martes 3 de noviembre de 2009
El fin de la historia
Yo me encogí de hombros.
-No pasó más nada.
Ni yo salí a buscarla, ni vino ella, ni la reemplacé por otra. Entramos más livianos en el nuevo milenio. Unos con menos plata, otros sin trabajo, muchos sin un rumbo. Algunos no entraron. Vero me dejó a mí en la puerta. Yo dejé la facultad, definitivamente. Sonia dejó a Diego, Hernán dejó a Iara y muchos más siguieron, dejando otras cosas atrás. Una historia se terminaba y como no acabábamos de entender lo que había pasado, cada uno le ponía su significado, como una ofrenda para seguir adelante. Para Diego y para mí, de alguna manera, funcionó. Al menos por un rato.
Hernán se fue del país. Manda mails, de vez en cuando. Últimamente, para los cumpleaños. Suenan todos muy parecidos. Yo los imagino redactados por una secretaria, hasta que me doy cuenta de que los míos se parecen bastante.
Diego anduvo sin saber qué hacer por un buen rato, hasta que hace dos años abrió una comiquería en el sur, en un local que la madre heredó de un tío olvidado. Quedaba en una zona poco transitada y todo el mundo le sugirió venderlo e invertir la plata en otra cosa. Pero Diego no se imaginaba en semejante movida: era la comiquería en ese local, o nada. No había otra parecida en el barrio, donde el sector comercial consistía en un supermercado chino, una pollería y una peluquería que se llamaba “Gladys”.
Para sorpresa de todos, la comiquería funcionó bien de entrada. El año pasado Diego inventó un juego de rol con zombies y policías bonaerenses que fotocopió y repartió con éxito entre sus clientes, casi todos bastante menores que él.
Lucas vive con la madre en Almagro. Lo visita los fines de semana. Dice que le tira el Nintendo, pero más le gustaría ser role master en los partidos que se organizan los sábados a la tarde entre los clientes más grandes. Para eso –opina Diego con sabiduría– todavía le queda un largo camino por delante.
Yo me sentía perdido sin Vero o sin la posibilidad de Vero en el panorama. Antes, hasta durante los períodos más largos sin verla, tenía la seguridad de que iba a aparecer en algún momento. “Hola, qué hacés acá”, y la historia daba un giro inesperado. Ahora , por lo menos, lo dudaba. Una vez pensé que Vero era como un walkman que todavía anda, pero quedó viejo y uno lo mira sabiendo que no lo va a usar.
-Vos sos un romántico –dijo una amiga hace un tiempo, cuando le conté la comparación.
-No, yo…
-¿Y si el walkman no anda? ¿Y si el walkman sos vos?
El blog arrancó sin saber adónde iba y tomó forma gracias a los lectores y a los comentarios que me dejaban o me hacían en persona o por chat, que me daban pistas acerca de qué valía la pena contar y qué convenía dejar de lado. Ese ida y vuelta me perseguía cuando estaba en blanco. Ahora me da pena que esto termine, pero más pena me daba que quedase sin terminar.
-¿Pero no aprendiste nada? –me preguntó Diego cuando le conté mi decisión de terminarlo con el post de Vero.
Estábamos en la Plaza Roca, de Ballester. No vamos casi nunca, pero coincidimos ese domingo.
-Lo voy a corregir –dije–. Quiero cambiar las cosas que están mal contadas, agregar otras nuevas. Que sea una novela, para publicar en papel. Y voy a abrir otro blog.
Atardecía como en la última escena de alguna película sobrevaluada. Diego se paró sobre un banco.
-No puede terminar así –insistió–. Sos un amargo.
-Pero...
-Hacé memoria –dijo–. Tenés que rescatar algo.
Yo siempre tuve la sensación de que en mi adolescencia no pasaba nada. Era una colección de miserias y fracasos, bien musicalizada, con la desocupación que acechaba en todas partes. La historia se terminó y nosotros llegamos tarde.
