miércoles 15 de julio de 2009
La rolinga
-La gente nos mira –dije.
-Que se vayan todos a la puta que los parió.
-¿Por qué? Si se cagaron de risa…
Mariano gruñó algo.
-¿No te gusta estar entre la gente? –pregunté.
Se quedó pensando un rato en la respuesta.
-Qué sé yo, boludo… –dijo al final– Tengo impulsos sociales por momentos y soy solitario en otros momentos. Y a veces se contradicen los dos impulsos. ¿Entendés? Pero el mejor hombre es el que puede tener esa armonía, o esa guerra, entre el impulso social y el impulso solitario. Si vive en la guerra y acepta que está en la guerra y se da cuenta, y lo toma con naturalidad, “es la guerra y se acabó, puedo morir y ya está”, ahí tiene paz. La paz de la guerra, por supuesto. La única paz que existe.
-Claro.
-Mirá a esa piba por ejemplo.
Se refería a una chica con remera de los Stones. Lo miraba de reojo. Cuando él la señaló, se volvió abiertamente hacia nosotros. Usaba flequillo. Del cuello, en una cadenita dorada, le colgaba una pequeña cruz.
-Se viste igual que todas las minas y los flacos de acá, hace lo mismo que hacen todos... En mi barrio también está lleno. ¿Y para qué? En el fondo es porque tienen un queso encima que no se aguantan, relojean a todo el mundo, quieren coger y nada más.
-Bueno –balbuceé–, no necesariamente...
-¿Qué decís vos? –nos interrumpió la chica.
-¿Tengo razón o no? –dijo Mariano, con absoluta calma– ¿Por qué te cortaste el pelo así?
-Porque me gusta –dijo ella–. ¿Qué problema hay?
-Y... –dijo Mariano–, el problema es que es una boludez. Hay gente muy copada, pero hay gente muy enferma también. No digo que vos lo seas, ¿eh? Eso se llama bovarismo. Madame Bovary creía que era una cosa que no era.
La chica se acercó un poco más. Mariano había adoptado el aire solemne de un titular de cátedra. Nos hablaba a los dos:
-Existe el bovarismo ascendente, descendente y el igualitario. El ascendente es creerse una cosa superior a lo que uno es. Es la mayoría de la gente, yo incluido, por supuesto. El descendente es creerse una cosa inferior a lo que uno es. En lo cual yo también me incluyo, porque yo también me creo inferior a lo que soy. Y el igualitario es creerse que uno es otra cosa igual a lo que es, pero otra cosa distinta.
-¿Por eso te tatuaste el orto? –preguntó la chica.
-No –respondió él sin alterarse–. Me tatué el orto porque es la cara de mi vieja y yo la amo y hace unos ravioles de la san puta. Y porque soy único. ¿Entendés?
Ella se rió.
-Si vos lo decís...
-¿Vos la querés a tu vieja?
-Sí... –respondió ella–. Pero nos peleamos bastante.
-Lógico... –suspiró él–. Uno siempre se pelea con la vieja. Es el amor en la lucha. Pero lo importante es que la querés. Y ella te quiere, también.
-Qué sé yo... Es que a veces me parece que...
Se quedaron unos segundos en silencio. Ella pensaba algo. Él la miraba en calma, de arriba abajo, como si acabase de verla por primera vez.
-Vos sos distinta –dijo Mariano–. No sos como esa manga de boludas que se visten y se peinan igual. ¿Por qué hacés eso?
Ella sonrió con incomodidad.
-¿Escuchaste al Polaco? –insistió él– ¿Escuchaste a Gardel?
-Me tengo que ir –dijo ella.
-¿Me das tu teléfono?
-Mis amigos me están esperando. Chau.
Desapareció entre la gente sin mirar hacia atrás.
Mariano apoyó los codos sobre la barra. Tenía la mirada hundida en el vaso de whiscola que no se terminaba más.
-¿Querés que nos vayamos? –pregunté.
Dio un largo suspiro.
-Vamos a Liniers, boludo –dijo–. Vamos a Liniers.
