martes 30 de junio de 2009

Olivos

Mantelitos bordados, fotos familiares y retratos de caballos o fruteras con manzanas, duraznos y bananas adentro. Todo muy limpio y ordenado. La casa de Laura, en frente de la quinta presidencial, parecía ajena a la intensa vida nocturna que ahí se desarrollaba. En plena madrugada, con mucho silencio y viento a favor, se escuchaba el sonido de una pelota rebotando contra un piso de cemento. Los vecinos decían que era Menem, desvelado, jugando al básquet con algún asesor. Yo me imaginaba al asesor muerto de frío, en pantalones cortos. También se contaban historias acerca de camiones cargados de vedettes que entraban y salían de la quinta y las personalidades que, noche a noche, transitaban la neblina con anteojos de sol: empresarios, modelos, sindicalistas, conductores de televisión. Una vez ví un programa donde habían hecho un informe especial sobre el tema. Ponían música misteriosa, un periodista con sobretodo negro, títulos enormes que decían “la seducción del poder” y después no contaban nada.

Llegamos temprano. Nos recibió la hermana menor de Laura, que se quedó conversando con Hernán. Diego y yo nos fuimos directo al jardín, donde la fiesta iba a tener lugar. El pasto parecía una alfombra verde y al fondo, en el quincho, alguna gente bailaba. Laura nos vino a saludar. Tenía una pollera hindú.

-Linda fiesta –dije.

-Aproveché que mis viejos se fueron de viaje.

-¿Cuándo vuelven? –pregunté.

-La semana que viene –dijo–. ¿Por?

Miré a mi alrededor. Había unas veinte o treinta personas, pero seguía llegando gente. Todos tenían un vaso en la mano.

-Para ordenar tenés tiempo –dije–. Menos mal. Te va a quedar un quilombo bárbaro acá.

La sonrisa se le congeló en el aire.

-No es para tanto –dijo Diego.

-Por mi viejo no hay problema –dijo ella–. La hinchapelotas es mi vieja, pero todo bien.

Estiré el cuello.

-¿Aldana vino?

Un gordito muy perfumado, con camisa de Armani, entró gesticulando por la puerta.

-¡Laurita! –gritó– ¡Yegua! ¿Cómo estás?

Se abrazaron efusivamente. El gordito nos miró.

-¿Y estos dos churros? –dijo– ¿Quiénes son?

Laura nos presentó. El gordo se llamaba Nacho. Nos abrazó a nosotros también. Después se acomodó la bragueta. Laura se rió.

-¿Qué hacés? –dijo.

-Vengo de coger.

Contó que había estado en una orgía.

-Había de todo –dijo con entusiasmo–: jueces, diplomáticos, no sabés... Me fui más temprano porque venía para acá.

-Te hubieras quedado –dijo Laura.

Nacho la ignoró.

-¿Cuándo vas a dejar que te haga la cola? –dijo mirándole la espalda–. Guacha, venís cada vez mejor.

Laura se ruborizó hasta las orejas.

-No le den bola... –nos dijo a Diego y a mí.

Diego se fue a un costado. Yo me miré los pies.

-¿Qué pasa? –dijo Nacho– ¿No cogieron todavía?

Nos señalaba a Laura y a mí.

-Basta, te lo pido por favor... –murmuró ella.

-¿Qué tiene de malo? –dijo él– Es algo natural.

Me encogí de hombros.

-Claro –dije.

Nacho me apoyó la mano sobre la espalda y la dejó ahí un rato.

-¿La tenés grande? –preguntó.

Yo tragué saliva.

-Más o menos –dije.

El gordo hizo un gesto pensativo.

-Bueno... –dijo– “Más o menos” es mejor que nada.

Nos dio una palmada en los hombros a los dos y se fue a tomar algo.

-Disculpalo –dijo Laura–. Nacho es así. Lo conozco del secundario.

-Todo bien –dije.

Nos miramos un rato. Diego había desaparecido de mi lado.

-¿Querés tomar algo? –preguntó.

Asentí con la cabeza.

-¡Laura! –dijo una voz al lado nuestro.

Me volví para mirarla.

Era Aldana.

lunes 29 de junio de 2009

El neurótico

Por Diega

Si conocés a una chica y la chica no te da mucha pelota, si le prestás un libro aunque ella no quiera, si después nunca te llama y encontrás ese mismo libro en una librería de usados, eso quiere decir que la chica te cortó el rostro. Acá, en Ciudad Gótica y en Krypton. Yo le decía a Eric:

-Esa chica te cortó el rostro.

Y él dale con que Aldana es buena, que debe haber tenido algún motivo para que el libro estuviera ahí (encima lo volvió a comprar). Yo creo que el chabón tenía un problema. En el fondo le gustaba quejarse, que le fuera mal. Le gustaba sufrir pero el amor no es eso, no? Es querer y que te quieran sin tantas vueltas, como era él al principio con Vero, después metieron la pata los dos y se pudrió todo. Bah, yo no sé por qué hablo, tampoco tuve tanta suerte en realidad, pero bueno, la cuestión es que el flaco se metía en quilombos a propósito, y cuando las cosas podían salir bien se comía los mocos. Eso fue lo que pasó con Laura, la amiga de Aldana que conoció en la facultad.

En realidad ya la había visto antes pero ni siquiera se le acercó a hablar. La mina cursaba Francés con él. En una clase la encaró y empezaron a hablar, Eric dale preguntar por Aldana, ella le dijo que estaba con mucho laburo, que por eso había largado las materias, y a partir de ahí medio como que se hicieron amigos. Cada vez que Eric venía a casa, contaba alguna anécdota con Laura y casi siempre eran boludeces: que Laura había visto tal película, que le gustaba Pearl Jam, que era una mina muy copada y yo le preguntaba:

-¿Por qué no la invitás a salir?

Entonces el chabón se ponía blanco, inventaba excusas, decía que a él en realidad le gustaba Aldana. Y hacía dos meses que la había visto por última vez! Me daba pena por él. Encima después la conocí a Laura y me pareció divina. No porque fuera linda o no linda (ojo, era muy linda). Se parecía un poco a Vero pero sin la parte oscura, como Bruce Banner sin Hulk. Además les gustaban más o menos las mismas cosas, no sé, era una pareja cantada, Hernán opinaba lo mismo que yo asi que tan equivocado no estoy.

La cuestion es que se veian casi todos los dias, estaban todo el tiempo pendientes de lo que le pasaba al otro, pero el chabón dormía y la cosa no iba para ningún lado. Yo pensé: “a la larga lo va a mandar a la mierda”, pero al final no porque la mina era copada de verdad. Posta, la mejor que conocio en mucho tiempo. Al final un día la chica va y le dice:

-Te invito a una fiesta en mi casa. Podés venir con tus amigos si querés.

El se puso como loco. Imaginate: conoce una mina que le gusta (porque en el fondo le gustaba, yo lo conozco bien), la chica tiene toda la onda, lo invita a una fiesta y el boludo lo primero que le pregunta es:

-Aldana va a ir?

viernes 26 de junio de 2009

Gripe

Por razones de gripe reincidente, no voy a postear hoy. Sepan disculpar... Refrianex mediante, mañana subo la continuación de la historia con Aldana.

jueves 25 de junio de 2009

El éxito

Antes de que le agarrase el Parkinson, yo quería ser como Michael J. Fox.

En la serie “Lazos familiares” era el hijo ejemplar de una familia radiante. Tenía novia, amigos, bienestar económico y un futuro envidiable. En “Muchacho lobo” jugaba al básquet y se transformaba en hombre lobo, pero era buen tipo y la gente a la larga lo aceptaba con sus defectos y virtudes. Encima, se levantaba a la chica que más le gustaba. Y en “Volver al futuro” viajaba al pasado, enamoraba a la madre, trataba al padre como a un nabo y torcía el rumbo de su historia familiar. Casi al mismo tiempo hizo “El secreto de mi éxito”, donde se encamaba con la mujer de su jefe –que para colmo era su tío– y eso le permitía ascender en la empresa y transformarse en un yuppie exitoso. Siempre le iba bien en todo. A mí, cuando me iba bien en algo, nadie me creía. Yo mismo pensaba que era una especie de error o malentendido que iba a quedar pronto al descubierto.

-Boludos, les juro que es verdad –dije.

Hernán y Diego se miraron entre sí. Lucas, que estaba en brazos de Diego, cesó inesperadamente el llanto, como si hasta él fuera un escéptico.

-Fuiste de ganador –dijo Hernán–. Por eso te salió bien.

La iniciativa no había sido el producto de ningún razonamiento. Salió sola, pero me dejó la sensación de que había descubierto una clave. Para que las cosas salieran bien, había que mentir un poco. No mucho, para que no se note. Darles un toque de maquillaje. Me acordé de algo que habían sugerido una vez por televisión, acerca de cómo redactar un currículum vitae. Si uno había sido cadete, en lugar de utilizar ese término, convenía poner: “encargado de tareas administrativas varias”. Lo importante, ante todo, era dejar la sensación de que uno no era un buscavidas, como tantos otros de la clase media, como casi todos los que andaban por los mismos lugares que yo, sino alguien especial, tocado por la gracia o por la suerte, como Michael J. Fox.

-¿Y ahora qué hago? –pregunté.

Habían pasado cinco días desde que le di mi libro a Aldana y no tenía noticias de ella hasta entonces.

-Indiferencia –dijo Hernán–. Si no, quedás como un pajero. Cuando te llame hacé de cuenta que ni te acordás quién es.

-Es verdad... –asintió Diego con cautela.

-Eso las vuelve locas.

Yo me quedé pensando. Hernán me apoyó la mano en el hombro.

-Ánimo, salame –dijo–. Vas bien. A esta le tengo fe.

Volví a casa con el ánimo abatido, aunque no sabía ni por qué. Esa noche me quedé pensando en Aldana hasta tarde, mientras escuchaba un compilado de temas tristes de Pearl Jam. Como había hablado poco con ella, completaba el resto con la imaginación: Aldana yendo al jardín de infantes, Aldana con sus amigas, Aldana leyendo un libro, opinando de política, literatura o programas de televisión. Después me levanté de la cama y escribí un poema de amor. Al día siguiente se lo llevé a José, mi profesor de taller literario. Eran dos estrofas breves, pero tardó más de diez minutos en leerlo. Como siempre, yo temblaba.

-Lo único rescatable es esto –dijo señalando un verso: “Mi corazón de miedo frío”.

-Gracias –dije y suspiré con alivio.

-...pero ya lo escribió Neruda antes.

Me había olvidado. Él mismo me había leído el poema de Neruda, en voz alta y con entonación solemne, la semana anterior.