-Acordate de las boludeces que hacíamos –dijo Diego–. De la gente que conocimos. Hace un año que venís haciendo esto y ahora te olvidaste.
Me quedé mirándolo. Tenía una remera de los Simpsons y una mochila negra con pins de DC Comics, Marvel, Superman. Cuando era chico, a Diego lo miraban raro. Hablaba como un dibujo animado. Mucho antes de que alguien usara esa palabra, ya se había transformado en el freak del barrio.
-No todo fue tan malo –dijo.
Parecía un Quijote, flaco y alargado, frente al tanque de agua.
A lo lejos se escuchó el silbido del tren a máquina que iba a Zárate, el mismo de quince, veinte años atrás.
-¿Comentará Vero? –pregunté mientras nos íbamos.
Y sonreímos los dos.
domingo 1 de noviembre de 2009
Veinte
El departamento estaba desordenado y sucio, todo muy de él, obvio que aunque viviera solo no podía haber cambiado tanto. A la mañana me desperté sola en la cama. Me acuerdo de haber pensado: “qué estoy haciendo”, pero esa sensación la tenía cada vez que estaba con él, todo resultaba tan familiar, tan parecido a lo de siempre, que no se explicaba mucho esa emoción interna que sentía, una emoción de querer salir y gritar que todo fuera distinto. Encima después vino con el desayuno y con facturas y dijo que me había comprado las que me gustaban a mí.
Y yo ya estaba lanzada sobre la tele, que apenas enganchaba algún canal de aire, para ver lo que estaba pasando. Le pregunto si vio saqueos afuera, si vio a la policía, si vio algo, y él me responde:
-No sé, está todo muy tranquilo, no hay nada.
En un canal mostraban la Plaza de Mayo. No había casi nadie. Habían reprimido la noche anterior. Seguían los saqueos, De La Rúa declaró el estado de sitio. Estaban prohibidas las manifestaciones, pero ese día nadie podía prohibir nada.
-Tenemos que ir –dije.
-¿Adónde?
-¡A la plaza!
Sacó la pava del fuego. Dejó de mirarme a los ojos, como hacía siempre cuando no estaba de acuerdo con algo. Empecé a vestirme. Mi ropa había quedado tirada alrededor, mezclada con la de él, que se caía de la puerta abierta del armario. En lugar de renovar su guardarropa cada tanto, Eric acumulaba. Seguro que no usaba ni la mitad de lo que tenía, pero igual me sorprendió ver el buzo azul que llevaba puesto todo el tiempo cuando salíamos, que le había regalado su abuela a los quince y ya le quedaba chico a los dieciséis. Me dio ternura primero, pero enseguida pensé: “éste no se desprende de nada”, y no quería seguir sintiendo ternura de eso. Le dije:
-Yo me voy. Si vos también querés venir, vamos.
Salimos a la calle sin desayunar. Yo me había dado cuenta en seguida de que pasaba algo importante. La gente cruzaba la calle por cualquier lado, los autos no respetaban los semáforos, los supermercados cerraban temprano y los almacenes y los kioskos de los barrios, si podían, atendían con la persiana baja. Yo estaba contenta de que viniera algo grande, como una ola, que se los llevara a todos puestos. Me acuerdo de que mi viejo puteaba, dormía poco, gritaba todo el tiempo, mi vieja agachaba la cabeza y eso a mí me daba más ganas todavía de que se le viniera el mundo abajo, a él y a los viejos de mierda de todas partes.
Eric dijo:
-Me parece que va a haber quilombo.
Era lo único que decía.
Había bastante gente cuando llegamos a la plaza. Algunas eran columnas organizadas: piqueteros, partidos de izquierda. Pero la mayoría eran personas que habían ido solas o en grupo, para ver qué pasaba. Estar ahí, violando el estado de sitio, era resistir. A Eric se lo veía muy asustado. Me daba tanta bronca que yo ni le hablaba. Miraba a todos lados, especialmente detrás de las vallas, a un costado, donde estaba la policía montada.