Miré la hora. Eran las cuatro menos cuarto. Demasiado temprano, todavía, para tomar el tren hasta Ballester. Mariano se secó una lágrima. Me dio pena verlo así, como un gigante derrotado. Lo pensé un rato más.
-Vamos –dije al final.
martes 14 de julio de 2009
La Negra
-Vamos a Liniers, boludo –insistió Mariano.
Yo ni sabía dónde era.
-Queda en la loma del orto –dije–. Además, está bueno La Negra.
-¿Fuiste alguna vez?
Le dije que sí. En realidad, había escuchado hablar del lugar en la radio porque esa noche tocaba una banda que se llamaba Carne Para Cerdos (C.P.C.) y hacía música industrial como Nine Inch Nails (N.I.N.). Yo los había visto en el Headbangers Ball de MTV. A mí me parecía horrible la música industrial, pero como sonaba enfermiza y decadente pensé que a la larga me iba a terminar gustando, como me había pasado antes con la cerveza, el whisky y algunas bandas de trash. Pero esos argumentos no hubieran convencido a Mariano.
-Yo voy siempre –dije–. Está bueno, vas a ver.
-¡Yo COGÍ en Liniers! –gritó Mariano en medio de la calle–. Por eso te digo, boludo. Vamos para allá.
Yo me reí.
-¿En serio? ¿Cuándo?
-No sé, hace un montón. Con una mina que ni sabía cómo se llamaba. Tenía un pedo para diez. Le pedí el teléfono, llamé al día siguiente y era una casa de empanadas. ¿Te das cuenta cómo son? A las minas lo único que les interesa es el sexo, aunque digan lo contrario. Se creen que el amor es verso. No lo sienten igual que nosotros. Es de la boca para afuera, nomás. Yo me tatué el culo con la cara de mi vieja, boludo, eso es amor.
-Llegamos –dije.
Era temprano. Había cola en la puerta. Se veían remeras de Nirvana, Ramones, Pantera, los Redondos, los Stones. Mariano suspiró.
-Mirá la manga de pelotudos que hay acá.
-¿Qué música escuchás en tu casa? –pregunté.
-Tanturi, D´Arienzo, Troilo –dijo–. Toda la música que esté hecha con sentimiento, me gusta. Lo otro es una boludez.
Nos paramos al final de la cola. Un grupo de chicas conversaba en frente nuestro. Yo le pregunté a Mariano si se había anotado en alguna materia el cuatrimestre siguiente. Él hizo un gesto de desprecio.
-La facultad es una boludez. Es una verdulería la facultad. La facultad no es nada. Está llena de boludos. Lo que pasa es que reluce tanto porque supuestamente un lugar de estudio estar tan lleno de boludos, profesores, pibes, todo.... Es patético. No voy a volver.
-¿Nunca? –dije–. ¿Estás seguro?
La cola avanzaba de a poco. Una de las chicas de adelante retrocedió unos pasos para escuchar mejor el discurso de Mariano.
-El día que digan (si me lo dicen, no me importa que me lo digan o no): “Mariano B., venga y enséñenos toda la sabiduría que tiene adentro”, entonces voy. No como profesor. Como un tipo que vivió y que puede transmitir lo que vivió. Nada más. Pero estoy seguro de que no va a pasar. Lo que va a pasar va a ser lo siguiente: yo voy a formar mi propia escuela y voy a enseñar yo y voy a hacer lo que se me cante el culo. Eso va a pasar.
-Me parece bien –dije.
La chica que nos escuchaba ahogó una risa. Me hacía acordar a Laura, con su pollera hindú. Mariano la encaró:
-¿Alguna vez te dijeron que tenés una belleza exótica? –preguntó.
-Gracias –murmuró ella.
-No, gracias no –dijo Mariano algo molesto–. Te lo digo de corazón.
Ella lo miró con desconcierto.
-Bueno... y yo te dije “gracias” –insistió.
-¿Ves lo que te digo? –Mariano se dirigía a mí– No les importa nada.
Un auto nos tocó bocina.
-¡Taffarel! –gritaron desde adentro.
Mariano se agarró la remera, a la altura del pecho.
-¡Aguante! –gritó.