Pasaron dos días más. Aldana seguía sin llamar. A la salida me detuve en la mesa de un vendedor de libros usados. Era un hippie de edad indeterminable, que fumaba en pipa y compraba y vendía ediciones viejas de los clásicos. Mientras revolvía en la mesa, un pensamiento oscuro se me cruzó por la cabeza.

“No puede ser”, pensé.

Pero ahí estaba. Lo encontré dos minutos después. Era un ejemplar de “La educación sentimental” de Flaubert, con mi número de teléfono anotado en la página de adelante.

miércoles 24 de junio de 2009

El sobaquero

La práctica del sobaqueo estuvo bastante extendida, desde siempre, puertas adentro de la facultad. Puertas afuera, en los noventa, su efectividad era escasa o inexistente. La gente estaba preocupada por cuestiones más superficiales como el programa de Tinelli, la posible nueva reelección de Menem o la desocupación. Todas las mañanas, antes de salir de casa, yo seleccionaba el libro que me iba a llevar ese día, que a veces no era el mismo que estaba leyendo en ese momento. En el primer año de la carrera sobaqueaba a Proust, Nietzsche y Balzac. Estaba atento a los libros que sobaqueaban los otros, que siempre tenían algo que decir acerca del personaje que querían interpretar. Entre los que recién ingresábamos a la facultad, los best sellers –además de Nietzsche– eran Kafka, Dostoievski y un par más. La filosofía analítica, la escritura minimalista, quedaban para el carácter más reposado, en do menor sostenido, de los estudiantes más avanzados en la carrera.

Hasta el momento, en la facultad, no había conocido a nadie más que a Pablo y Mariano. Pablo no despertaba grandes pasiones y Mariano directamente espantaba a la gente que se acercaba hasta nosotros, que de todas formas no era más que dos o tres desorientados que preguntaban dónde estaba la fotocopiadora, o si habíamos conseguido tal o cual diálogo de Platón. Mi único refugio era la clase de Francés, donde se mezclaban alumnos de todas las carreras que se dictaban en la facultad. Mariano ni pasaba por la puerta, y Pablo abandonó la materia antes de empezar, así que estaba sólo y anónimo en el fondo, desde donde tenía una buena perspectiva del aula.

En aquel entonces, yo sobaqueaba una novela de Flaubert: “La educación sentimental”. Aunque tenía intenciones de leerla, hacía días que no pasaba de la página diez. En el curso de Francés, entre los cuadernos, mochilas y morrales, la selección de libros era previsiblemente más heterogénea que en cualquier otra materia.

Un día, en la segunda o tercera clase, se sentó una chica al lado mío. Ya la había visto en la clase anterior, de lejos. Iba siempre sola. Las fotocopias que tenía sobre el banco delataban que estudiaba ciencias de la educación. Había, además, un guardapolvo de maestra jardinera en el fondo del bolso.

Faltaban todavía unos minutos para que empezara la clase. La gente iba llegando de a poco. Yo me abismé en la lectura de Flaubert, o hice de cuenta que me abismaba, mientras espiaba de reojo a la chica que subrayaba las fotocopias con un resaltador amarillo.

-Disculpame –dije después de un rato–. ¿Sabés si dieron ejercicios para esta clase?

Apoyé el libro sobre el banco, con la tapa a la vista. Ella le echó una ojeada rápida antes de responder.

-Creo que no –dijo–. Esperá que me fijo.

Mientras abría su cuaderno yo le observaba el pelo, lacio y castaño, que apenas le rozaba los hombros. Debajo, en las orejas, se adivinaban dos pequeños aros blancos, como perlas, casi escondidos entre la maraña de cabello.

-No dio nada –dijo al final.

-Gracias.

Nos quedamos en silencio otra vez. Yo agarré el libro y lo volví a depositar sobre el banco. Ella dejó sus fotocopias de lado. Miraba el aire. Me pareció que buscaba conversación.

-¿Te gusta Flaubert? –pregunté.

-¿Quién?

Le alcancé el libro.

-No lo conocía –dijo–. ¿Qué tal es?

-Es un clásico –señalé.

-¿De qué se trata?

Ensayé alguna explicación.

-Me llamo Eric –dije–. ¿Vos?

-Aldana -respondió.

La clase transcurrió sin incidentes. Cada tanto, la miraba. Nos despedimos con un beso. Al día siguiente me la crucé en el bar. Estaba sola. Leía fotocopias mientras tomaba un café.

Me senté a su lado. Conversamos un rato. Me contó que trabajaba a la mañana en un jardín de infantes.

-Son divinos los chicos –dijo.

-A mí también me gustan –afirmé.

Me acordé de Lucas berreando al lado de Sonia, el día en que nació. Su llegada me había cambiado. Era como si la presencia de un bebé irradiara algo. Aldana se me acercaba no como un best seller donde ya sabemos la historia antes de leerlo, sino como una historia real, con la tinta fresca.

El tiempo pasó muy rápido. Ella me gustaba. En algún momento, miró el reloj y dijo:

-Me tengo que ir.

-¿Nos vemos en Francés? –suspiré.

Me contó que había largado la materia.

-Tengo poco tiempo –dijo.

Yo abrí el libro de Flaubert y anoté mi teléfono en la primera página.

-Tomá –dije–. Te lo presto.

Ella me miró en silencio.

-Pero si lo estás leyendo... –dijo.

-Ya lo terminé.

Lo agarró con desconfianza.

-No sé... no tengo tiempo.

-Dale –dije–. Después me contás.

martes 23 de junio de 2009

Secuela

-Es como tener una secuela –dijo Diego.

Yo lo miré a Lucas, que pataleaba suave en la cuna, siempre a punto de dormirse y no. La madre de Diego decía que se parecía a él. La madre de Sonia opinaba que no. Lo miré a Diego otra vez.

-La secuela –dije– es mejor que la original.

Él se rió.

-Batman Returns –dijo.

Lo imaginé vestido de Batman, como el gordo Casero, con el bebé en brazos.

Un reloj de péndulo, en el piso de abajo, dio las cinco. El dormitorio de Sonia parecía una tienda de campaña: sonajeros, libros, pañales, un microondas, ropa de ella, de Diego y de Lucas por todas partes y colgando de una pared, un poster viejo y raído de los New Kids on The Block, con uno más chico de Type O Negative pegado encima. Había olor a bebé y a humedad. Sonia había salido a tomar algo con unas amigas. Cada quince minutos, llamaba por teléfono para ver cómo seguían las cosas. Diego la atendía siempre con la misma paciencia. “Está bien”, decía. “Duerme tranquilo”. O: “recién eructó”.

-¿Hablaste con Hernán? –me preguntó después.

Le dije que no. Lo había llamado a la casa para avisarle que iba a lo de Diego, pero no lo encontré.

-¿Vos lo viste? -pregunté.

-Me llamó a la clínica... y después no supe más nada.

Habían pasado casi dos meses desde entonces. Lucas empezó a llorar.

-Perdido no está, seguro –dije–. La vieja me contó que fue a la facultad.

-¿Vos creés que se enojó por algo? –dijo Diego. De una heladerita –esas que se llevan a la playa– sacó una botella de vidrio con leche y vació una parte del contenido en la mamadera, que tenía un sticker con el escudo de Superman.

-No sé –dije–. ¿Por qué se va a enojar?

Metió la mamadera unos segundos en el microondas.

-Andá a saber...

El timbre sonó unos minutos después. Era Hernán. Se lo veía un poco tenso.

-Ahí lo tenés a tu sobrino –dije.

Lo miró desde lejos, cuando Diego lo alzaba, con un rictus en los labios, a mitad de camino entre la sonrisa y el espanto.

-¿Querés darle la mema? –preguntó Diego.

Hernán retrocedió unos pasos. Lo miraba a Diego como a un animal raro. Diego le alcanzó a Lucas, que berreaba un poco. Él lo tomó entre los brazos con cierta distancia. Le dio la mamadera apretándola como un pomo de carnaval.

Lucas ahogó un grito. La leche le embadurnó la cara.

-Tomá –le dijo a Diego devolviéndole a Lucas–. Dale vos, mejor.

-Conocí a una mina –dije–. De la facultad.

-¿Otra narcotraficante? –preguntó Hernán.

-Es maestra jardinera –dije–. Se llama Aldana. Estudia Ciencias de la Educación.

-¿Y te gusta? –preguntó Diego.

-Mucho.

-Me alegro por vos –dijo con la mamadera en la mano.

Su cara irradiaba paz. Todo lo contrario de Hernán.

-¿Te dio bola? –preguntó.

-Sí –dije–. Bueno, más o menos...

-"Las aventuras de Eric" –dijo Diego-. ¿Por qué número de secuela vamos?

-Dale –dijo Hernán.

Lucas eructó.

-Bueno –dije–, les voy a contar…

lunes 22 de junio de 2009

El nacimiento

Por Diega

Todos empezaron a correr y a subirse a los autos como si se estuviera incendiando el lugar. Mi tio Roque aprovecho la boleada y se encanutó unos vinitos. Yo no entendía nada, hasta hacia media hora estaba tranquilo, pensando en el asado, en huevadas y ahora mi vieja me metía en el auto. Parecía que ella sí sabía que había que hacer, se movía y dirigía a todo el mundo que acataba sus órdenes. Sonia viajó en el auto con sus viejos, yo la vi mientras me subia al de los mios, estaba toda roja y tenia la cara muy constreñida. La salude con la mano pero no me vio.

Y no sé cómo de pronto aparecí en una sala de espera, sentado al lado de mi tío Roque que trataba de toquetear a todas las enfermeras que pasaban.

-Dejalo, dejalo ahí a ese zanguango. Es mejor que se quede ahí y yo me ocupo de Sonia.

Ines, la mamá de Sonia, siempre fue muy autoritaria y desde que nos habíamos mudado a su casa, pensaba que tenia algún derecho especial por sobre nosotros. A mí me trataba con desprecio, en el fondo pensaba que tenía toda la responsabilidad de algo que los dos habíamos asentido.

Siempre que podía me recordaba lo exitosa que había sido su hija en la escuela, los grandes potenciales de ser una excelente médica, contadora, abogada que tenía y como este “percance” había venido a arruinarlo todo. Yo en el fondo estaba de acuerdo, pero no se lo podia decir.

-Nadie habla así de mi hijo, el padre de la criatura. ¿Victor, por qué no decis algo?

Mi papá tenia la cara entre las manos, miraba fijo las figuras triangulares del piso como si estuviera descubriendo alguna clave para conquistar el mundo. Me miró a mi que estaba enfrente , se levanto y movio apenas la cabeza hacia un costado, como haciéndome señas para que me vaya con él.