La gente saltaba y cantaba. Me metí en un grupo del Partido Obrero, creo, que habían llevado bombos y parches. Me acuerdo de un gordo con la camisa desabrochada, que saltaba. Le veía subir y bajar la panza, una panza gorda y plena de muchos asados. Era mayor que yo. Pensaba por qué saltaba él, si era distinto o parecido a lo mío, una chica de Belgrano, que de Europa se vino a la Plaza de Mayo. En realidad que no importaba, todos teníamos nuestras razones, pero por fin coincidíamos en algo.
Eric apareció corriendo entre la gente, me arrastró de la mano.
-Soltaron los caballos –gritaba.
Las columnas se dispersaron, un viejo tropezó y se cayó al lado mío, lo ayudé a levantarse y corrimos por avenida de Mayo. Yo miraba para atrás y no lo podía creer: los caballos seguían avanzando. Los canas golpeaban a la gente con los bastones. Tiraban gases. No les importaba nada.
Nosotros íbamos unos cincuenta metros más adelante. Eric tosió, a mí me picaban la garganta y los ojos. Nos metimos junto con otra gente en la entrada de un edificio, apretados unos contra otros en la puerta de hierro. Él me abrazó.
-No llores –dijo.
Sonó un estampido. Los caballos nos pasaron por al lado. Uno amagó con tirarse contra nostros, pero se echó para atrás a último momento. Escuché un grito. Después, más gente corriendo.
Antes de salir, un tipo se asomó para asegurarse de que ya habian pasado los caballos. Otros fueran saliendo de las entradas de los edificios alrededor. Se iban juntando sobre la mitad de la calle. Una mujer gritaba frenética, doblada encima de un bulto ensangrentado.
-Un médico –gritó–. Una ambulancia. Algo…
Nos acercamos a ver qué pasaba. Primero no me di cuenta. Después lo reconocí de golpe. Era el mismo gordo que saltaba un rato antes en la plaza. La camisa era un montón de trapo. Un tiro, algo, le deshizo la panza.
Yo tenía veinte años.
Miré para otro lado. Eric también. Fuimos hasta la esquina, doblamos por Perú y nos metimos en Florida, hasta Lavalle.
No dijimos nada.
En el Obelisco también se junto gente. Habían armado una fogata con maderas, llantas o algo. Yo le dije a Eric que me iba a casa.
-Te acompaño –dijo.
-No, gracias.
Creí que iba a insistir, pero al contrario, él también parecía aliviado. Nos abrazamos. Mientras volvía en el colectivo seguían las manifestaciones, los cacerolazos. Yo me largué a llorar. Al día siguiente Eric llamó a mi casa, pero la sensación de que terminaba algo y empezaba algo distinto, era demasiado grande como verlo otra vez.
A mí me pareció que él entendió lo mismo porque después de dos o tres llamados, no supimos más del otro.
sábado 31 de octubre de 2009
Diciembre de 2001 (3)
-¿Se abollará mucho? –le preguntó a la amiga.
Yo intervine:
-¿Es de teflón?
Se quedó sorprendida, pero fue sólo un instante. En una circunstancia así, parecía normal que todos hablaran con todos.
-¿Qué es teflón? –preguntó mirando la sartén de cerca.
Yo tampoco sabía bien.
-Son las más nuevas… -balbuceé.
La chica se perdió entre la gente. Llegamos al edificio de Cavallo unos minutos después.
-¡Hijo de puta! –grité.
Diego estaba mudo.
-Dale, boludo –dije–, gritá vos también.
-¿Va a renunciar? –preguntó.
-Que se vaya, boludo. Que se vayan todos.
Diego se encogió de hombros.
-¿Y quién va a venir?
La multitud coreaba:
-Pelado hijo de puta / La puta que te parió.
