con Nati –dijo al final.

-No me mientas.

Y en ese instante, ese segundo mínimo, el locutorio se paralizó. La gente hablaba y gesticulaba alrededor nuestro. Cada uno en su stand up. Pero para mí, sólo estábamos él y yo. Diego y yo y las lágrimas que le empezaban a asomar.

-Boludo –dijo–, me dejó.

viernes 9 de enero de 2009

El winner

Esos primeros días de vacaciones yo me sentía un winner. En la playa era uno más. Jugaba al voley, tomaba sol y me deslizaba por las olas con la tabla de Hernán. Una tarde me encontré con Laura. Caminamos hasta los médanos en la entrada de Pinamar. La arena era más fina, más caliente. No había nadie. La única sombra venía de un arbusto medio inclinado por el viento. Conversamos un rato. Pero hacía calor y en el fondo, ninguno de los dos tenía ganas de hablar. En algún momento, nos besamos. No dijimos nada a partir de entonces. O al menos yo no dije nada. No podía ni escuchar. Volvimos cuando caía el sol.

-Sos lindo –dijo en el camino.

Y a mí me pareció lógico, de alguna manera, que todo hubiera pasado.

Al menos por un rato.

Esa noche no dormí bien. Soñé que me ahogaba. La corriente me llevaba mar adentro. Diego me gritaba algo desde la playa. Yo le hacía señas. “No puedo volver”, decía. Pero él no me escuchaba o no quería escuchar. Entonces me desperté y lo vi roncando en la cama de al lado. Antes de acostarnos, me había preguntado cómo me fue con Laura.

-Te estás mandando una cagada –dijo.

Yo no le dije nada. Seguía enojado por su actitud del primer día, aunque él no se daba por enterado.

Hernán estaba saliendo con Solana, la amiga de Laura.

-No te des manija, forro –decía–. Estás en Pinamar.

Me pareció que de alguna forma tenía razón. En Pinamar había algo que, a mis ojos de entonces, habilitaba algunos excesos. La gente estaba para pasarla bien. Cada tanto nos cruzábamos con algún político o personaje de la televisión. Las revistas venían ilustradas con fotos de lugares donde habíamos estado. Diego salió de fondo en una tapa de Noticias, jugando al truco, con Barrionuevo en primer plano. Eso me persiguió un poco. A partir de entonces, sin dar muchas explicaciones, le insistí a Laura en ir siempre a los médanos. Ella creía que lo decía para tener más intimidad, lo cual en el fondo era cierto. Las conversaciones no iban más lejos de Pinamar. Qué íbamos a hacer a la noche, el buen tiempo que nos había tocado. No había mucho más que decir. Ella tampoco mencionaba lo que iba a pasar después. A ver si nos escracha algún fotógrafo, pensaba yo.

La primera vez que hablamos por teléfono, Vero se quejó de que yo había tardado mucho en llamarla. En otras circunstancias me hubiera parecido lógico, pero actué como si ella no tuviera razón.

Esa noche tampoco dormí bien. Dos días más tarde, la volví a llamar.

-¿Vos estás con otra? –preguntó.

Me agarró de sorpresa. Tardé dos o tres segundos en contestar.

-¿Por qué decís eso?

-Me imaginaba –dijo.

Y cortó.

jueves 8 de enero de 2009

El circo noventoso

La gente de elacople.com me hizo este breve cuestionario. ¡Muchas gracias!

El cinismo

Después de los fichines fuimos a dar una vuelta. Nosotros tres y ellas tres. Había dejado de llover y las calles de Pinamar se llenaron de gente. Nos sentamos en un cantero, cerca del centro comercial. A dos cuadras, en un escenario al aire libre, tocaba una banda de country. La voz del cantante llegaba en oleadas, cuando el viento soplaba a favor.

But don't tell my heart, my achy breaky heart
I just don't think it'd understand.

Diego nos acompañó, pero estaba en otro lado. Miraba al suelo, iba y venía, no intervenía en la conversación.

-¿Te pasa algo? –pregunté en voz baja.

No me dijo nada.

Hernán contaba una anécdota del colegio. De cómo habíamos saboteado el acto del día de la primavera. La historia era real, sólo que no nos había pasado a nosotros. Los verdaderos protagonistas eran unos pibes de quinto que conocíamos de los recreos. Habían colgado afiches que decían “Este acto apesta” en el escenario, unos minutos antes de que se levantara el telón. Lo cual era bastante cierto, según la opinión secreta –y no tanto– de todo el mundo. Se comieron un par de amonestaciones, pero fue lo mejor de esa mitad del año escolar.