Apenas salí me descompuse.

-No sé que carajo estoy haciendo. No entiendo nada papá, no sé cómo hacer nada. No la puedo ayudar a Sonia, no sé ni tener a upa un bebé papá, entendes? Cuando me lo den y me digan que lo sostenga se me va a caer, se me va a caer!!

Mi papá me miraba y no decía nada, seguíamos caminando. Yo estaba inconsolable, me acuerdo que esa era mi peocupación mayor, ahora que lo pienso una boludes, pero era verdad nunca había sostenido a un nene y en mi cabeza se me pasaba la idea de que se me caía una y otra vez.

-¿Cómo es papá? Eh? ¿Por qué uno decide tener hijos? ¿Por qué quisiste tenerme a mi? Eh?

El viejo me miro y no entendía, estaba igual de aturdido que yo y encima lo cargaba con preguntas. Me abrazo y atino a decir lo mejor que pudo

-Tranquilo, todo va a salir bien, ya vas a ver. Todo va a salir bien.

Pero ni él se lo creía.

Cuando volvimos al hospital Ines y mi mamá se abrazaban: había nacido Lucas.

Una fuerza electromagnética parecía tirarme para el otro lado de la puerta, la habitación no estaba muy iluminada pero en seguida pude ver la figura de Sonia recostada sobre la cama.

-Vení, acercate.

Y ahí lo vi, la cosa más hermosa del mundo. Rojo como un tomate y peludo como un puercoespín, parecía una bolita calentita. Él también me vio y como siempre cuento, levanto su manita chiquita y me metió el dedo en el ojo. Ya desde chiquito travieso como ninguno. Ese fue nuestro primer encuentro y el me hizo mirarlo mejor, como diciendo “hey papá acá estoy”.

Después lo tuve a upa y nunca se me cayo, siempre lo agarre fuerte contra mi pecho para que sintiera como mi corazón latía más fuerte cuando estaba con él. A la noche no pude dormir, le dije a Ines que se fuera a su casa a descansar que yo me iba a quedar cuidando a mi familia.

Y Lucas parece que entendió porque se porto perfecto (la única vez después ja!) , yo aprovechaba mientras dormía para acercarme su carita, me hipnotizaba el olorcito de su piel, su paz, su todo en chiquitito.

Y ahí entendí que cuando te ves reflejado en sus ojitos y sentís como esa persona chiquita que es parte tuya te necesita todos los miedos se van al carajo. En lo único que podes pensar es en todo el amor que le queres dar, en cuidarlo, en que nada malo le pase. Porque esa personita te mira y es como si te regalará un pedazo de cielo.

viernes 19 de junio de 2009

El casamiento

La primera imagen que tengo de la fiesta es el tío abuelo de Diego, con tiradores, camisa y pantalón blanco, sentado a la mesa sin hablar. Bastaba que alguien le dirigiera la palabra para que soltara una catarata de anécdotas sin fin. Yo lo conocía desde que éramos chicos. Sus historias no habían variado desde entonces. Todas transcurrían en épocas de la Segunda Guerra Mundial. Con Diego, años atrás, nos reíamos al pensar en lo mucho que se parecía al abuelo de los Simpsons. Después, hasta el casamiento, me fui olvidando de él. Ahora lo notaba más estático, desmejorado, como una momia de lo que fue. Lo saludé como si fuéramos parientes, pero no se acordaba de mí.

La noche estaba despejada. Cualquier lluvia hubiera arruinado todo. Las mesas estaban ubicadas en el centro del jardín, que tenía una pileta con velas flotantes, antorchas espantabichos y al costado, contra la medianera, las parrillas con el asado. El asador era el hijo de un vecino de Diego, que a veces jugaba al fútbol con nosotros. Se llamaba Cristian. El acné le llegaba hasta el cuello y no había señales de que estuviera retirándose. Lo saludé con la mano.

-Miralo vos al boludo, ¿eh? –dijo señalando a Diego, que entraba al jardín con Sonia del brazo.


***

La ceremonia en el Civil había sido al mediodía, en San Martín. Hernán y yo fuimos los testigos de su parte. Diego parecía desorientado, perdido entre las hombreras del saco. Miraba a los costados, saludando parientes como si no los reconociera del todo. Sonia estaba radiante. Hasta el momento yo había tenido poca relación con ella. Nos veíamos de vez en cuando, con mucha gente de por medio. Tanto a Hernán como a mí nos resultaba simpática pero un poco celosa de Diego, que desde su aparición –y especialmente desde la vuelta de Europa– hablaba menos con nosotros, como si una parte de su vida nos hubiera dejado de pertenecer. Pero en ese momento, cuando la jueza les dio la bienvenida, y ella sonrió y casi lloraba, sentada en la silla y con la mano sobre la panza, me pareció que estaba todo bien.

La jueza les preguntó dónde se habían conocido y cuándo tenían fecha para el parto –“la semana que viene”, contestó Sonia mientras Diego balbuceaba. Hernán y yo lo mirábamos con atención. Tenía la vista fija en sus zapatos. Movía los pies. El temblor aumentó cuando la jueza les leyó sus derechos y obligaciones. Después pareció calmarse un poco. Hernán y yo dijimos unas palabras. Sonaron escuetas al lado de lo que dijeron las amigas de Sonia. Diego la ayudó a levantarse cuando tuvo que firmar. En la fila de atrás las dos madres suspiraron de ternura. Eso le dio ánimos. De repente, era otro. Se paró derecho y contestó las últimas preguntas de la jueza con más soltura y seguridad. Al final de la ceremonia se besaron como en el cine. Se los veía felices cuando la gente se acercó a saludar.

-¡Vivan los novios! –gritó una vieja atrás.


***

El jardín era grande. Los invitados no llegaban a cincuenta, pero circulaban con comodidad. Hernán y yo escuchábamos los diálogos a un costado, tomando fernet, como lo hubiera hecho Diego en nuestro lugar.

-…muy agradable la jueza…

-…ella está divina…

-…lástima que no hay salón…

Diego se acercó a nosotros después del vals.

-¿Cómo están? –preguntó.

-Bien –dije.

-¿Y vos? –preguntó Hernán.

-Contento –dijo y sonrió.

Hernán le puso una mano en el hombro.

-Me alegro –dijo–. De verdad.

Marta, la madre de Diego, se acercó hasta nosotros.

-¿Y ustedes, chicos? –dijo exultante– ¿Para cuándo?

-Nosotros no tenemos tanta suerte –dijo Hernán, que era el preferido de las madres.

-Más adelante –dije–. No se sabe.

Pensé que estaba un poco loca. Que todos lo estábamos, en parte. Pero al fin y al cabo, Diego y Sonia no eran los primeros ni los últimos que se casaban a los diecinueve años, con un bebé en camino, sin la menor idea de cómo iban a subsistir. Había pasado en todas las épocas. La seguridad económica llegaba con el tiempo. Siempre había sido así. ¿Por qué ahora, en los noventa, no iba a ser igual? La pregunta habitaba hasta los labios más conservadores de las dos familias, que ya habían pasado la etapa del escepticismo, habían tomado alcohol y –exceptuando algunos casos, que siempre los hay– les deseaban lo mejor.

Un tumulto se armó en el otro extremo del jardín.

-¿Qué pasa? –preguntó.

Diego se encogió de hombros, sin curiosidad.

-Andá a saber.

Marta volvió corriendo hasta nosotros.

-¡Rompió bolsa! –dijo.

Y lo arrancó a Diego del brazo.

Partieron a la clínica en varios autos. Hernán y yo nos retrasamos. La carne seguía en la parrilla, a punto. Cristian nos ofreció dos choripanes. Después nos contó un partido de fútbol en el que Diego había participado. Mientras hablaba, se rascaba la cara.

jueves 18 de junio de 2009

Despedida de soltero

El casamiento se hizo en el jardín de un tío de Diego, en el noveno mes de embarazo de Sonia. Tenían fecha para una semana después, pero todos en algún momento nos preguntamos qué pasaba si nacía esa noche. A nadie le hubiera extrañado, ni siquiera un poco, que Sonia aflojara con la tarantela, lo mirase a Diego con espanto y le dijera: “Creo que rompí bolsa”. La fiesta, surgida del apuro, sin la típica parafernalia de los casamientos –más por necesidad que por deseo–, se transformó en la más comentada por el barrio en mucho tiempo.

Diego había venido con la noticia unas semanas antes:

-Me caso.

Hasta ese momento ni siquiera se me había ocurrido la posibilidad. Pero tampoco caía en la idea de que Diego iba a ser padre, aunque ya era inminente. Tenía, sí, el concepto, pero era algo un poco abstracto, como el otoño o la convertibilidad. Podía ver sus efectos: las hojas secas, la plata. La panza de Sonia, que crecía y se acomodaba despacio hacia abajo. Lo que no veía eran el significado, las razones de lo que pasaba.

-¿Estás seguro? –pregunté.

Diego se mordió los labios.

-¿Qué diferencia habría? –preguntó.

Me contó que desde la semana anterior estaban viviendo juntos, en el dormitorio de Sonia, que era grande y tenía una relativa independencia con respecto al resto de la casa, donde vivían los hermanos y los padres de ella. La relación había tenido sus idas y sus vueltas. Cuando volvió de Europa, Diego le prometió que no se iba a ir más a ninguna parte. Ella le dijo que eso no era suficiente.

Me la imagino sentada en la cama, tocándose la panza.

-¿Vos sos consciente de que vas a tener un hijo? –preguntó.

Le dijo que sí. Después me confesó que recién en ese momento, cuando ella pronunció la palabra “hijo”, con el tono que ponía cuando hablaba de algún tema serio, se dio cuenta. “¿Y ahora qué hago?”, pensó. La desaparición de Hernán lo ayudó a no pensar por uno o dos días, pero la idea volvía de vez en cuando: “Padre”. No tenía sentido. Y no por Sonia. Si había una persona en el mundo con la que Diego hubiera querido tener hijos en ese momento, era ella. Con sus peleas, y su risa, y su costado oscuro que lo desconcertaba de vez en cuando. Pero entonces pensaba: “Voy a tener un hijo con ella en este momento”. Y las piernas se le aflojaban. Justo ahora, que estaba por nacer.

La noche anterior al civil nos quedamos despiertos hasta tarde, tomando cerveza, como hacíamos desde algunos años atrás, en el jardín de Hernán. Aunque era la primera de la que formábamos parte, habíamos escuchado muchas anécdotas sobre despedidas de solteros. Las ideas se multiplicaron en nuestras cabezas antes de ir al encuentro: Diego desnudo, atado a una estatua, o con algún disfraz. Pero esa misma tarde me llamó para cancelar. Lloraba.