En algún momento empezó a correr la noticia de que Cavallo había renunciado. Algunos festejaron. Me crucé con un ex compañero de la facultad.
-Vamos a una fiesta, loco –dijo–. Vénganse.
Diego me miró como pidiendo disculpas.
-Mañana tengo que levantarme temprano…
Fuimos a la fiesta en un grupo grande, de diez o doce personas. Un gordo transportaba una cacerola con clericó. Alguien repartió vasos descartables. A cada rato, caía alguno que aportaba un vino o una banana que pelaban por el camino, deshacían con los dedos y tiraban adentro de la cacerola. Cuando llegamos a la casa donde se hacía la fiesta, en Palermo, el clericó se había transformado en un brebaje insípido y tibio, pero lo tomábamos igual.
Nos abrió la puerta un rasta. Pensé que era el dueño de casa.
-Pasen –dijo.
Había olor a marihuana y mucho alcohol. Casi todos habían llevado algo. Manu Chao sonaba fuerte en el patio de atrás. Después pusieron la Bersuit.
Pensé que era un buen momento para enamorarse. Me acordé de Dr. Zhivago, que se enamoraba durante la revolución. Yo estaba solo, después de todo. Desde Laura, las apariciones de mujeres se habían vuelto cada vez más esporádicas, y eso que antes tampoco eran muy frecuentes. Desde un tiempo atrás, me costaba entusiasmarme con alguien. Las respuestas parecían previsibles, todo –de alguna manera– daba igual. Sí, era un excelente momento para reencontrarme con mi ex.
-¿Qué hacés acá?
No me sorprendió en lo más mínimo.
-Estaba pensando en vos –dije y me arrepentí al instante.
-Yo también –dijo ella.
Por lo menos, éramos dos. Diego la abrazó.Conversaron un rato. Después me pidió las llaves, y se fue al departamento a dormir. Yo me quedé. La casa reventaba de gente. Vero había ido con dos amigas, que se dispersaron por el lugar. Salimos a la calle. Volaban papeles de diario. Estaba tranquilo otra vez.
-Esto es increíble –dijo.
-Sí.
Había vuelto a lo de los padres, según ella, por un mes o dos. Le conté que yo vivía solo.
-No lo puedo creer -se rió.
-¿Querés conocer mi casa?
Ella lo pensó unos segundos.
-Es temprano -insistí.
-Dale -dijo al final.
Por la calle, en algunas esquinas, algunos piqueteros quemaban neumáticos o pedazos de papel.
-Puede pasar cualquier cosa -dijo ella en el colectivo.
Y miraba a su alrededor.
Creí entenderlo todo. La realidad no era inmóvil. Bastaba con que un grupo de personas se juntara en la calle, para tirar un ministro abajo. Así de fácil cambiaba todo. Con tomar la inciativa, alcanza. Llegamos al departamento. El desorden me recordó mi habitación de los dieciséis. Vero me miró y yo la miré y estaba en los ojos de los dos. Y ahí estábamos juntos, otra vez.
Diciembre de 2001 (2)
Cuando uno muere, se termina la historia. No queda nada más para seguir contando, porque ya no hay nadie que lleve esa historia adelante. Los personajes secundarios se dispersan, cada uno teje su propia historia, que no es la misma: Diego se separa de Sonia, entra en crisis, trabaja otra vez en un hipermercado y después de unos años, pone una comiquería en el sur. Hernán larga la merca, o eso dice, pierde plata con el corralito (pero no tanta), consigue empleo en una discográfica, se va a vivir a Europa y después a New York. De Vero no se sabe mucho, como siempre. Sólo que reaparece años después, un poco transformada.
Pero la historia del que muere se termina ahí, en ese preciso instante, cuando la bala sale por el otro lado y se convierte en otra cosa, algo del aire enrarecido, porque ya mató.