Entramos en el boliche cinco minutos después. En la pista grande pasaban un tema de los Piojos. En la más chica, arriba, empezó el recital de Carne para Cerdos.
-Me voy abajo –dijo Mariano a los dos minutos–. No me lo banco más.
Lo volví a encontrar abajo, media hora después.
-Este lugar es una mierda, boludo, ya reboté diez veces. Vamos a Liniers.
-Ya es tarde –dije.
El DJ anunció un concurso de strip tease. La gente se subía sobre la barra, bailaba al ritmo de la música y se sacaba hasta donde se animase la ropa. El premio era un whiscola. Una chica se subió, bailó un rato y mostró el ombligo. La gente silbó. Después se subió otra y dejó su corpiño al descubierto. Algunos aplaudieron. Mariano me dijo:
-Voy yo.
Se subió a la barra sin esperar el turno. Bailó unos minutos, amagando con bajarse el pantalón.
-¿Ese es tu amigo? –me preguntó la chica de la cola, que me recordaba a Laura, mientras tomaba una cerveza cerca de donde estaba yo.
Le dije que sí.
-Está jodiendo –aclaré–. No se va a animar.
Y entonces lo vi a Mariano darse vuelta, con el pantalón por las rodillas, y mostrar el culo blanco con la cara de la madre compungida en una nalga.
lunes 13 de julio de 2009
Los marginales
-Idiota –me decía, golpeándome la frente, mientras iba por la calle o elegía una película en el videoclub–. Pelotudo. Infeliz.
-¿Te pasa algo? –me preguntaba mi vieja.
Como estudiaba filosofía, todas mis preocupaciones derivaban en una angustia existencial profunda. Esto tenía sus ventajas, al menos frente a los demás, que nunca sospechaban su verdadero motivo. Y de hecho, el episodio en “Forum” me había llevado a inquietantes conclusiones acerca de la condición humana y la naturaleza del azar. Yo no estaba hecho para las veleidades de este mundo. Era un ermitaño, un ente espiritual. La posibilidad de recluirme en un monasterio me resultó atractiva otra vez. En particular, lo que me atormentaba era que todo el mundo en la facultad se hubiera enterado de mi triste papel con Laura. Después pensé que igual iba a pasar desapercibido, porque no me conocía nadie.
Sólo Mariano, que adoptó la costumbre de llamarme todas las tardes.
-Qué hacés, querido –preguntaba.
Algunos días arrastraba las palabras más que de costumbre. Una vez dijo que estaba medicado. Después me recitó un poema que había escrito:
-“Yo era inmortal / Mi esperma ardiente / Yo leía a Unamuno en la cancha de Huracán”.
-Está bueno –dije.
-Boludo, las minas no me dan bola –se lamentó.
Mariano era la suma de todos mis temores. Nadie encarnaba como él al marginal, el desclasado, al que todos miraban de costado, murmurando. Pero a diferencia de mí, él no se daba cuenta de que la remera de arquero que usaba, los anteojos culo de botella, el desenfreno creativo y la euforia sexual no disimulada podían resultar difíciles de digerir en la facultad. Tanto en mi ropa como en mi actitud, yo era un himno a la discreción. Eso me hizo pensar que hasta entre los marginales, yo era un marginal.
-¿Cuál fue la última con la que saliste? –pregunté.
Me contó de una chica a la que había conocido a través de un llamado en un programa de la FM Hit. La historia me sedujo de inmediato. Otra de las cosas que nos diferenciaba a Mariano y a mí era que él no dudaba: se metía, sin pensar las consecuencias, en cualquier lado. Yo nunca hubiera llamado a la radio. A él no le importaba.
-Vivía en Ezeiza –dijo–. Tenía un hijo de seis. Era hermosa, boludo. Me la apreté en un andén.
Me los imaginé contra una reja, con una panchería al lado. Al fondo, un interminable paisaje suburbano.
-¿Y qué pasó después?
-La llamé diez veces. Nunca estaba y al final me sacó cagando.
-Qué raro.