-Estoy cagado –dijo.

Lo convencí de que fuera a lo de Hernán, con la condición de no invitar a nadie más. La noche estaba fresca. A la segunda o tercera botella Diego empezó a hablar de sus viejos. No lo hacía muy seguido. Me di cuenta en ese momento, cuando las palabras empezaron a salir, extrañas, en su boca.

-No sé por qué se casaron –dijo–. Si se llevan mal.

Hernán y yo nos miramos.

-Podrían estar separados tranquilamente. Sería todo igual.

Silencio.

-¿Y los tuyos? –me preguntó– ¿Por qué se casaron?

Yo mismo me lo había preguntado muchas veces antes.

-Quién sabe –dije.

Me acordé de mi vieja llorando cuando enviudó.

Los viejos de Hernán estaban separados.

-Fue un error –dijo–. Se equivocaron.

Y se quedó callado.

-¿Te agarró miedo? –pregunté– ¿Qué pasa?

Tardó en responder.

-No sé –dijo al final.

-¿Es por el bebé? –dijo Hernán–. No hace falta que te cases, si es por eso.

Diego lo fulminó con la mirada. Pero Hernán hablaba por experiencia, y se notaba.

-¿Estás seguro? –insistí.

No sé por qué hablaba yo.

-Nunca estoy seguro –dijo Diego–. De nada.

Eso sí lo podíamos entender. En el fondo, nadie estaba seguro de nada. Pensé que era una de las últimas veces que nos juntábamos en ese jardín. Diego se casaba, Hernán se estaba a punto de mudar. Parecían borrosos los helechos, hundidos en la neblina de la madrugada.

miércoles 17 de junio de 2009

La facultad

Uno o dos días después empecé la facultad. Filosofía, en la sede de Puán. El primer compañero que conocí se llamaba Pablo. Dejaba las frases a medio terminar:

-El otro día leí un libro donde… –decía.

O si no:

-Creo que el problema de la izquierda es…

Y se hundía en un silencio pensativo, como si se hubiera dado cuenta de que la realidad era mucho más compleja que lo que había estado a punto de decir. Más adelante me enteré de que algunos opinaban que lo hacía para parecer más inteligente de lo que era. Yo no lo veía tan calculador, pero me aburrían sus silencios. Cualquier conversación corría el riesgo de extinguirse de repente. Además sabía muy poco de él: dónde vivía, por qué estudiaba, si le gustaban las mujeres, Los Simpsons, el grunge o el cine gore. La información más importante siempre venía en la segunda parte de la oración.

Nos habíamos anotado en las mismas materias: Lógica y Filosofía Antigua. Secretamente, yo anhelaba conocer a alguien más –una compañera, por qué no– para sacármelo de encima. Después de una semana podían distinguirse, a simple vista, tres clases diferentes de personas: los solitarios, que no hablaban con nadie, los que iban a todos lados en pareja, como Pablo y yo, y los que se aglutinaban en grupos grandes y vociferantes, como si se conocieran de toda la vida.

Y en el primer teórico, también lo conocí a Mariano.

Tenía un par de años más que la mayoría de los ingresantes. Remera de arquero, anteojos culo de botella y el pelo en torbellino hacia arriba, como un Astroboy de Liniers. Se reía a carcajadas en los momentos más inoportunos, por ningún motivo en particular. Algunos –como yo– iban con camisas deshechas, otros optaban por la remera holgada o la campera de jean. Los estudiantes más avanzados que nosotros se distinguían por su aire más pensativo, menos gregario, y por las poleras de lana. Al menos en algo, Pablo se les parecía bastante: hablaban como si las palabras fueran un cristal que podía romperse por cualquier exceso de verborragia. Todo lo contrario de Mariano.

El teórico de Filosofía Antigua se dictaba en el aula más grande de la facultad. El tema de la clase era la transmisión de la filosofía griega antigua hasta nuestros días.

Mariano levantó la mano.

-Usted mencionó “El nombre de la rosa” –le dijo a la profesora–. ¿Qué le gustó más: la película o el libro?

Un rumor se extendió entre los presentes. Alguno se rió. La profesora se tomó unos segundos para responder.

-El libro, por supuesto –dijo al final.

Dos o tres más se rieron. Después la clase, como si nada hubiera pasado, siguió su curso habitual.

Esta misma tarde, mientras Pablo y yo tomábamos un café en el bar de en frente, entró Mariano. Se dirigió hasta una mesa al lado de nosotros. Recio, impasible, pidió un vaso de leche tibia, como el protagonista de un western imposible, mientras la gente –nosotros mismos– hablaban de él alrededor.

-¿…del teórico de Antigua? –dijo alguno en voz apenas baja.

-...el boludo que preguntó...

-...la remera...

Mariano apuró el vaso de un trago. Se limpió los labios con el antebrazo.

-Bueno, ¿qué pasa? –dijo en voz alta.

Por unos segundos, la gente hizo de cuenta que no pasaba nada. Fue un brevísimo período de gracia. Si se callaba la boca, pedía la cuenta y se iba, no lo señalarían con el dedo. Seguirían hablando de él, pero en privado. Como un secreto culposo. Si se quedaba, si volvía a hablar, su fama de loco quedaría establecida para siempre. Y Mariano lo sabía mejor que nadie.

-¿Qué pasa? –insistió, casi gritando.

Ahora sí, los integrantes de las mesas empezaron a quedarse en silencio. Primero los que estaban más cerca, como Pablo y yo. Después, al cabo de uno o dos minutos, todo el bar se había callado.

-Mozo –dijo Mariano.

El mozo no se acercó.

-¡Mozo! –gritó otra vez.

El mozo dio unos pasos adelante. Mariano le alcanzó el vaso.

-Otra, por favor.

El ambiente seguía tenso. Nadie salió. Dos o tres personas entraron al bar y se quedaron paradas en la puerta, sin entender lo que pasaba. Mariano miraba hacia abajo, evitando las miradas de los demás.

-¿Qué miran? –preguntó Mariano en voz muy baja.

Levantó la vista, miró alrededor y la clavó sobre Pablo.

-Vos –dijo–. ¿Por qué me mirás?

Pablo tartamudeó.

-Nada –dijo–. Lo que pasa es que…

Y se hundió otra vez en el silencio.

-¿Qué? ¿Qué pasa? –insistió Mariano– Pregunté una boludez. ¿Es eso?

Pablo acarició el lomo del libro que había sobre la mesa. Todos los ojos del bar estaban puestos sobre él, y lo sabía. Se secó la transpiración de la frente.

-Es que...

Se quedó mirando. Los ojos de Mariano flameaban. Estaba loco. Como todos, había llegado a la facultad buscando un lugar. Pero se lo veía desencajado, un paso afuera de la realidad. Como yo mismo, como todos, pero de una manera mucho más radical. Pablo tragó saliva. Por fin –pensé– iba a saber qué le pasaba por la cabeza cuando no hablaba.

-Nada –dijo al final–, no pasa nada.

Y se calló.

Esa fue mi primera semana en la facultad. El sábado, Diego me contó que se quería casar.

sábado 13 de junio de 2009

La apuesta fallida

La columna de Ava Gardner

Esa noche decidimos apostar con las chicas que nos encararíamos 5 muchachos cada una (con beso incluído, claro) aprovechando la soltería generalizada.


Como una buena dama, jamás había hecho algo semejante, pero no veía nada de malo con probar.Una vez en el boliche, caminábamos hacia la barra, una detrás de la otra. Ellas tenían que escuchar mis quejidos respecto a la música, pero estaban acostumbradas.


De repente, a poca distancia divisé a un muchacho que me pareció atractivo, tenía el pelo rubio, largo, cara de niño, pero cuerpo de hombre. Pensé que no sería una mala idea comenzar con aquel, pero recién habíamos llegado, así que giré para seguir con las muchachas hacia la barra.
Había muchísima gente así que me costaba caminar, eso me llenaba de fastidio.
Alguien me tomó de la mano para alejarme del tumulto (y de mis amigas). Era él. El mismo muchacho al que le había echado el ojo. Era todavía más alto de lo que parecía. Y su rostro me resultaba demasiado familiar.

-Hola - llegó a decirme, con resolución.

Yo, que empecé a mirar a los costados, haciéndome la idiota, pensé: "Bueno, me saludó pero no significa nada... si, cuenta" y le dí un beso sin pensar o decir nada. Él besaba muy bien.

Al cabo de algunos segundos, me alejé y ruborizada a más no poder y sin mirarlo, giré para continuar mi camino. Pero él todavía me sostenía la mano y me retuvo.

-No, esperá - y se rió- ahora te quedás acá.

No pude evitar reírme y sentir una tremenda incomodidad.


Nos presentamos como corresponde y hablamos un rato de las típicas estupideces, así como a qué escuelas íbamos, qué actividades hacíamos y qué música escuchábamos.
Mi rostro se deformó un poco al escuchar que le gustaba la cumbia. No era el tipo.
Yo negaba con la cabeza constantemente ante los nombres de bandas que parecían gustarle, hasta que dijo:


- Pero también me gustan los Beatles, eh?.

Tomé aire. Quería volver con mis amigas, o ir por el segundo muchacho. Lo cierto es que quería un vodka con limón. Pero él hizo la única artimaña que podía detenerme. Me dio un beso. Y sí, besaba muy bien.

- ¿Nos sentamos? - me susurró.

Y fuimos al patio. Se sentó en una silla. Había una sola. Me sonrió. Yo miré para un costado, luego para el otro, sobreactuando mi desconcierto ante la única silla. Él se rió por la payasada. Y me senté a upa suyo.


En ese momento tuve que aguantarme la risa, por haber notado su tremendo parecido con uno de los hermanos "Hanson", el del medio, que cantaba "Mmmbop", hit que se escuchaba por doquier. De ahí venía el rostro familiar.

- Así que básquet... - dije yo.

Él jugaba en un club lanusense y entrenaba casi todos los días. Estuve a punto de hacer el comentario trilladísimo respecto a su altura, pero me ahorré el papelón. Y le dí otro beso.

Al cabo de unas cuantas horas, me crucé con una de las chicas en la barra. Se lo presenté. Los dos se rieron y se saludaron como personas que ya se conocían.

- Él juega al básquet en el mismo club que mi hermana, donde jugaba yo antes... - me dijo mi amiga - Ah... y perdiste... - acotó, refiriéndose a la apuesta de los 5 muchachos.
Y era cierto, me había quedado toda la noche con el mismo.

Nos encontramos dos días más tarde a un par de cuadras de mi casa, el salía del club y yo del colegio. Le gustaba mi uniforme. Pícaro.