En Diciembre de 2001, el clima de que algo terminaba se sentía en todas partes. Negocios que cerraban, gente que se iba o que perdía el trabajo, algunos por segunda o tercera vez en poco tiempo, sólo que con la sensación de que esta vez era la última. Los viejos, dentro de todo, se lo tomaban con un poco más de calma.
-Siempre hubo quilombo –dijo uno de Ballester. Entonces recordaba en voz alta el conflicto entre azules y colorados, más de treinta años atrás.
Mi vieja decía:
-Estoy preocupada.
Y se detenía en la cocina de mi departamento, donde se acumulaban los platos y los vasos sin lavar.
-Yo también –dije.
Las cosas iban mal en mi departamento recién alquilado. No por la humedad en todas partes, que no me molestaba. Yo era un hongo más. Tampoco por el desorden, aunque ese montón de libros, remeras, discos y revistas viejas en el suelo, ya empezaba a irritarme. Cuando me mudé, poco tiempo atrás, había hecho los cálculos exactos: la plata me alcanzaba para pagar todo sólo si comía fideos y arroz por lo menos quince días al mes. Pero las cuentas de teléfono venían altas, y se había roto el lente en mi lector de cds. Todavía no habíamos llegado al veinte y ya no tenía con qué sobrevivir.
Un día me llegó una carta del banco ofreciéndome un crédito. Podía aceptarlo sólo con firmar y mandar la carta de vuelta, con respuesta postal paga. Una nota en letra chica advertía que el importe del préstamo estaba en dólares. La devolución era hasta en 24 cuotas. Haciendo las cuentas, con los intereses uno terminaba pagando el triple de lo que le habían prestado.
-No seas boludo –dijo Hernán.
Me molestó. Él podía decirlo, porque no lo necesitaba.
-Yo te presto –insistió.
-No, boludo, dejá.
-¿Cuánto necesitás?
No dije nada. Él buscó en su billetera.
-Tengo cien dólares acá –dijo–. ¿Te alcanzan? Si no, busco más.
Mientras volvía a casa, pensé que así era como se resolvían las cosas ahora. Hernán y yo nunca fuimos iguales pero nos gustaba esa diferencia, aunque durante mucho tiempo no supimos de dónde nos venía. En los últimos años nos habíamos distanciado un poco. Hernán se juntaba con otra gente, más parecida a él, y yo hacía lo mismo por mi lado. Pero nos seguíamos viendo, aunque nos limitásemos a recordar el pasado, como a la espera de tener algo en común otra vez. Finalmente, esa espera había dado sus frutos. Los tenía en la billetera. Me acordé de nuestras excursiones en Ballester, las peleas, de cuando nos juntábamos a tomar cerveza en el jardín de los padres de Hernán. Cuando llegué al departamento guardé el billete en un libro con la intención de sacarlo recién unos meses después, para devolvérselo. Pero tuve que usarlo al día siguiente para pagar la luz.
Con Diego era diferente. Nos unía la misma pobreza. Una noche me pidió quedarse a dormir en mi departamento. Tenía una entrevista para un trabajo ahí cerca, temprano al día siguiente. Cenamos temprano. Me mostró un celular que le habían regalado por la calle.
-Es una promoción –dijo–. Me dejaron el equipo gratis, y los primeros tres meses no pago abono.
-¿Y después qué vas a hacer?
-Lo doy de baja.
-¿Firmaste contrato?
La frente se le llenó de surcos.
-¿Por qué?
Lo pensé un rato.
-No importa, dejá.
Un rato después empezaron los cacerolazos. Sonaban desde el edificio de al lado, desde el frente, en los pasillos. Encendimos la tele. Un rato antes, el presidente había anunciado nuevas medidas de ajuste. Un grupo de personas se estaba congregando en frente de la casa de Cavallo, sobre Libertador. Eran cada vez más. Miré por la ventana. La calle se estaba llenando de gente que iba y venía, un poco confundida, por la oscuridad. Parecía año nuevo, navidad.
-¿Vamos? –dije.