Laura se rió. Se había sentado al lado mío, al borde de un cantero de plantas ralas. Hernán y su chica estaban sentados en frente, mientras que la restante miraba aburrida a un costado.

-¿Ustedes hasta cuándo se quedan?

-Hasta el otro viernes –dijo Laura.

-¿Cuándo llega Vero? –preguntó Diego.

Pensé que lo había dicho por error. Pero me miraba a los ojos, esperando mi respuesta. Pocas veces le había visto esa mirada.

-¿Quién es Vero?

Laura estaba de espaldas a un farol de la calle. La luz era amarilla en Pinamar, y las sombras le delineaban la cara. Pensé que me gustaba. Estaba vestida con una remera de Hendy. El bronceado se le notaba a través de la oscuridad. La imaginé tirada sobre la arena, tomando sol en la playa. Mañana, pensé. Podíamos ir al mismo balneario. Almorzar juntos, salir a bailar. Las vacaciones, en ese momento del verano, me parecían una aventura interminable. Y Vero llegaba el sábado en dos semanas. No se iban a cruzar.

Diego sacudió la cabeza, como si lo anticipara.

-Es una amiga –respondí.

miércoles 7 de enero de 2009

Cumpleaños

Un día te levantás y tenés treinta. Ese día todos los conflictos de catorce, quince años atrás, te parecen menores, como una espuma insustancial. Ecos de un pasado que de alguna forma te configuró pero ahora, de repente, te parece mucho más lejano que ayer. Y no cambió nada.

Resulta que ese día, justo ese día, tenés –querés, vos mismo te pusiste en ese lugar– que contar algo que vos mismo hiciste, y en aquel momento te dolió. Lo habías olvidado hasta hace un tiempo, cuando abriste el blog. Quisiste olvidarlo. Después lo disfrazaste de telecomedia juvenil. Lo idealizaste un poco, pero de todas formas te parece una buena forma de acercarte a la verdad.

Y te sentás a escribir y por primera vez en varios meses, no te sale. Todo tu pasado es blanco, no sabés ni cómo empezar. Entonces te enojás con vos mismo por no haberlo preparado antes. En treinta años nunca fuiste previsor. Otra asignatura pendiente, y quedan unas cuantas. Pero también pensás que eso no está mal. Que al fin y al cabo, siempre te gustaron las cosas urgentes, porque así te salen mejor.
Todos los días menos hoy, que todo es presente.

Entonces pedís disculpas. Y por este día, salís a festejar. Mañana continuará. Como siempre, por este mismo canal.

martes 6 de enero de 2009

Los fichines

En los veranos anteriores, me acostumbré al Sacoa de Villa Gesell. En Pinamar no existía la cadena, pero había varios lugares similares. Nos metimos en uno un rato después de la heladería. Hernán protestaba porque yo no había intervenido en la conversación con las chicas, pero me sentía aliviado. Una vez lejos de ellas, todo había vuelto a su lugar. Como represalia me liquidó al Mortal Kombat. Flawless Victory, indicaba la pantalla. Jugamos tres o cuatro veces más, con el mismo resultado.

Diego las vio venir un rato más tarde, desde el asiento del Out Run. Estaban a unos metros de nosotros, las tres en ronda, esperando turno en el Wonder Boy. Ya nos habían visto.

-Haceme la gamba –dijo Hernán.

Pero no fui con él, a pesar de que insistió. Jugué otro partido en el Out Run. Era un juego viejo ya en aquel entonces, pero me gustaba. La cabina tenía volante, palanca de cambios, freno y acelerador. En pantalla se veía la parte trasera de la Ferrari que yo iba manejando, con una rubia en el asiento de al lado. Mientras tanto, Diego hablaba:

-Él porque no tiene novia –dijo–. A mí me parece bien que vaya. Pero que no nos venga a joder a nosotros. Yo también quiero pasarla bien.

Mi Ferrari se fue de la pista y ya no pude encarrilarla otra vez.

-Dejame de hinchar las pelotas –dije.