Nos habremos visto una vez más esa semana. Hasta que el viernes a la tarde, a la hora acordada, no apareció. En aquel entonces no había mensaje de texto que armonizara la situación.
Al día siguiente me llamó un par de veces, pero yo no lo atendí ni le devolví el llamado. ¿Plantarme? ¿A mí?


A la noche salí con las chicas, mi rostro se convirtió en total indiferencia cuando de repente, lo crucé. Me agarró un brazo. Me quise soltar.

- Te estuve llamando... ayer no fui porque... -

Lo miré enojadísima. Pero ese gesto se retiró sin chistar de mi cara cuando ví que el otro brazo (el que no me sostenía) estaba enyesado.

- ... en el entrenamiento me caí y me hice mierda... no tenía forma de avisarte.

Catarata de culpa.
Y volvimos a comenzar.

viernes 12 de junio de 2009

La merca

Alito estaba muerto. Hernán estaba vivo. Las cosas no tenían sentido. Por una vez, mejor así. A Hernán se lo veía ojeroso, demacrado. Con la misma ropa que el viernes a la noche, cuando desapareció. Camisa blanca sucia, pantalones arrugados. El pecho le subía y le bajaba como si hubiera corrido una maratón.

-Hace dos noches que no duermo –dijo.

-¿Qué mierda pasa? –pregunté.


***

Más tarde nos contó que, después de hablar con Alito, había ido a la villa. Le resultó fácil ubicar a Luis. Llegó justo después de la pelea que nos había relatado Damián, que él también presenció desde afuera. Estuvo a punto de irse, pero aguantó. Luis no lo quería atender, pero él le ofreció más plata a cambio. Después de hacer la compra, salió sin dificultades y dio vueltas con el auto toda la noche, escuchando música, por la general Paz. La casas, los carteles, los otros autos, eran luces que pasaban por la autopista. A la mañana siguiente, demasiado excitado como para volver a casa, fue a la villa otra vez. Las opciones eran bajar en algún lugar tranquilo, o seguir tomando. Optó por la segunda. Luis dormía. Lo despertó a los golpes en la puerta. Se le estaba acabando el efectivo. Le ofreció la campera, el reloj. Luis aceptó y vuelta a la autopista, esta vez a Pilar ida y vuelta, dos o tres veces. En algún momento se acordó de Giselle, una chica con la que había transado en Pinamar el año anterior y vivía en Haedo, así que la fue a buscar. Giselle –dijo– le gustó porque le había dicho que tenía una linda nariz. La recorría con la yema del dedo, subía y bajaba, como si fuera la nariz de un bebé. Era la primera vez que le decían algo así. Después le había apoyado la mano sobre el pecho, a la altura del corazón. No pensaba en ella desde entonces. No habían hablado, no la había vuelto a ver. Tampoco tenía la menor idea de dónde quedaba Haedo y ese era el único dato que recordaba, pero siguió los carteles indicadores, preguntó un par de veces y al final llegó al centro comercial, junto a la estación de tren: todo completamente lleno de la ausencia de Giselle. No le salía ni llorar. Preguntó por ella en algunos bares. De un par, lo echaron. Manejó con el sol de frente un rato. Después volvió a lo de Luis.

-¿Trajiste plata? –preguntó.

No le quedaba ni un centavo.

-Mi viejo tiene plata –dijo.

-No sirve. Traémela acá.

-Acompañame –dijo Hernán–. Yo te doy.

Era la tercera vez, en menos de un día, que aparecía por ahí. Salieron con el auto en busca de un Banelco. Se hacía de noche otra vez. Tenía más de tres mil pesos en la cuenta. Le dio todo a Luis. Volvieron a la villa. Hernán se asomó al interior de la casa. Había un sillón.

-¿Me puedo quedar un rato? –preguntó.

Luis le dio el paquete.

-Volvé pronto –dijo.

Y cerró de un portazo.

El auto había quedado afuera. Hernán deambuló como un murciélago sin alas, con el paquete entre las manos. Le costaba respirar. En una esquina, vomitó. Después se quedó sobre el barro. Se acordó de que me había dejado con Paula y sus amigas. Quiso volver. Había pasado un día entero desde entonces. Alguien le tocó el hombro. Lo único que vio, al principio, fue la remera de 2 minutos. La chica lo ayudó a levantarse. Se llamaba Natalia. Hernán le preguntó si conocía a Luis.

-Mi hermano lo conoce –suspiró.

-¿Le llevás eso? –señaló el paquete que había a un costado.

Natalia lo abrió.

-Es una mierda –dijo–. Tiralo.

Hernán pensó en su mamá. Después volvió a vomitar.

Natalia vivía a unos metros de Luis, al lado de la obra en construcción donde cayó el andamio. Juan, su hermano, era el gordo que nos había encerrado. Luis le daba trabajo de vez en cuando. Así pagaba su deuda con él, que seguía aumentando. Le dieron una cama, donde Hernán no durmió hasta el día siguiente –pensando, pensando-, cuando escuchó el alboroto que se había armado.


***

-Vamos a casa –dije.

Juan habló con Luis.

-Es un cliente –dijo-. Tratalo bien.

Natalia lo odiaba. Las cosas no tenían sentido. No preguntamos por Alito. Yo me acordé, otra vez, de mi profesor del taller: “lo que conocés, pero no podés entender”. Algo de eso había en la mirada de Hernán: vacía, sin significado. Algo se estaba pudriendo en todas partes. Le había tocado a él, igual que a Juan.

En el camino de vuelta a casa, nadie dijo nada.

jueves 11 de junio de 2009

Construcción precaria

En Los Goonies, Cuenta Conmigo o Los exploradores, los protagonistas eran adolescentes que vivían aventuras y éstas, de un modo u otro, siempre estaban relacionadas con su crecimiento. No se vuelve igual después de haber rescatado un barco pirata, visto un cadáver o conocido a los extraterrestres. Las películas me gustaban a los diez años, como si mirase las historias de mis hermanos mayores. Pero también a los quince, cuando los actores ya se habían transformado en mis iguales. Y a los veinte, cuando trataba de convencerme a mí mismo de que todavía tenía su misma edad. La visita a la villa me resultaba un poco menos tenebrosa si la pensaba como una película o el episodio de una serie de televisión. Los héroes se metían a rescatar a su amigo en un territorio hostil, sufrían un par de reveses y volvían con el amigo a cuestas. En el medio aprendían algo. Que la muerte...

-Boludo –dijo Diego–. Parecés en bavia.

-No –dije–. ¿Qué?

Caminaba en círculos, trazando un sendero en el piso de barro de la habitación en donde nos habían encerrado. Estaba oscuro. Diego intentaba espiar a través de la cerradura de la puerta de chapa.

-Alito... –balbuceé.

-Alito está muerto –dijo él.

-No...

Me sacudió de los hombros.

-¡Te digo que sí!

Nos abrazamos un rato, temblando, en el centro de la habitación. Afuera se escuchaban unas voces apagadas, tenues. Unos pasos se acercaban. Del otro lado de la puerta, alguien introdujo una llave en la cerradura.


***

El camino hasta el encierro había sido tan vertiginoso, que ni siquiera me di cuenta de cómo pasó. El chico que nos detuvo en la callejuela se llamaba Damián. Nos pidió plata. Le dimos un billete de cinco. Sus palabras se mezclaban con el ruido de una obra en construcción al lado nuestro. Era una casa de dos pisos, a los que estaban anexando un tercero. La construcción se veía vacilante, con el ladrillo a la vista. Dos tipos alisaban el cemento del lado de afuera, arriba de un andamio.

La otra noche, dijo Damián, él se había quedado jugando a la pelota con sus amigos hasta tarde. Entonces lo vio a Hernán, golpeando la puerta en lo de Luis. Discutieron un rato. Hernán levantó la voz. Luis pegó primero. Entonces Hernán sacó una púa y...

-Pará –dije–. ¿El flaco tenía una púa?

-Sí... –dudó unos segundos– Y el Luis se asustó... y le pegó una patada y...

Se quedó mudo. Miraba el suelo, apretando el billete con la mano.

-Mentiroso –dijo Alito de mal humor.

Fue lo último que le escuché decir.

El andamio, con los dos tipos arriba, se desplomó encima de él.

Damián salió corriendo. Los dos albañiles sólo recibieron algunos golpes con la caída. La mano de Alito asomaba, todavía con un leve movimiento, debajo de la chapa del andamio.

Un gordo grandote salió de adentro de la casa.

-¿Y ustedes quién mierda son? –preguntó.

-Rajemos –le dije a Diego.

Fue instintivo. El gordo nos corrió unos metros. Diego se tropezó en la esquina. Nos agarraron entre tres.

-¿Qué hacemos con estos?

El gordo nos miró de arriba abajo.

-Encerralos –dijo–. Deben ser los que vieron a Luis. Lo único que falta es que ahora venga la cana a joder.

***

La puerta se abrió. Entró una gordita con una gaseosa y una bandeja con chorizos fríos. Tenía una remera de 2 Minutos muy ceñida al cuerpo. Cerró la puerta tras de sí. Pensé que lo mejor era generar empatía.

-¿Te gusta 2 Minutos? –dije–. Son de Valentín Alsina.

Ella asintió.

-Nunca estuve. Dicen que es pesado por ahí.

Entonces se escuchó un tumulto del otro lado de la puerta. Alguien habló en voz alta:

-Son amigos –dijo–. Está todo bien.
.
Lo reconocimos en seguida. Era Hernán.

miércoles 10 de junio de 2009

La villa

La villa, desde que yo era chico, era lo que estaba afuera de Ballester. De un lado la villa, del otro la capital. Al principio era la zona pobre, adonde iba a parar la gente que no tenía trabajo. Yo me la imaginaba como algunas ciudades chicas de la costa, con las casas bajas y calles de tierra o grava, por donde pasaba un perro de vez en cuando. Pero después me enteré de que no era así: Según se contaba en el barrio, ni la policía entraba. Todos los delitos, robos o asesinatos que se cometían en Ballester terminaban en la villa de Suárez o en la de San Martín, donde moría cualquier investigación. Entonces yo me preguntaba cómo podía ser que vivieran ahí las mujeres que trabajaban haciendo limpieza, como Noemí en mi casa, que venía con su hija de cuatro, o Adela en la de Diego, y eran honestas y nos cuidaban desde chicos y no robaban nada. La respuesta era que vivían cerca de la villa, pero no en la villa misma. Todo eso pensé hasta un instante antes de que nos encañonaran. Después, nada.

-Bajala –dijo Alito.

El pibe nos miró fijo.

-¿Por qué?

-Son amigos.

-¿Y qué?

-Bajala, boludo, no jodás.