Diego lo dudó un instante. Salimos al final.
martes 27 de octubre de 2009
Volvieron los noventa
-¿Qué estamos haciendo? –dijo ella.
-No sé –murmuré con los labios a mitad de camino entre seguir besando y cerrarse.
-Esto es muy malo. Horrible. No puedo creer que esté pasando.
Me apartó con el brazo.
-Vero…
-Me voy a casa –dijo buscando un taxi con la mirada.
Toda la noche había sido una deriva lenta de bares, restaurantes, en los que no dejábamos de recordar el pasado. El alcohol también hizo su parte. Habían pasado unas cuantas horas desde que nuestro estar juntos dejó de ser prudente, pero ninguno de los dos –ella tampoco, más allá de su negativa actual– había querido interrumpir esa conversación donde se cruzaban fragmentos del blog, recuerdos divergentes, acusaciones y carcajadas. “Sentí que estabas medio loco”, había dicho Vero y unos segundos después completó la frase: “pero no que me extrañaras”.
-Vamos en colectivo –dije–. Te acompaño.
Se dio vuelta y gritó hasta que se le fue la voz:
-Estoy harta de salir con adolescentes. Dejame en paz.
Me quedé mirándola. Ella rompió a llorar.
-Dejame en paz –insistió.
Pensé que estaba borracha, o loca.
-Vení –dije–. Vayamos a tomar algo. Hablemos con tranquilidad.
-Vos fuiste el primero –me apoyó un dedo en el pecho–. Los otros también me cagaron.
Me irrité.
-Claro, porque vos no cagaste a nadie.
Nos quedamos frente a frente, en la vereda, mirándonos. Soplaba un viento fresco. La avenida estaba en calma.
-No hagamos esto –dijo alguno de los dos.
La acompañé a buscar un taxi. Pasamos por una plaza donde dormía una familia. El padre estaba acostado de espaldas, con la boca abierta. Los tres hijos debajo de un árbol. La madre, ya despierta, masticaba un pedazo de pan.
-Yo no quería que pase esto –dijo Vero.
-Yo tampoco –dije–. Nadie quería.
-¿Y ahora que hacemos? Yo no… –se interrumpió unos instantes, suspiró– No sé si quiero volver a verte.
Habíamos visto miles de taxis durante la noche. Esa madrugada no apareció ninguno. Después de un rato nos metimos en un bar con medialunas gordas que brillaban en el mostrador.
-Es raro –dije.
Ella revolvía la cucharita en el café.
-El lugar –señalé a nuestro alrededor–. Las luces, las plantas, los manteles… es como si estuviéramos diez, quince años atrás.
Me contó que había estado viviendo en Barcelona, en el 2002. Pero extrañaba, conoció a un argentino y volvió a Buenos Aires. Querían casarse, tener uno o dos hijos, irse a vivir al interior. Se separaron dos años después, sin alcanzar a concretar ninguno de esos planes.
-No es que yo no quisiera –dijo ella con tristeza–. Él se arrepintió.
Desde entonces, con intermitencias, había estado sola.
-El otro día salí con uno de Facebook –dijo–. Fue un garrón.
Del otro lado de la vidriera, el padre de familia había despertado y miraba de un lugar a otro, buscando un lugar para mear.
-¿Qué pensás? –preguntó Vero.
Pensaba en cómo diez años atrás ella no sabía lo que buscaba y ahora que sabía, o creía saberlo, no lo encontraba. De alguna manera los dos estábamos heridos, y esa herida tenía que ver con el pasado.
-Tenés que terminar el blog –dijo antes de llamar al mozo–. Contalo y listo. Terminalo de una vez.
-Sí –dije–. Nada es para siempre.
Y me quedé mirando una palmera artificial.
miércoles 21 de octubre de 2009
El reencuentro
-Pensé que me esperabas en frente –dijo señalando el bar.
-Sí, es que… -balbuceé.
