Los BBS (Bulletin Board System) fueron la prehistoria de Internet. Básicamente, una pc con un software a la cual uno se conectaba por vía telefónica. Una vez ahí, uno podía descargarse programas shareware, desgrabaciones de los programas de Dolina, cuentos digitalizados, e intercambiar mensajería en redes como Fidonet, Southnet, Econet y algunas más.
Me enteré de su existencia a través de una nota en la revista de Clarín. Uno de los entrevistados era Federico Pilo Firpo, dueño –o SysOp, que venía a ser lo mismo– de Macondo, un BBS dedicado la divulgación literaria. Pero también habían otros, con distinta orientación: Antares, Carreteras del Viento, Los Pinos II, New Age, el de la Biblioteca Nacional y el del suplemento Lo Nuevo de Clarín, que incluía además un rudimentario chat con el resto de los usuarios online.
Algunos BBS cobraban por el acceso. Estaban las 24 horas disponibles y tenían una gran cantidad de información. Pero la gran mayoría era amateur. Esto implicaba que funcionaban solamente durante algunas horas a la noche, cuando estaba despejada la línea telefónica en la casa del operador. Los datos de los números a los cuales llamar circulaban en una lista que se distribuía en las redes de mensajería y en los propios BBS. Ese año, había más de cien en Buenos Aires y Capital Federal.
El mío fue uno más. Se llamaba La Revista BBS, básicamente porque no se me ocurría un nombre mejor. Tardé unas semanas en aprender a configurar los programas. En la sección de archivos, colgué algunos textos bajados de otros BBS –especialmente de Macondo–, y algunos que yo mismo me ocupaba de transcribir en .txt. También había colgado una nota, copiada de Página/12, sobre la represión policial.
Funcionaba desde las once hasta las siete de la mañana. Durante ese lapso, yo desconectaba el teléfono para que no sonara en medio de la madrugada. A veces recibía cuatro o cinco visitas por noche. Otras veces, nada. Era cómico –y un poco inquietante– ver cómo las letras se escribían solas en el monitor de mi pc. Una vez me dejaron un mensaje, en relación a la nota que yo había copiado sobre la represión policial: “La mano viene dura, tené cuidado”.
Una noche recibí un mensaje que decía: “Me encanta Mario Benedetti. Voy a pasar más seguido por acá”. Lo firmaba una tal Laura, de dieciséis. Le respondí que muchas gracias y que la vez siguiente, si tenía ganas, eligiera la opción “Chatear con el SysOp”.
Volvió a la semana siguiente. Chateamos un buen rato. Me dejó su teléfono. Después de unos días, la llamé.
-Podríamos vernos -dije.
Ella dijo que sí.
Vivía en San Justo. Nos encontramos en Lavalle y Florida un sábado al mediodía, dos semanas después. Yo había inventado una coartada para evitar las preguntas de mi vieja. Supongo que ella había hecho algo similar. Fuimos al McDonald´s y después a ver una película con Juliette Binoche. Hablamos poco, por vergüenza o incomodidad. Nos despedimos a las seis.
-La pasé bien –le dije a Hernán después.
Laura se siguió conectando al BBS por unas semanas más. A veces chateábamos, otras veces nos dejábamos mensajes. Algunas noches no me escribía nada. Yo miraba los nombres de los archivos que se descargaba. “No te salves.txt” y “Corazón coraza.txt”. Después dejó de aparecer.