Es mentira que, unos segundos antes de morir, la vida entera te desfila por en frente de los ojos. Lo único que yo tenía, a lo sumo, era la noción un poco vaga de las cosas que quedaban inconclusas. Todos los caminos, las búsquedas, los aprendizajes, en el fondo no conducían a nada. Nunca iba a saber si yo tenía talento para algo, si me iba a enamorar de vuelta, si tendría hijos, si la había pegado en algo. Las cosas no tenían ningún sentido. Pero no.

-¿Para qué los trajiste acá? –preguntó después de bajar el arma.

Se llamaba Luis.

Guardó la pistola debajo del elástico del pantalón de jogging. Lo habíamos encontrado en una casa de material, con techo de chapa y una sola ventana pequeña –de vidrio repartido, como las de los chalets que había en la calle La Paz de Ballester–, a través de la cual nos había visto llegar. Estaba nervioso, como si lo hubieran descubierto en medio de algo.

-Pelotudo –insistió–. Sos un pelotudo, vos.

Se agarraba la cabeza con las manos.

Al lado mío, Diego susurró:

-El reloj.

Miré la muñeca de Luis. Lo reconocí en seguida. Era el Mistral que Hernán llevaba puesto la noche en que lo vi por última vez.

-Venimos a buscar a un amigo –dijo–. Estuvo hace dos noches. ¿Vos sabés algo?

-¿Qué vino a hacer, acá?

Alito señaló la casa. Desde adentro se escuchaba el sonido de un televisor encendido.

-Quería comprar. Un tipo flaco, alto... de camisa blanca. Es un buen cliente. ¿Lo ubicás?

-Comprame vos –lo apuró Luis–. Tengo bastante, acá.

Alito nos miró como pidiendo disculpas.

-¿Cuánto tenés?

Negociaron un rato.

-Bancá –dijo Luis.

Se metió en la casa. Dejó la puerta entreabierta. La casa era un desorden. No había nadie más. En la tele se veía el episodio de los Simpsons en el que Bart le vende su alma a Milhouse.

Le conté a Alito del reloj. Él sacudió la cabeza.

-No puedo hacer nada más.

Luis volvió con algo envuelto en papel metalizado. Hicieron el intercambio. Alito le apretó unos billetes en la mano.

-Nos vamos –dijo.

Abrí la boca para decir algo. Después la volví a cerrar. Luis se metió en su casa. Nos dirigió una última mirada de desconfianza, y nada más. Cuando nos dimos vuelta, cuatro o cinco chicos que habían estado observando la escena se dispersaron por la callejuela de barro. Caminamos sin decir nada. Nos cruzamos con un afilador en bicicleta, dos chicas de guardapolvos blanco, un cartonero. Al rato se nos acercó un chico de diez o doce años.

-¿Ustedes buscan a su amigo? -dijo- Yo sé qué pasó.

martes 9 de junio de 2009

Taller literario

-¿Cómo a la villa? –dije.

Alito asintió solemne y en silencio, como si fuera el mayordomo de Drácula.

-Llevanos –dijo Diego con una firmeza que desconocí en él. Estaba cambiado desde que volvimos de Europa. Su inminente paternidad lo había hecho madurar.

-Ni en pedo –dijo Alito apagando el pucho en el marco de la puerta.

-Vamos ahora –insistió Diego– o te denuncio a la cana.

Alito lo miró fijo, rumiando.

-Mañana a la mañana –dijo–. Si no aparece, vamos los tres. Antes, ni a palos.

Abandonamos lo de Alito con la vaga sensación –al menos yo– de que nuestras vidas dependían de que Hernán apareciera lo antes posible. Llamamos a la casa pero la madre no tenía novedades. La policía no le daba bola. Ya no sabíamos dónde buscar.

-¿Estás al pedo? –me preguntó Diego–. Tengo que contarte algo.

Una hora más tarde empezaba mi taller literario, en capital.

-En realidad me tendría que ir… -balbuceé- Pero contame.

Diego se rascó la cabeza.

-No, dejá, andá. La próxima.

-Dale, boludo, me quedo, contame.

Pero no quiso aflojar. Me tomé el tren con la culpa atragantada. Era la primera vez que iba a un taller literario. A éste me lo había recomendado mi ex profesora de castellano. Yo le conté que había escrito un par de cosas, pero me daba vergüenza mostrarlas. “Tenés que conocer a José”, dijo, “es un poeta importante. Ganó el Premio Municipal”. Yo nunca lo habia escuchado nombrar. Me recibió en pantuflas, él también. Fumaba Parisiennes. Tenía los bigotes y la barba amarillos del tabaco y además, catarro. El taller era individual. Es decir, él y yo en una habitación de dos por dos. Después me enteré de que era la primera vez que dictaba un taller. Empezaban a ponerse de moda en aquel entonces.

-¿Qué trajiste? –preguntó.

Le alcancé un relato y un poema que había seleccionado. El relato era una parábola de tono bíblico, muy influida por Dostoievski, acerca de lo trágico de la condición humana. El poema, con ecos de Bataille y del Joyce maduro, tenía algunas alusiones eróticas basadas principalmente en mis recuerdos con Vero y Clara.

-Basura –murmuró José–. Pura hojarasca.

-¿Por qué? –dije.

Temblaba.

Él suspiró. Encendió un cigarrillo. Por un rato, se quedó mirando el humo que se deshacía en el aire.

-¿Para qué escribís? –preguntó–. ¿A quién querés impresionar?

Pensé que era el momento de decir algo profundo, sagaz.

-No sé.

-Lo que escribiste –dijo– son lugares comunes. Eso no es malo de por sí. El problema es que no sabés ni qué querés contar.

Parecía el profesor Shorofsky de la serie Fama.

-Yo puedo enseñarte algunas técnicas –siguió–, pero el problema es que todavía sos muy joven. Te van a servir, pero a la larga.

Yo me quería ir. Él se acarició la barba, pensativo.

-Creés en demasiadas cosas. En los grandes escritores. En la literatura. Pensás que la gente es de izquierda y de derecha y que eso es importante. Sentís que sabés algo y lo querés demostrar.

-No, yo sólo...

-Cuando el profesor habla, el alumno se calla.

-Bueno, ya sé...

-Vos no sabés nada –se alteró un poco–. No tenés que escribir sobre lo que creés entender, sino al contrario: sobre lo que conocés, pero no podés entender. Sobre lo que todavía no podés ver. Eso es la realidad.

Me fui con la cabeza hecha un tambor. A la mañana siguiente seguíamos sin noticias de Hernán. Pasé por lo de Diego, después nos fuimos a buscar a Alito. Tomamos el tren a Suárez, los tres. Yo pensaba en lo que me había dicho José, el Premio Municipal: “lo que conocés, pero no podés entender. Eso es la realidad”. Traté de poner esa mirada en práctica a medida que se deshacía el paisaje alrededor. Alito nos guiaba. Casas de chapa, trapos colgando, autos quemados, cumbia, alguna antena de televisión. Hasta los chicos, en cueros, nos miraban. Pensé que en esa epifanía de barro, no había mucha diferencia entre ellos y yo. Me agarré a esa idea. Costaba. Costó más todavía un rato después, cuando otro pibe de la misma edad que nosotros, igual de extraviado pero con menos suerte, menos cobardía y un poco más de resentimiento, nos apuntó con una pistola a la cara.

lunes 8 de junio de 2009

El pequeño emprendedor

Hernán no aparecía por ninguna parte. Llamé, sin resultados, a todos nuestros amigos en común.

-¿Probaste con Alito? –preguntó Diego cuando le conté.

Era un ex compañero del colegio. Yo no sabía que Hernán seguía en contacto con él. En realidad me resultaba extraño que cualquier persona tuviera algún contacto con Alito. Lo recordaba en primer año, solo, en un rincón del campo de deportes, mientras los demás jugaban al fútbol o –como era en general mi caso– intentábamos socializar con el resto de nuestros compañeros por otros medios que no fueran el deporte. Alito no conversaba con nadie. Alguien dijo, una vez, que lo habían visto extrayéndoles, con suma prolijidad y esmero, el jugo del relleno a los chicles Bubaloo. Los compraba de a cincuenta, de a cien. Desechaba el chicle y se quedaba con la jalea que venía adentro. La guardaba en botellitas de agua mineral. Nunca supimos para qué la usaba. “Para tomar”, decía él y encogía los hombros. Pero con Alito la explicación más lógica, la más simple, nunca nos convencía del todo. Siempre iba a trasmano. Ninguno de nosotros era un elogio de la pulcritud, más bien todo lo contrario. Cada uno, a su manera, buscaba la forma de violar el imperativo categórico del uniforme escolar sin quedar expuestos a una sanción: suéteres deshilachados, pantalones con las botamangas sucias o rotas, remeras de Nirvana, los Redondos o los Guns debajo de la camisa blanca de rigor. Si algún celador o autoridad del colegio nos decía algo, al menos nos quedaba margen para sentirnos proscriptos y protestar. Alito era todo lo contrario. Era prácticamente imposible que alguien como Hernán se hiciera amigo de un tipo tan impopular. El cuello almidonado, los zapatos siempre recién lustrados, eran un contraste vivo con lo –poco– que sabíamos de él. El gordo Ramos lo retrataba con desprecio:

-Antes de pajearse, se lava las manos. Y después, también.

Al gordo, a partir de ese momento, dejamos de darle la mano.

Hacia fines de primer año Alito empezó a encontrar su lugar. La voz corrió de boca en boca en poco tiempo. En una época en la cual comprar pornografía era un negocio delicado, porque pocos se atrevían a dar la cara frente al kioskero –había unos cuantos en Ballester que se negaban a vender las preciadas revistas–, Alito alquilaba los números de su impresionante colección. Una semana por un peso, dos semanas por un peso cincuenta, el resto era conversable. A veces las vendía, a los más tímidos y abnegados, por un importe mayor al que figuraba en tapa. “El peaje”, lo solía llamar.

Era un negocio redondo. El catálogo de Alito, un formulario continuo impreso en su Epson de matriz de puntos, fue el mayor best seller masculino de primero y segundo año. Uno elegía la revista que quería y al día siguiente, Alito cumplía con la entrega. Fue su época de mayor roce social. De ignorarlo o mirarlo desde lejos, con extrañeza, pasamos a invitarlo a todas las salidas y cumpleaños.

-La hace bien –comentaba Hernán con sincera admiración.

