Junio de 1992


Empecé a leer It, de Stephen King, un viernes a la tarde y lo terminé dos semanas después. Durante ese tiempo iba al colegio, al baño y a la cama con el libro en la mano. No estudiaba. Vivía, casi literalmente, en el pueblo de Derry, donde estaba ambientada la acción.

La historia es relativamente simple: en 1958, siete chicos discriminados por el resto de sus compañeros del colegio (un tartamudo, un negro, un gordo, un judío, una chica de un barrio bajo, un miope y un asmático), consiguen hacer retroceder a una especie de monstruo que, cada veintisiete años, se alimenta de los niños y adolescentes de Derry. En 1985, ya adultos, el ciclo empieza otra vez y ellos vuelven al pueblo de su infancia para matarlo definitivamente.

Es una historia de aprendizaje, un Bildungsroman en versión pop. La particularidad del monstruo, a la cual debe su nombre el libro (It - Eso), es que no tiene una identidad definida de antemano. Se materializa ante los chicos en la forma de sus terrores más profundos, por muy infantiles que éstos sean. En otras palabras: si Ben vio la película de Boris Karloff y le tiene miedo a la momia, entonces It es una momia. Si Richie le teme al hombre lobo, entonces lo que aparece frente a él es una réplica de Michael Landon en I was a teenage werewolf. Lo único real son las heridas. La muerte es real.

Lo más interesante es la estrategia que los personajes encuentran para defenderse del monstruo, y matarlo al final. Bill, el tartamudo, dice en voz alta, por primera vez sin equivocarse, un trabalenguas que le enseñó el fonoaudiólogo. Una frase retorcida y larga, sin un sentido aparente, que hasta ese momento se sintió incapaz de pronunciar. En la traducción era algo así como: “castiga el poste recto y tosco e insiste, infausto, que ha visto a los espectros”. Con eso alcanza. El monstruo retrocede, el miedo se va.

En aquel entonces yo tenía trece años, dos más que los protagonistas de la novela. No usaba anteojos, no tenía asma ni era excesivamente gordo. Tampoco tartamudeaba.

Ese año hubo un breve pero intenso furor por Stephen King entre mis compañeros de colegio. Sus libros circulaban de mano en mano, y de una mochila en otra. Los de mayor éxito eran It, El cuerpo (que sirvió de base a la película Cuenta Conmigo), Carrie, es decir: aquellos en los cuales los protagonistas eran chicos o adolescentes, que en general provenían de familias disfuncionales o caídas en desgracia. Eran los días de la desocupación. Sospecho que todos teníamos buenos motivos para sentirnos identificados. Y todos, de alguna manera, buscábamos la fórmula para que el monstruo nos dejara en paz.



1 comentario:

Natalia Alabel dijo...

King tiene dos grandes temas: 1)niños-adolescentes en situaciones de terror y 2)escritores en situaciones de terror.