Me fui a dar una vuelta solo. Se hacía de noche. Seguía lloviendo, pero adentro estaba lleno de gente. En el local había un sector de juegos infantiles, otro de pool y tejo y finalmente el de los videojuegos, que era el más grande de todos. A lo lejos, lo vi a Diego intentando sacar un oso de peluche de una máquina. La garra metálica lo tomaba de la cabeza y lo dejaba caer otra vez. Me arrepentí de haberlo mandado a la mierda. Diego tenía muchas teorías. Era, de nosotros, el que más sabía de videojuegos, pero últimamente venía diciendo que no valía la pena jugar a algo en lo que no se podía ganar. Que los dueños de Sacoa, Center Play y los otros locales similares se estaban haciendo ricos a costa nuestra, así que había que sacar algo a cambio. Un peluche, al menos. Desde que la conoció a Natalia, Diego había cambiado bastante.

Al menos en teoría, yo estaba de acuerdo con él. Pero a mí el noviazgo no me había cambiado tanto. Los fichines me gustaban. Eran para pasar el rato, no para ganar. Hernán opinaba igual. Estaba cerca mío, jugando al Pac Man con una de las chicas de la heladería. Solana, se llamaba. Las otras dos no estaban por ninguna parte.

Mejor, pensé. Total, a mí no me interesaban. Ni la flaca alta ni la otra, Laura, que me había mirado.

Me acordé del locutorio que quedaba en frente del local. Era un buen momento para llamar a Vero. A esa hora, seguro que la encontraba. Imaginar su voz ya era sentirme un poco en casa. Que me pregunte qué había hecho, cómo estaba. Llamé dos veces pero no me atendió nadie. Al final dejé un mensaje en el contestador.

Me la crucé a Laura cuando volví al local. Tenía los ojos muy azules, y el pelo atado. Estaba haciendo cola en el Bubble Bubble. Adelante había dos o tres personas más.

-Hola –dijo–. ¿Cómo estás?

lunes 5 de enero de 2009

Helado de frambuesa


-Frambuesa es de putos –dijo Hernán.

Yo me encogí de hombros, con el cucurucho en la mano.

El primer día en Pinamar nos agarró la lluvia. Llegamos a la hora del almuerzo, comimos las milanesas que nos había preparado la madre de Hernán y al rato se largó. Esperamos unas horas pero la tormenta no amainaba. Terminamos en la heladería porque no teníamos nada mejor que hacer.

-¿Vos qué te pediste?

-Frutilla y chocolate.

-Ahora se pide frambuesa, papá.

En parte era cierto. La frambuesa y en menor medida los frutos del bosque y la banana split, eran los gustos de los noventa. Las heladerías habían cambiado. Desaparecieron de la vista los azulejos y las máquinas que hacían helado artesanal. Las cadenas al estilo de Tucán y Ruta 66, con sus sabores estandarizados y artificiales, empezaron a perder locales. Comenzó la era del ficus, las puertas de vidrio y el empapelado. En todas partes, pero especialmente en Pinamar.

Pero para mí, el gusto a frambuesa tenía otro significado. El preferido de Vero, y yo la extrañaba. Empecé a arrepentirme de haber viajado solo. ¿Qué estaría haciendo? ¿Me extrañaba, ella también? Me acordé de cuando nos pedimos un cuarto de frambuesa en el Freddo que quedaba cerca de su casa. Después el gusto también apareció en la lista de la heladería Irupé, en Villa Ballester.

Nos sentamos en un banco, debajo de un toldo donde golpeaba la lluvia, al costado de una palmera artificial. Mi helado estaba bien. Tenía un color rojo que impresionaba. Diego se había pedido sólo de limón. Tenía la teoría de que no había que mezclar los gustos, porque eso confundía al paladar.

-Mirá las minas.

Hernán las señaló con la cucharita de plástico. Era un grupo de tres. Habían venido corriendo en la lluvia, y tenían las remeras empapadas. Se sentaron en frente de nosotros, con los helados en la mano.

-Vamos a hablarles –dijo Hernán.

-Yo paso –dijo Diego.

-Cagón.

-Boludo, estoy de novio –dijo y se levantó.

Quedamos Hernán y yo.

-¿Vos también te vas? –dijo– Es para divertirnos. Un ratito, nada más.

Tenía pensado llamarla a Vero después de la heladería. Imaginé mi propio relato: “Nada, está lloviendo, nos comimos un helado y ahora vamos a los fichines. No hay mucho más para hacer”.

-Arrancá vos –dije.

-¿Qué gustos prefieren, chicas? –preguntó Hernán.

-Frambuesa –dijo una.

-Frutos del bosque.

-Banana split.

Se rieron las tres.

En ese momento me di cuenta de que Hernán tenía una facilidad de la que yo carecía por completo: con cualquier cosa, iniciaba una conversación. Las chicas se llamaban Jessica, Solana y Laura. Habían llegado el día anterior. Era la segunda vez que tomaban helado desde entonces. Venían bronceadas de Buenos Aires. Habían estado un rato en la playa, a la mañana. Me pareció que Laura me miraba.