Pero el furor por la pornografía no duró más que un año. Después, silenciosamente, empezó a declinar. Una división invisible, pero bien concreta, se estableció entre los varones: los onanistas por un lado, y los que habían debutado –o actuaban como si ya lo hubieran hecho– por el otro. Aunque los primeros fueran mayoría, a nadie le gustaba ser identificado como miembro de aquel grupo, cuya cabeza más prominente era la de Alito. Empezamos a huir de él otra vez. El alquiler de revistas porno se transformó en un ejercicio furtivo, clandestino, en el que ninguno quería quedar pegado. Alito les vendió durante un tiempo a los cursos inferiores, pero no era lo mismo. Al final tiró la toalla.

Por unos años Alito se transformó en el paria oscuro y elegante que en el fondo nunca había dejado de ser. Intentó traficar con alcohol durante tiempo, pero era algo demasiado fácil de conseguir. En la fiesta de egresados, ni se notó su presencia. Y desde aquel entonces, hasta que Diego me lo mencionó, no volví a tener noticias de él.

-¿Hernán es amigo de Alito? –pregunté.

Diego se encogió de hombros.

-Parece que sí –dijo–. El otro día me habló de él.

No teníamos el número de teléfono pero sabíamos dónde era la casa de los viejos, así que lo fuimos a visitar. Nos recibieron unos obreros de la construcción. Alito se estaba construyendo un segundo piso para él sólo, según nos dijo después. Nos atendió en pantuflas y con un cigarrillo en la mano.

-¿Hablaste con Hernán anoche?

Él nos miró con cuidado, de arriba abajo.

-¿Por qué? –dijo.

-Lo estamos buscando. No aparece desde ayer.

Alito se mordió el labio inferior.

-Es un boludo, le dije que no fuera... Se lo dije, ¿eh?

Nos puso una mano a cada uno en el hombro.

-Ustedes son amigos. Se los puedo decir. Yo no tenía nada anoche.

-¿Y entonces? –preguntó Diego.

-Se fue la villa –dijo–. A Suárez. Quería pegar merca allá.

viernes 5 de junio de 2009

El telo

-Fito es el amor de mi vida –dijo Paula mientras esperábamos turno en el telo–. Lo que pasa es que nos conocimos demasiado pronto.

-Claro –dije.

-No podés desperdiciar tu juventud.

-No, seguro.

Estábamos sentados en un banco al costado de la ventanilla del conserje. Paula me agarró de un brazo para no caerse a un costado. Nos habían dicho “quince minutos, a lo sumo”. Pero ya había pasado media hora y no había novedad.

La puerta se abrió. Esperé la figura de Vero de la mano con alguien, pero era una pareja de ricoteros. Se sentaron en un banco en frente del nuestro, luego de consultar con el conserje en la ventanilla. Nos miramos los cuatro con una inconfesable complicidad. Después nos ignoramos a conciencia. Cinco minutos después bajó una pareja, entregó las llaves y se fue. El conserje me llamó.

-La única libre es la suite Emperador.

Conté la plata que llevaba en la billetera. No me alcanzaba. “No me hagas esto”, pensé como si hablara con Dios. Entonces me acordé de la extensión de la tarjeta de mi vieja. Nunca la había usado hasta entonces. Ni siquiera en Europa. Todavía recordaba el momento solemne en que mi vieja la depositó en mis manos. “Es sólo para emergencias”, había dicho esa vez. Así que la usé mientras pensaba en cómo hacerle creer, cuando llegara el resumen de cuenta, que “La fusta” era una sala de primeros auxilios o un hospital.

La habitación era enorme. Lo primero que vimos fue un complejo aparato, mezcla de silla e instrumento de tortura medieval. Había espejos en las paredes y en el techo.

-¿Y a Fito cuándo lo conociste? –pregunté mientras me sacaba las medias.

Paula hizo memoria.

-En el noventa y dos, noventa y tres... –dijo.

Se quitó una bota, después la otra, y se tiró panza arriba sobre la cama.

-Qué pedo tengo, Dios...

Suspiró.

-Se nota que se quieren mucho –dije sin ironía.

Me sorprendía la convicción con que Paula, un rato atrás, había hablado de su amor por él.

-Sí –dijo–. Es algo especial.

Nos besamos un rato.

-¿Pongo música? –dije.

Lo único escuchable era un tema de Richard Marx.

-Paso al baño.

Caminó hasta el baño apoyando la mano contra los espejos de la pared. La imaginé desnuda. Después pensé que estaba derrochando energía. Sólo tenía que esperar. Me pregunté qué hubiera hecho Hernán en ese momento. Irrumpir en el baño no parecía una buena opción. Como había pagado con tarjeta me quedaban unos pesos en la billetera. Pedí una botella de champagne a la recepción. Me la trajeron unos minutos después.

Tomamos dos o tres copas cada uno. Era difícil hablar.

-Parece buen tipo -dije.

-¿Quién?

Lo último que recuerdo es a Paula quitándose el suéter que llevaba y después un inevitable, pudoroso fade to black.


***

Abrí los ojos y me vi en el espejo. Sonaba el teléfono. Estaba desnudo y solo en la cama. Atendí.

-Terminó el turno –dijeron del otro lado.

Me vestí lo más rápido que pude. Busqué en el baño, debajo de la cama, en el resto de la habitación. Paula no estaba. Su ropa había quedado hecha un bollo a un costado de la cama. La puerta, entreabierta. En ese piso habían tres habitaciones más. Una sola estaba desocupada. Me asomé. Entonces la vi a Paula tirada sobre la cama. Roncaba despacio. Estaba desnuda excepto por la riñonera de Fito, atada a la cintura, que subía y bajaba al ritmo de su respiración.

La desperté a los sacudones. Hice de campana en el pasillo mientras ella volvía para vestirse en nuestra habitación. Después salimos al frío de la madrugada. Las calles estaban brillosas de humedad.

-Me voy en taxi –dijo.

Yo me tomé el tren. Amanecía cuando llegué a Ballester. Dormí doce horas de un tirón. Me despertó el teléfono otra vez.

-¿Eric?

Era la madre de Hernán.

-Hola... –dije con mi mejor voz disponible. Ella no me dejó terminar. Recién entonces percibí su desesperación.

-¿Hernán está en tu casa? ¡Decime que sí!

jueves 4 de junio de 2009

El boliche

-Es un amigo –nos presentó Paula con fastidio apenas disimulado–. Fito, Eric, Fito.

Nos pusimos en la cola para entrar al boliche. Hernán no aparecía por ninguna parte.

-¿Pasás vos con la riñonera? –dijo Fito– Tengo una petaca adentro, y a ustedes no las revisan tanto.

Paula suspiró.

-Dame.

Alargó la correa de la riñonera –Fito era muy flaco y más petiso que ella– y se la ató a la cintura. Yo me puse a conversar con Mechi y Lara, mientras Fito intentaba besar a Paula en los labios. Ella lo apartó de un manotazo.

-¿Y a éste de dónde lo sacaron? –preguntó él en voz no muy baja, señalándome.

-Es un amigo de Hernán. Y no es ningún boludo.

-Yo no dije que lo fuera.

-Sí dijiste.

-No.

La cola avanzaba. Dos enormes patovicas custodiaban la entrada. Primero pasaron Mechi y Lara. A mí me miraron de arriba abajo, me palparon y me dejaron pasar. Paula se unió a nosotros en la boletería. Entonces se armó un pequeño tumulto en la entrada. Desde afuera, se escuchó la voz de Fito:

-¿Qué tiene de malo? –dijo– ¡Mi novia está adentro! ¿Por qué no puedo pasar?

No era la primera vez que me tocaba estar en esa situación. Alguna vez, también, del lado de Fito, cuando el patovica de la puerta decidía que la ropa o la cara no eran adecuadas para el lugar, o directamente no tenía ganas de dejar pasar a alguien porque no le caía bien. En esos casos, si uno del grupo no podía entrar, los demás salíamos, discutíamos un rato y terminábamos yendo a otra parte. Fito no me caía bien, y para colmo no habían señales de Hernán, pero de todas maneras estaba dispuesto a hacerlo.

-¡Paula! –gritó del otro lado de la puerta.

Ella pagó su entrada. Mechi y Lara ya habían entrado. Dudó un instante antes de guardar la plata en la billetera.

-Vamos –dijo.

Yo me quedé mirándola.

-¿Estás segura?

Hizo un chasquido con la lengua.

-En dos días se le pasa –dijo.

Me agarró de la mano y entramos en la discoteca. Una vez adentro, antes de ir al baño, me alcanzó la riñonera.

-Fijate si tiene porro.

La abrí bajo la luz que proyectaba la bola de espejos. Adentro habían dos preservativos, una petaca de Bolskaya de banana, un paquete de Parisiennes con una foto carnet de Paula debajo del nylon, encendedor, papel para armar y un poco de marihuana envuelta en papel de aluminio.

-Genial –dijo Paula y me pidió la petaca–. Guardá lo otro, que es para después.


Cómo me voy a olvidar
De aquel encuentro
De esa salida

Bailamos un rato en el centro de la pista. Lara conversaba con un tipo contra una de las columnas de atrás. Mechi, a unos metros, consultaba la hora y miraba insistentemente la puerta de entrada. Tenía un vestido negro que le llegaba hasta las rodillas, ajustado al cuerpo. Cada tanto alguno se le acercaba a hablar y ella negaba con la cabeza sin decir nada. Había visto la misma situación muchas veces en otras partes: una chica sola, ajena a la música, miraba la nada, espantaba a las moscas que daban vueltas de acá para allá. La diferencia era que esta vez sabía –creía saber– a quién esperaba. Y me daba lástima por ella, pero también por él.

-¿En qué pensás? –preguntó Paula.

-Nada –dije–. Me preocupa Hernán.

Pedimos un whiscola y un destornillador. Después encontramos un sillón libre donde entramos, muy apretados, los dos.

-Es incómodo –dijo Paula. La lengua se le enredaba al hablar–. Esperá.

Se sentó encima de mis rodillas.

-¿Así está bien? –preguntó.

-Sí –dije.

Pensé que el lugar estaba lleno de gente.

-Si esto se prende fuego, nos morimos todos –comenté.

Paula me besó. Tenía sabor a frutilla, tabaco y alcohol. No sé cuánto tiempo pasó. Se movía encima mío como una actriz en plena función. Alguna gente se reía alrededor. Al rato, un patovica me tocó el hombro.

-Flaco –dijo–. Pará la mano.

Nos separamos de inmediato.

-¿Vamos a otro lado? –dijo Paula.

Me acordé del telo que había visto a dos cuadras, cuando veníamos en taxi.

-Vamos –contesté.