-Las minas están locas, eso es lo que pasa. No se bancan que uno sea un ser extraordinario. Necesitan a un pelotudo al lado, de esos que se peinan, se bañan todos los días, laburan en una oficina de mierda, como ratones, y levantan la mano en la facultad: “profesora esto, profesora lo otro”. Que se vayan a cagar.
Me reí.
-Tenés razón –dije.
-Salgamos, boludo. Vamos a bailar.
-¿Para qué?
-Para levantar minas –dijo–. Para qué va a ser. Hay un boliche de salsa en Liniers...
Al final quedamos en ir a La Negra. Yo prefería un lugar más neutral. Me resultaba extraño salir sin Diego ni Hernán. Esa tarde me compré ropa, me bañé y me peiné razonablemente bien. Tampoco era cuestión de exagerar. El teléfono sonó en casa cuando estaba a punto de salir. No atendí. Laura dejó un mensaje en el contestador:
-Hola... quería saber cómo estabas... me peleé con Rafa... llamame, un beso, chau.
Dudé un rato largo. Estuve dos veces a punto de entrar y marcar el número de Laura, pero al final me fui.
viernes 10 de julio de 2009
Forum
Yo había visto “Forum” unas pocas veces antes. El esquema era siempre el mismo: una persona acusaba a otra por algún motivo banal, doméstico, y se simulaba un juicio oral. Cada uno exponía sus razones y al final Moreno Ocampo, el juez, emitía un fallo que las partes se comprometían a respetar. Luis Moreno Ocampo había sido ayudante del fiscal Strassera en el juicio a la junta militar, doce años atrás. Antes de que arrancase el programa, era lo único que sabía de él. Laura y yo nos sentamos en la tribuna, al lado de una gorda que masticaba chicle. Rafael nos saludó de lejos. Iba de acá para allá.
-Qué petiso es –dijo la gorda cuando apareció Moreno Ocampo en el estudio–. Parece más alto por televisión.
Laura se puso a conversar con ella. La gorda le contó que estudiaba teatro con Agustín Alezzo. Dijo que era un buen profesor. Había sido panelista en muchos programas. Conocía a Susana Giménez, a Lía Salgado y a Moria Casán.
-Son divinas las tres –dijo.
Nos mostró los autógrafos, que llevaba en una agenda llena de stickers de Hello Kitty y Pin y Pon: “Para Betty con cariño”, “Afectuosamente”, “Con amor” y una firma algo confusa al pie de cada página.
-Susana me reconoce –dijo–. No somos amigas, pero conversamos bastante una vez.
-Mirá vos –dije.
La gorda suspiró.
Una chica del equipo de producción nos sugirió cómo comportarnos durante la grabación del programa. En realidad, se iban a grabar unos cuantos ese mismo día. Básicamente, no podíamos hacer nada que no fuera asentir en silencio y observar.
-Como si estuvieran en una corte de verdad –dijo.
Los casos ese día fueron de lo más variados. Un tipo acusaba a una vieja de envenenar a su gato, la vieja argumentaba que el gato le invadía el jardín. Cada tanto el director ordenaba un corte y le sugería a la viejao o al tipo que fueran más enfáticos sobre tal o cual aspecto de la cuestión. Al final quedaron en que el tipo se iba a conseguir otro gato, prestando atención para que no pasara al jardín de la vieja, y la vieja se comprometía a no matarlo esta vez. Laura murmuró:
-Qué horror.
-Es ficción –dije.
-Rafa dice que depende. A veces sí y a veces no.
Hicieron un intervalo. Rafael vino a saludar.
-¿Cómo la están pasando? –preguntó.
Laura dijo que re bien.
-Estamos como locos –dijo él–. Faltaron dos participantes. ¿No quieren pasar ustedes?
Me reí.
-¿Y qué vamos adecir?
-Inventen algo –dijo–. ¿No tienen ningún conflicto?
Yo la miré a Laura. No tenía claro cuánto le había contado a Rafael de nosotros dos.
-No –dijo–. Al contrario. Para nada, todo bien.
Él se quedó pensando un rato.
-Son ex novios –dijo–. Vos lo dejaste por otro porque te cansaste de que fuera tan vueltero. Él está despechado, escribió “puta” con aerosol en el frente de tu casa y te quemó unos libros de la facultad. Vos le pedís que te los pague y arregle el enchastre en la pared. ¿Dale?