Diez años atrás no hubiéramos pisado nunca un lugar así, con palmeras artificiales y mozos vestidos de blanco, porque a esos lugares iban los viejos y las luces nos resultaban incomprensiblemente excesivas, brillantes. A Vero, además, la molestaba la sumisión de los mozos. Armaba escándalos cada vez que veía alguno. Ahora le pidió la carta.
-¿Qué te pareció el blog? –pregunté.
-Muy lindo… -dijo.
El mozo nos acomodó el mantel.
-…pero lo dejaste inconcluso.
Pasó un tipo que vendía flores.
-¿Una rosa para su mujer?
-No gracias –dije–. Es una ex.
Ella se agarró la cabeza.
-¿Ahora soy tu ex?
Me encogí de hombros.
-Yo a vos no te cuento como ex –dijo–. Éramos chicos, fue hace un montón.
-Bueno pero…
-¿Saliste con otra gente, después de mí?
Trajeron el café. Miramos las tazas en silencio.
-¿Y qué te dio por escribir todo eso? –dijo después de un rato–. ¿Vas a tener un hijo? ¿Te estás por casar?
Suspiré.
-Tengo una enfermedad terminal.
El sarcasmo se le congeló en la cara.
-Mentira –dije al final.
Le expliqué que no sabía muy bien por qué lo había escrito.
-Empecé sin tener idea. Me gustó la gente que me comentaba, así que seguí escribiendo. Era más fácil contar la verdad que inventar algo.
-Me gusta el nombre Vero –dijo.
Sonreí.
-Ahora no sé cómo terminarlo. Por eso quería que lo leyeras. No sé cómo contar la última vez que te vi.
-¿En la plaza? Es muy fácil, cayó la cana y…
-No me refiero a eso.
Tomé aire antes de seguir hablando.
-Nunca entendí por qué me dejaste –dije al final.
Se agarró la cabeza.
-No me vengas con esto, te lo pido por favor.
-De verdad te lo pregunto –insistí–. Necesito saberlo para cerrar el blog.
Vero enmudeció.
-Siempre eras vos la que se escapaba –dije–. Después volvías a aparecer y a veces pasaba algo. Pero después de esa vez no apareciste más. Hace tres o cuatro años te mandé un mail, que nunca respondiste. Yo no quería, ni quiero volver con vos. Sólo necesito preguntarte esto. Por qué me dejaste.
Pensó la respuesta un largo rato.
-¿Sabés lo que pasa… -dijo y volvió a callar.
-Contame.
Se mordió el labio.
-Necesitaba seguir adelante –dijo al final.
“Con esto no cierro un blog”, pensé.
-¿Qué significa eso?
Volvió a tardar en responder.
-Soy el personaje más desdibujado de tu blog –dijo– ¿Eso te dice algo?
-¿Cómo...?
-Cada vez que me hacés aparecer soy una distinta, y siempre te termino cagando.
Ahora fui yo el que enmudeció.
-Fijate, leelo de vuelta. ¿En serio me veías de esa manera?
Por mi cabeza desfilaron imágenes de humillación adolescente, algunas inventadas, otras no: una gordita en fila esperando el colectivo, y un tipo que deja pasar adelante a todas las mujeres excepto a ella. Un mochilero encuentra una foto de su ex novia en Europa, en manos de un par de desconocidos, y se entera de que los dos se acostaron con ella. Otro se queda esperando en la clase de gimnasia que lo elijan para un partido de fútbol, pero los equipos pelean entre sí para que juegue en el equipo contrario. Unos llevan anteojos horribles, otros usan aparatos fijos o tienen una nariz enorme que...
-¿Entendés lo que te digo? –insistió.
-Sí... no sé...
Estaba confundido.
Vero llamó al mozo.
-Además no te diste cuenta de otra cosa –dijo mientras guardaba el celular en su cartera.
-¿Qué?