Con mi suerte imaginé que nos íbamos a encontrar con Fito a la salida, pero no. Tambaleando, cantando en la calle, fuimos hasta allá.

miércoles 3 de junio de 2009

Oblogo

Desde hace un tiempo, la revista Oblogo viene publicando y difundiendo en papel el material de lectura que se genera en la blogósfera. Se distribuye gratuitamente en subtes, empresas, universidades, etc. Esta semana, en el nº 7, hay un post de Los Noventa. Pueden leerlo en la versión en papel o en su sitio web, haciendo click acá. ¡Muchas gracias!

El tachero

Bajamos a la vereda. Hacía frío. Paula se dedicó a la organización:

-Ustedes vayan en taxi –les dijo a sus amigas– , Eric y yo en el auto de Hernán.

Hernán me llamó aparte.

-Andá vos con ellas –dijo–. Yo tengo que pasar por otro lado antes.

-Pero...

Se perdió en la neblina sin dejarme terminar.

Al final conseguimos un taxi que nos llevase a los cinco. Lara y Jazmín viajaban adelante. Yo me senté atrás, con Mechi de un lado y Paula del otro. El tachero, un pibe de pelo largo y anillos en los dedos de la mano, se rió.

-¿Adónde las llevamos, flaco?

Y encendió la radio. Paula le dio la dirección de Ananá. El taxi se transformó en una fiesta rodante.

-Señor –dijo Jazmín–, ¿para qué sirven esas pelotitas de madera?

Señalaba el asiento del conductor.

-Son bolitas masajeadoras –respondió el tachero en tono didáctico, como si estuviera hablando con un chico de cinco años– ¿Sabés lo que son las bolitas masajeadoras?

Se rieron los dos.

-¿Y Hernán? –preguntó Mechi– ¿Dónde está?

Le dije que no sabía.

-Nos espera en Ananá.

Paula suspiró con fastidio.

-Me parece que Fito también va –dijo.

-¿Quién es Fito? –pregunté.

-Mi novio –dijo.

-Ah, ¿tenés novio?

Se hizo un breve silencio en el taxi. Después, las cuatro rompieron a reír. Lara se dio vuelta y me agarró una mano.

-Vos no te preocupes –dijo en tono consolador.

-¡Callate yegua! –gritó Paula– Que va a pensar cualquiera...

Era el momento de decir algo.

-Yo no pienso nada –dije.

Y me arrepentí de no haber tomado más alcohol.

El tachero manejaba por calles oscuras, laterales.

-¿Adónde nos estás llevando? –preguntó Jazmín.

Me dio la impresión de que alargaba el camino a propósito.

-En cinco minutos estamos allá.

-Me da miedo –dijo.

El tachero sonrió. Jazmín miraba hacia adelante.

-No puedo confiar en alguien con un asiento de bolitas masajeadoras -dijo.

-Es cómodo. Si querés, te dejo probar.

Paula me susurró al oído:

-Es una trola.

Por un segundo nos quedamos frente a frente, con los labios tan cerca que casi se podían tocar.

El taxi estacionó en frente del boliche. Paula bajó en seguida. Yo amagué con sacar la billetera.

-Dejen chicos –dijo Jazmín–. Yo pago. Ustedes vayan bajando.

Nos quedamos un rato en la vereda. Lara cerró la puerta. Desde afuera vimos cómo conversaba con el tachero. Se rieron una o dos veces. Después el auto arrancó y se perdió en la noche.

-Era obvio –dijo Paula.

-Un tachero... –dijo Lara.

-¿Qué tiene de malo? -pregunté.

Me pareció que el tipo había sido práctico: notó un interés en Jazmín, le siguió la corriente y se terminaron yendo juntos los dos. ¿Se habría enamorado? Imposible. Le gustaba, nomás. Le llamaba la atención. Más o menos como Paula y yo.

-¿Entramos? –dijo Paula.

Estaba más sobria que cuando salimos de su casa. Le dije que sí. De repente, nos dejaron de importar las otras dos.

-Hola mi amor –dijo alguien atrás.

Me di vuelta en seguida. Era flaco, casi escuálido, con el pelo largo y una remera de Lennon. En la cintura se adivinaba una riñonera abultada. Adiviné quién era antes de que me lo presentaran.

-Fito –dijo Paula–. Mi vida... ¡qué sorpresa verte acá!

martes 2 de junio de 2009

Las chicas de Palermo

Nunca supe de dónde las conocía Hernán. La primera vez que las vi fue en casa de Paula, cerca del Alto Palermo, pero todas vivían por la misma zona. Los fines de semana, como no tardé en enterarme, los padres se iban al country, así que el piso sobre Coronel Díaz era un punto habitual de reunión. En el living, contra la pared, colgaban cuernos de marfil de distinto tamaño. Sobre una repisa, fotos de Paula cuando era chica haciendo equitación. La madre coleccionaba floreros y jarrones. Cuando llegué, detrás de Hernán, observé cómo los llevaban de un lado a otro, les quitaban las flores –que reposaban como desnudas sobre el mármol de la cocina–, los enjuagaban y los llenaban de caipirinha y daikiris de distintos sabores.

Paula me ofreció un florero.

-Es de melón –dijo–. Probá.

El gusto a ron era intenso. La fruta también.

-Está bueno –dije.

Paula se volvió hacia Hernán.

-Me cae bien tu amigo –dijo.

Y se rió con ganas.

-Acompañame a la cocina –dijo después.

Hernán se quedó en el living con las otras tres: Lara, Mechi y Jazmín. Desde la cocina, yo escuchaba la conversación:

-¿Entonces te dejó así nomás, en Londres?

-Una yegua.

-Su hermana iba con mi prima al San Martín de Tours. Dice que es jodida, mal.

Paula me pidió ayuda para exprimir unos limones.

-¿Y vos de dónde lo conocés a Herni? –preguntó.

-Del colegio –dije.

Me senté sobre una banqueta. Ella iba de acá para allá con los ingredientes para la caipirinha. Era alta y robusta, se movía con autoridad, pero al mismo tiempo había cierta delicadeza en sus movimientos, una delicadeza que ella resguardaba como uno intenta atrapar agua con las manos, y se iba escurriendo por los efectos del alcohol.

Un rato después estábamos los seis en el living. Las observé una por una. Mechi hablaba poco y en voz baja. La primera noche casi no la escuché. Era muy flaca y tenía la piel blanca. Parecía de porcelana. Alguien mencionó a un novio suyo que estaba trabajando en Canadá. Era la única que no tomaba alcohol. Las otras tres eran su antítesis. Lara y Jazmín parecían gemelas. Una con el pelo corto, la otra con el pelo largo. Eran estudiantes de Psicología. Cantaban en voz alta, se reían mucho y contaban anécdotas de sus compañeros de facultad.

-Salí con Marcos –dijo Lara.

-¿Y cómo te fue?

-Tomamos mucho. No me acuerdo –estalló en una carcajada–. Mirá lo que me quedó.

Se levantó la pollera y mostró un moretón en el muslo izquierdo. Hernán se recostó sobre el sofá. En una mano sostenía la mano de Paula.

-A ver –dijo.

Y le acarició la pierna a Lara, que le golpeó la mano.

-¡Degenerado!

-Estoy deprimido –se disculpó Hernán.

Alguien encendió la música. Las cuatro empezaron a discutir acerca de un chico que conocían en común. Yo pensé que no se parecían a mis ex compañeras de colegio en Ballester, que se juntaban a hablar acerca del trabajo y el último disco de Luis Miguel. Pero tampoco me la imaginaba a Vero entre ellas, con su idealismo caprichoso y trasnochado. Había una levedad en el aire que me parecía seductora de por sí, como una película de Almodóvar donde sin serlo, yo era el personaje gay.

-¿Cuál era la que me querías presentar? –le pregunté en voz baja a Hernán.

Señaló a las cuatro.

-Ahí las tenés.

-¿Pero vos no…

Me quedé mudo, sin saber cómo terminar la pregunta. Él sonrió. Una sonrisa melancólica, de alguien que entiende pero ya está del otro lado.

-La que quieras –dijo–. Van a elegir ellas, al final.

Paula se volcó un poco de daikiri sobre el pecho. El líquido le chorreaba desde la comisura de los labios hasta los pies. El florero se estrelló contra el suelo.

-¡Qué boluda! –gritaron Lara y Jazmín a dúo. Se retorcían de risa sobre un sofá.

-Eric, ¿venís con nosotras? –dijo Paula tambaleando– Vamos a Ananá.

lunes 1 de junio de 2009

Sexo casual

La primera vez que escuché la expresión “sexo casual” fue a los once o doce años, en una revista Emanuelle que estaba enrollada en el revistero de mi dentista, una cuarentona que me recordaba a mi mamá. En la tapa había una mujer desnuda, con el cuerpo maquillado de gris. Una tipografía enorme y escandalosa –que le cubría las regiones para mí mas enigmáticas de su anatomía– anunciaba: “Las diez claves del sexo casual”.

Por lo poco que había podido leer, era algo que los hombres y las mujeres practicaban desde siempre, pero cada vez con mayor frecuencia. Consistía en encontrarse con alguien, tener relaciones sexuales y después no verse nunca más. La revista hablaba de un “auge” o un “apogeo” del sexo casual, que yo todavía no había percibido en Ballester. Primero pensé que era porque la gente, inevitablemente, iba a seguir viéndose. Si yo me acostaba, por ejemplo, con la madre de Hernán –que era grande pero no tanto y además estaba muy bien–, era muy posible que me la cruzara a los pocos días en la puerta del colegio, o haciendo compras en la calle Alvear. Con lo cual, la idea del sexo casual se destruía a sí misma. Yo sabía que las personas, cuando tenían relaciones sexuales, querían repetir. Y me imaginaba que, si se veían de vuelta, les resultaría muy difícil resistir el deseo. Así que en Ballester no había sexo casual sino, en todo caso, personas que tenían sexo unos con otros más de una vez. El sexo casual quedaba para las mujeres que se pintaban el cuerpo de gris, las periodistas de le revista Emanuelle y los hombres que aparecían en televisión, como Darío Grandinetti o Miguel Angel Solá.

A mí nunca me había pasado, excepto con Laura ese verano en Pinamar, y no contaba del todo porque yo estaba de novio con Vero en aquel entonces. Eso, de alguna forma, me liberaba de la obligación de actuar con Laura ese papel. Los fracasos reiterados me hacían ver las cosas en perspectiva: a mí me salía el novio. A lo sumo –y como quedó demostrado en Pinamar, conflictos morales de por medio– el amante. Nunca el playboy. El viaje por las capitales de Europa arrojó un solo resultado: llegué a Ezeiza con la cabeza baja y las manos en los bolsillos, como un humilde paisano de Ballester.

-Presentame una amiga –le dije a Hernán.

Y cumplió dos días después.

(Continúa mañana)