Laura soltó una carcajada.
-Dale –dijo–. Hagámoslo.
Nos condujo hasta un camarín donde una maquilladora nos pasó unos polvos por la cara. Después nos dejó solos unos minutos.
-Estamos nerviosos –dijo Laura–. ¿No?
-No sé.
-¿Cómo no sabés?
La miré en silencio. Ella se quedó al lado mío, expectante.
-Te amo –dije.
-¿Qué?
Ella tomó aire. Yo me quedé callado.
-Mirá, esto ya lo hablamos y ahora no es el momento. Pensé que se te había pasado…
Rafael entró corriendo.
-Salimos en cinco –dijo.
Lo ignoré.
-No puedo hacer esto –dije–. Chau.
Rafael me miraba sin entender. Laura también. Me acerqué para dale un beso en la mejilla. La besé en los labios al final. Después di media vuelta para salir. Rafael se paró en el umbral de la puerta.
-¿Qué hacés, boludo? –preguntó.
Primero pensé en empujarlo, después pensé que me iba a cagar a trompadas. Al final me escurrí por un costado y salí corriendo del canal.
miércoles 8 de julio de 2009
El productor
-Fuimos a Palermo –dijo–. Se puso re lindo el barrio, no sabés.
-¿Con quién fuiste? –pregunté.
-Con Rafael, es un divino.
Dos semanas más tarde, la respuesta ya no era tan obvia.
-Anoche no hicimos nada –decía–. Nos quedamos en casa mirando televisión.
-¿Quiénes?
-Yo sola. Él no pudo venir.
***
Una tarde la pasó a buscar por la facultad. Veníamos de Francés. Nos fuimos a tomar un café.
-Por fin nos conocemos –dijo–. Apenas te vimos en la fiesta. Laura habla mucho de vos.
-Gracias –dije.
Ella sonrió.
-A Eric le encanta el cine –dijo.
-¿Estás laburando en alguna productora? –preguntó Rafael.
-No por el momento.
Pedí otro café.
-Si te interesa... –dijo.
-¿Vos a qué te dedicás? –lo interrumpí.
Él se reclinó sobre su asiento, pasando el brazo por detrás de la espalda de Laura.
-Producimos contenidos para televisión.
Me quedé en silencio.
-Programas de cocina, talk shows...
-¿Qué programas?
-Ahora estamos con “Forum”. ¿Lo ubicás?
Le dije que no. Hizo un gesto de sorpresa o incredulidad.
-Nos está yendo bien.
Laura lo besó en los labios.
-Rafa tiene mucho talento.
Él se encogió de hombros.
-Tuvimos suerte –dijo–. Y además nos supimos vender.
Más tarde Laura me llamó por teléfono.
-Le caíste re bien a Rafa. Me dijo que te veía potencial.
-¿Para qué?
-No sé. Potencial.
Lo que me hacía más ruido era pensar en qué potencial mío era tan visible para él y tan oculto para mí. Pensé que ser inteligente no era resolver los crucigramas rápido, sacarse una buena nota en un parcial difícil ni desconfiar de todo el mundo, sino algo mucho más elemental. La inteligencia era saber venderse, como había dicho Rafael. El problema era que en ese mercado yo no tenía mucho para ofrecer: un carácter dócil, una biografía escueta y una escasa, casi inexistente habilidad para cualquier tarea manual o intelectual.
-Hay olor a hamburguesa –dijo Laura en medio de la clase.
-¿Qué?
Olfateó dos o tres veces el aire.
-¿No te das cuenta?
No sentía nada. Le dije que no.
Ella no volvió a mencionarlo, pero cada tanto pasaba las manos por las paredes, por los asientos, se las olía como buscando detectar algo.
-¿Fuimos nosotros solamente? –preguntó después– ¿Vos no te diste cuenta?
-¿Quién es “nosotros”? –pregunté.
Se quedó perpleja unos instantes.
-No sé –dijo al final.
***
Pensé que estaba pasando demasiado tiempo con Rafael. Que era una tontería. Que ya se le iba a pasar.