-¿Les gusta Pinamar? –preguntó Hernán.

Y yo me quedé callado, mientras se me derretía el helado de frambuesa en la mano.

viernes 2 de enero de 2009

Sol sin drogas

-¿Viste el cartel?

-¿Cuál?

-El de Maradona. Recién lo pasamos.

-¿Qué decía?

-“Sol sin drogas”.

-Parece que largó.

El micro avanzaba silencioso por la ruta. Diego iba del lado de la ventana, yo a su derecha. Hernán, que viajaba atrás nuestro, al lado de una vieja que leía a Cohelo, se había sentado sobre mi apoyabrazos. Habíamos salido de Retiro dos horas antes. Nos faltaba otro tanto para llegar a Pinamar.

-¿Trajiste el discman?

Diego negó con la cabeza.

-Se rompió el lente.

-Boludo, hubieras avisado –dijo Hernán–. Yo me olvidé el mío.

En el asiento de al lado, una rubia muy bronceada leía con anteojos de sol la revista Caras. Era seis o siete años mayor que nosotros. Pasaba las páginas con ansiedad y cada veinte o treinta minutos se levanataba para ir al baño. La tapa de la revista anunciaba una nota sobre el veraneo de Valeria Lynch en Punta del Este. En la foto se la veía exultante, parada en frente del ventanal blanco, en una terraza con vista al mar. Un recuadro más pequeño mostraba a Mauricio Macri y una mujer en bikini, “de paso por Pinamar”.

-Está todo el mundo en Pinamar y en Punta del Este.

-No sabés las minas que hay –dijo Hernán.

-Prefiero Gesell –dije.

-Andá a cagar.

Se había peleado con Maru, la chica con la que estaba saliendo, el día anterior. Lo contó sin dar muchas vueltas, en la terminal. Siempre que hablaba de ella, lo hacía sin entusiasmo. En ese entonces, yo ya había aprendido que había dos tipos de separaciones: las que se sufren, y las que no. La de Hernán era una de las últimas. Eso estaba claro.

La rubia en el asiento de al lado cerró la revista y la apoyó sobre sus piernas, con la tapa vuelta hacia abajo, donde Araceli González posaba en ropa interior para una propaganda de Caro Cuore.

-Disculpame –dijo Hernán–. ¿Me prestás la revista?

Ella lo miró con cierta mala onda, como si la hubiera distraído de un pensamiento muy importante. Visto de frente, su bronceado era tan perfecto como el de Valeria Lynch en la Caras.

Está buena, pensé.

-Sí –dijo–. Tomá.

Y le alcanzó a Hernán la revista.

-Gracias. Es que no trajimos el discman y el viaje se hace largo… ¿Vos también te bajás en Pinamar?

La rubia le dijo que sí y reclinó su asiento. Imaginé que cerraba los ojos debajo de sus lentes de sol. Parecía tensionada. Se movió un rato largo buscando una posición que le resultase cómoda. Después se levantó otra vez para ir al baño.

Hojeamos la revista. El noventa por ciento de las notas era sobre gente en la playa o en mansiones que daban al mar. En una de ellas, desde Pinamar, Diego Maradona hablaba acerca de su participación en la campaña “Sol sin drogas”.

-Lo hago por los chicos –decía–. La droga existe en todos lados y yo no quiero que la agarren los pibes. Tengo dos nenas y me pareció que era bueno decir todo esto, una obligación de padre... Fui, soy y seré drogadicto

-Unos huevos así de grandes –dijo Diego.

-Boludo, tiene las pupilas dilatadas.

Lo miré de cerca. No me pareció, pero no dije nada.

El resto de las páginas transcurría entre boliches nocturnos y avisos publicitarios de ropa. En una pista de baile coincidían unas cuantas modelos, Pancho Dotto, Franco Macri, un funcionario del gobierno y varios actores de televisión. Todos sonreían a las cámaras. Los dientes, blancos como hielo glacial.

-Tenemos que ir a Ku –dijo Hernán.

La rubia volvió del baño. Le devolvimos la revista.

-Gracias –dije.

Ella se pasó un pañuelo de papel por la nariz. No dijo nada. Nos dio la espalda otra vez. Nosotros nos quedamos callados un rato. Al final, Diego habló:

-Che –dijo–. ¿Se consigue merca en Pinamar?