-Nunca dijiste que me querías –suspiró.
martes 13 de octubre de 2009
La posmodernidad
En mis fantasías, en el año 2009 yo había ingresado en el mundo definitivo del empleo ocasional. Vendía tostadoras, completaba planillas de Excel y estudiaba inglés en forma permanente, porque en el curriculum quedaba bien. Las mujeres me dejaban por insolvente. No podía pagar ni siquiera mi propio café.
Un antídoto era Pearl Jam, porque tenían épica y luchaban contra las discográficas. Se sentían perseguidos. En las entrevistas –daban muy pocas– , cuando hablaban de libertad yo leía: “libertad de las discográficas”, como un guiño, y sentía todo el dolor de esa queja. Y entonces eso tenía algún sentido, aunque no pidieran la revolución. “Si tanto les molestan las discográficas, que editen en un sello chico. O que regalen los discos”, decían los detractores más temibles. Estos escépticos sostenían que en el fondo, a los de Pearl Jam sólo les importaba la guita. Igual que a todo el mundo.
-Voy a escribir sobre eso –le dije a Diego por teléfono.
-¿Sobre qué?
Hablaba medio dormido, como si lo acabase de despertar.
-El cinismo, la falta de ideales, la desolación.
-¿Sos boludo?
Se despertó de repente:
-Ahora te hacés el serio, pero hace un año que venís contando historias de una mina que te dejó a los dieciséis.
Balbuceé algo.
-Hablá de Vero –dijo–. Matrix también habla de política, pero es una historia de amor, de búsqueda de identidad. Si contás eso, a la gente también le va a llegar lo otro. No seas tan obvio.
Corté con un nudo en la garganta.
Vero.
No me costó ponerme en la piel de Laura, pero no me animé a hacerme pasar por ella. Ni se me ocurrió. Ese era uno de sus reproches más frecuentes:
-Ponete en mi lugar… -decía y después me explicaba por qué yo había actuado como un nene.
A mí siempre me pareció que Vero tenía razón, aunque le manifestara lo contrario. Pero para mí, a diferencia de ella, eso nunca había sido un problema. No me interesaba ponerme en su lugar. Me gustaba verla desde mi distancia, como en el recital donde la vi por primera vez , con esa precisa distancia donde Vero era todo lo que yo quería ver en ella.
Decidí llamarla al día siguiente.
Me acordaba de memoria el número de los viejos. Respiré aliviado. Seguían viviendo en el mismo lugar.
-¿Qué es de tu vida? –dijo extrañada.
No le mentí, pero adorné mi presente de manera tal que pensara que yo había sido un buen candidato, después de todo.
-Te felicito –dijo al final.
-¿Vero cómo anda?
Dejé caer la pregunta de manera desinteresada pero inverosímil, como un físico que hace cálculos que al fin y al cabo sólo sirven para diseñar la bomba atómica. La vieja tardó en responder.
-Bien... –dijo y calló.
Más tarde pensé que se había divertido con la conversación. Era obvio que quería prolongar el suspenso, aunque fuera de esa manera un poco insustancial. Igual funcionó: pensé que se había ido del país, que estaba en silla de ruedas, que me odiaba y no me quería ver. Me quedé en silencio, pero a la vieja sólo le interesaba el show. Al cabo de unos segundos, preguntó:
-¿Querés el teléfono?
Y me pasó el celular. Llamé en seguida. Me atendió la misma voz de siempre, apenas un poco más curtida por la edad.
-Qué sorpresa. ¿Bien y vos?
No le pregunté en qué andaba.
-Escribí sobre nosotros.
Le conté del blog. Escuchó en silencio, soltando de vez en cuando un solitario “ajá”.
-Necesito que lo leas –dije.
“Necesito tu voz”.
Quedó en llamarme después.
-Me imagino que habrás contado la verdad –dijo antes de cortar.
-La verdad no existe –dije no muy convencido.
Pero durante los tres días siguientes, y sin saber muy bien por qué, me desesperó la ansiedad.