-Necesitamos gente para el panel –dijo Rafael–. ¿No querés venir?
Laura me agarró de la mano.
-Dale –dijo–. Venite. Nosotros vamos.
martes 7 de julio de 2009
El menemista
-¿Nos anotamos juntos en Francés II? –dijo.
-Dale.
Las vacaciones de invierno me dieron una tregua. Durante ese mes estudié, vi mucho cine de terror y escribí un soneto sobre la soledad. Me aguanté las ganas de llamar a Laura, pero cada vez que sonaba el teléfono lo atendía con la inconfesable esperanza de que fuera ella. En esos momentos intentaba focalizarme en otros motivos de angustia, que me distrajeran un poco de mi desvelo principal. La vedette de las preocupaciones, en aquel entonces, era el futuro laboral. Inscribirme en la carrera de Filosofía, un año y medio atrás, había sido un arrebato de romanticismo. Ahora lo veía como un gesto profundamente escéptico: si lo que me esperaba, de cualquier manera, era la desocupación, entonces daba lo mismo filosofía que ingeniería industrial. La diferencia, en todo caso, era que a los estudiantes de ingeniería no los miraban con desconcierto en las entrevistas laborales, pero al final terminábamos trabajando codo a codo en el call center de turno.
Pensé que todavía quedaban esperanzas. La gente que estudiaba para policía, por ejemplo, tenía el empleo asegurado. Pero yo no quería ser cana. La otra alternativa era la iglesia. Los curas no pasaban hambre. Había algunos escollos en el camino, que ahora me parecían menores. Yo no creía en Dios, por ejemplo, pero había cambiado de opinión tantas veces sobre asuntos tan diversos, que no veía por qué no iba a poder hacerlo de vuelta. Después de todo mi personalidad se acercaba más a la de Mulder que a la de Scully, y alguna vez había creído en los fantasmas, los extraterrestres y las conspiraciones del gobierno. Además, Leonard Cohen también se había ido a un convento. Me imaginé entregado al silencio de la masturbación monástica, lejos de Laura y la desocupación terrenal.
Un día sonó el teléfono y era ella:
-Te invito a mi cumpleaños –dijo.
Pensé en inventar alguna excusa.
-Claro –dije–. ¿Cuándo?
La fiesta era igual a la anterior, pero con más gente. A Laura no se la veía por ninguna parte. Al final apareció, vestida de blanco y con un sahumerio en la mano.
-Amor –dijo–. Es para atraer amor.
-¿Laburo también? –dije.
La gente me miró.
Después le di a Laura el regalo. Era una edición especial de Ok Computer, el último disco de Radiohead, con el que me atormentaba en mi casa cada vez que pensaba en ella.
-Gracias –dijo–. Es un poco triste, ¿no?
Me encontré con unos compañeros trotskistas de la facultad. Sólo tomaban cerveza. Armamos un grupo aparte. Uno dijo:
-Qué linda la casa.
Y miraba alrededor.
Los otros puteaban contra el sistema. Yo puteé también. Me hacían acordar a los anarquistas que conocí en Italia, sólo que éstos parecían tener un plan. Entonces se cortó la música. Las voces se dispersaron por el quincho mientras uno intentaba arreglar el equipo de música.
-...qué garrón...
-...eh loco, dale, que rompo todo...
-...viste lo que se puso Lau...
-...tenías que esperar años a que te dieran la línea...
Uno de los troskos paró la oreja.
-¿Quién es ese? –preguntó.
La voz continuó hablando:
-...y los estatales se rascaban a cuatro manos...
Subía y bajaba de volumen, pero al rato todos lo estábamos escuchando. Buscamos entre la multitud. El autor de las frases estaba sentado sobre un sofá, el mismo en el que yo me había transado a Laura un mes atrás.
-Estábamos afuera del mundo –dijo–. Y en el fondo, achicar el estado es agrandar la Nación.
Yo me quedé mirándolo. Laura lo besó en los labios.
-¿Eric? –dijo cuando me vio– Te presento a Rafael.
viernes 3 de julio de 2009
Alanis Morrisette
-¿Por qué?
Se quedó pensando un momento.
-Es una mina que canta lo que le pasa. Me siento identificada. No sé.
-¿Con qué cosas te sentís identificada?
-Cuántas preguntas, parecés un cana.
Se rió.
-Quiero saber…
-No me mires así.
-¿Cómo te miro?
-Ya sabés. ¿En qué habíamos quedado?
-Perdón…
Tuvimos clase. Francés. Ella tenía dos horas libres antes de la siguiente materia. Yo ya había terminado por ese día.
-¿Qué vas a hacer? –le pregunté.
-Tengo que comprar unos apuntes y…
-Te acompaño.
La idea no pareció entusiasmarla.
-Es que… -balbuceó.
-Está bien –dije–. Entiendo.
-¿No te enojás, no?
-Para nada.
-Es lo mejor.
-¿No te gustaba la otra? –preguntó Hernán.
-Sí –dije–. No sé.
-Metiste la pata varias veces –dijo Diego–. Ahora desconfía. Es normal.
-Pero después la arreglé –dije–. Fuimos a pasear. La acompañé hasta la casa. No sé qué más hacer.
Diego se rascaba el mentón.
-¿Y si le mandás flores? El otro día lo vi en la Viva. Es como en las películas. Pedís por teléfono, pagás con tarjeta y se las entregan en…
-Ni en pedo –lo interrumpí.
Hernán se reía.
-Te la transaste, salieron a pasear, no se pudo coger… Listo, ya está. Pasá a otra cosa. ¿Qué problema hay?
-Que le gusta –dijo Diego–. Ese es el problema.
-Dejame de joder. Hasta la semana pasada estaba todavía “Aldana esto, Aldana lo otro”. Si te la hubieras cogido, ya no te interesaría tanto.
-Puede ser…
-Lo que pasa –siguió Hernán– es que estás acostumbrado a que te vaya mal. Esta mina te cayó bien y entonces no la querés cortar. Pero está lleno de minas el mundo. Yo tengo amigas. ¿Querés que salgamos con Paula otra vez?
Le dije que lo iba a pensar.
***
-Lo que me gustaba de Tomás –dijo Laura– es que me cuidaba. Estaba todo el tiempo pendiente de mí. Era el preferido de mi viejo. Se volvía insoportable a veces. Pero me hacía bien. Era lo que necesitaba entonces.
-¿Cuántos años tenías? –pregunté.
Ella lo pensó.
-Quince –dijo–. Dieciséis. No sé.
Me acordé de lo que hacía yo a esa edad.
-Salimos un año –dijo–. Después nos peleamos. Entonces lo conocí a Germán. Tocaba el bajo en una banda. Hacían recitales en el patio de un colegio en Martínez. Todas las minas estaban atrás de él. Yo pensé que nunca me iba a dar bola.
-¿Por qué pensaste eso?
-No sé… Era insegura, qué sé yo. Salimos poco igual. Yo era una boluda. Me metía los cuernos con todo el mundo. Cuando lo dejé, se puso a llorar. Casi vuelvo con él otra vez.
Se quedó pensativa. Después siguió hablando y yo la escuchaba:
-A Martín lo traté como el culo. No se lo merecía. Lo que me molestaba era que siempre hubiera algo más importante que yo. Mi viejo lo odiaba, a mamá le caía bien. Íbamos mucho al cine, al teatro... yo empecé a escribir con él.
-¿Y cómo terminaron?
-Conocí a Darío, un boludo del CBC, y lo dejé. Después me arrepentí. Pero en realidad ya no quería estar más con él. Fue bueno mientras duró.
Hablaba y se quedaba callada, como si las imágenes aparecieran en su memoria de repente y tuvieran sentido por esa milésima de segundo, antes de disolverse otra vez. Mencionó a uno o dos más. Pensé que de algunos no hablaba porque ni siquiera tenían nombre para figurar en una lista. Me pregunté si yo podía hablar de la misma manera acerca de mí. Todo en mi vida resultaba más confuso, accidentado. Personas, nombres, cosas. Todo mezclado. Había llegado a los tropezones hasta Laura. Y ahora quería formar parte de su lista.



